miércoles, 18 de enero de 2017

Los mitos económicos que impiden a los gobiernos gobernar





Publicado en Exodo nº 136, diciembre de 2016
Decir que desde hace años los gobiernos apenas tienen capacidad de maniobra para poder tomar decisiones en asuntos económicos es hoy día una obviedad. Tenemos a nuestro alrededor multitud de casos que lo demuestran y ya casi ni se disimula: la razón de mayor peso que se utiliza para justificar lo que se hace en materia de política económica es precisamente que los gobiernos deben someterse a “las leyes” de los mercados, a lo que establecen los organismos internacionales o a ciertos imperativos que no siempre se es capaz de explicitar pero que todo el mundo ha terminado por saber que son los determinantes a la hora de tomar decisiones.
Los procesos históricos que han dado lugar a este hecho son muchos y tienen que ver con la extensión del neoliberalismo como una respuesta tan compleja como eficiente a la gran crisis estructural del capitalismo que se desencadenó a lo largo de los años sesenta y setenta del pasado siglo.
El neoliberalismo ha sido una respuesta compleja, yo diría que muy compleja, porque hizo frente al mismo tiempo a problemas muy diversos y de forma entrelazada que tenían que ver con una crisis triple:
– de producción, derivada de la saturación de los mercados que había hundido la tasa de beneficios del capital.
– del modo de regulación, que ya no podía seguir basándose en el reparto de las cargas, en los altos salarios y en la abundancia de bienes públicos financiados con políticas fiscales que se utilizaban como instrumento de estabilización. Sencillamente, porque los grupos sociales de rentas más elevadas se negaban a seguir financiando con sus impuestos el bienestar ajeno y reclamaban para sí más renta y más poder de decisión.
– de legitimación, producida cuando el paro y la pobreza rompían el consenso fordista.
Al abordar esos tres frentes de modo conjunto (entrelazado, como diría Morin, es decir, complejo) el neoliberalismo se convirtió no solo en la respuesta de política económica que se necesitaba, proporcionando un nuevo marco productivo de la mano de una extraordinaria revolución tecnológica que globalizó los mercados y una nueva regulación macroeconómica. Fue en realidad mucho más: una solución civilizatoria porque lo anterior solo fue posible al ir unido a un cambió en los valores e incentivos sociales y en la percepción que de sí mismos tenían los seres humanos. La ruptura de los lazos de socialización, la segmentación, el individualismo y la atomización d ella vida social crearon otro mundo y otro tipo de seres sociales (casi me atrevería a decir que asociales), y una diferente civilización concebida exclusivamente con el fin de facilitar la recuperación de la tasa de beneficio.
Con esa triple respuesta, el neoliberalismo ha propiciado un entorno de libertad para el capital que ha permitido que las democracias representativas que habíamos conocido dejaran de ser una restricción, en tanto, que instituciones de contrapeso y freno mutuo, a la hora del reparto. Algo que ha sido posible, a su vez, como consecuencia de varios fenómenos que igualmente constituyen el entramado esencial de las políticas neoliberales:
– La consolidación de un poder monetario privado, al margen efectivo del debate político, que condiciona y encuadra al resto de las políticas económicas. La libertad de movimientos del capital, la independencia de los bancos centrales y el fortalecimiento de la capacidad de maniobra de los fondos y entidades financieras han sido los factores que principalmente han contribuido a este fenómeno contemporáneo que hace que, en la práctica, los gobiernos tengan completamente atadas las manos frente a los mercados, que no son otros que los grandes propietarios de capital, que se consideran a sí mismos los amos del mundo.
– El incremento voluntariamente planificado de la desigualdad, del desempleo y el empleo precario y de la deuda a través de políticas deflacionistas, es decir, las que (con la excusa de combatir la inflación) suponen un freno permanente para la generación de actividad económica provocando artificialmente escasez de ingreso y empleo. Con menos empleo y menos demanda (por ser tan bajos los salarios) los grandes empresarios obtienen menos beneficios (puesto que les sería económicamente más rentable el pleno empleo) pero gracias a la sumisión y a la debilidad que esas condiciones laborales generan en las masas trabajadoras, pueden disponer de más poder político que a la postre es lo que les asegura su dominio sobre el conjunto de la sociedad.
– El inevitable crecimiento de la desigualdad como resultado de la pérdida de impulso redistributivo de las políticas gubernamentales o incluso de su reorientación para favorecer a los grupos sociales ya de por sí más favorecidos.
– El aumento de la deuda (el negocio diario de la banca) como una auténtica nueva forma de esclavitud.
– La complicidad cada vez mayor entre el poder económico-financiero y el mediático que el impulso de las concentraciones de capital está llevando hasta extremos realmente insospechados: uno o dos grupos empresariales, o uno, o incluso simplemente alguna persona aislada, controlan la totalidad de la oferta de medios (sobre todo audiovisuales) en muchos países, uniformando la opinión pública e imponiendo el pensamiento único que domina las decisiones económicas.
Todo ello, unido a un entramado y medio ambiente institucional en donde prácticamente ha desaparecido la posibilidad de que la gente corriente pueda pedir cuenta a quienes en su nombre operan en las instituciones públicas, está produciendo un auténtico “desmantelamiento” de la democracia, en palabras de Habermas. Unica forma de que se puedan seguir aplicando las políticas que convienen a los grandes grupos económicos y muy en especial a la banca pero que no desean las mayorías sociales (como demuestran claramente todo tipo de encuestas), autoalimentándose así constantemente los procesos que permiten aumentar el beneficio y la concentración del poder.
Pero todo eso no hubiera sido posible si no se hubiera desarrollado e impuesto al mismo tiempo un discurso teórico que diera carácter científico y por tanto indiscutible a las políticas económicas con las que se han ido poniendo en marcha tales procesos y consiguiendo el objetivo principal de aumentar el beneficio del capital. Un discurso que ha calado tan hondo que hasta es defendido en amplios sectores del centro-izquierda.
El credo macroeconómico neoliberal
El principio teórico central de la economía neoliberal es doble. Por un lado, que los gobiernos democráticos y los bancos centrales con preferencias representativas (es decir, reflejo democrático de las mayorías sociales) tienden a generar ineficiencia y altas tasas de inflación y, por otro, que la política fiscal genera distorsiones a largo plazo sobre la acumulación y la distribución, por lo que debe reemplazarse por la política monetaria a la hora de manejar la demanda agregada. Y de ambos principios se deduce, por tanto, que los mecanismos o instrumentos que se venían utilizando para corregir los desequilibrios macroeconómicos, las intervenciones fiscales o monetarias, son rechazables y que su uso está prácticamente erradicado o limitado a condiciones y circunstancias extraordinarias o excepcionales y, en alguna de sus manifestaciones, incluso ni a estas últimas.
Para poder llegar a esa conclusión era necesario, a su vez, invertir el modo de analizar los problemas macroeconómicos al menos en tres cuestiones esenciales:
– Contemplar los fenómenos económicos como de naturaleza individual y no como comportamientos agregados.
– Considerar los problemas que expresan elecciones discrecionales de los gobiernos o de otros grupos sociales como problemas que se reducen al comportamiento del llamado “agente representativo”, aquel cuyas elecciones tienen la propiedad de representar los intereses de toda la sociedad.
– Trasladar los automatismos de mercado al ámbito del comportamiento de los gobiernos.
De ahí se deducían importantes consecuencias prácticas: ya no resultaba necesario que los gobiernos tuviesen que incidir sobre los desequilibrios macroeconómicos y solo los bancos centrales (en el estrecho marco de los objetivos que le sean asignados como autoridad independiente del gobierno) tendrían capacidad para manejar los resortes que pudieran mover de su sitio a las economías.
Como por arte de magia, desaparecían tanto los agregados sociales en conflicto como la política macroeconómica como tal, es decir, la intervención discrecional de los gobiernos o, lo que es lo mismo, su actuación a partir de las diferentes preferencias reveladas en la sociedad. Así es como la economía deja de necesitar a la política o a cualquier exigencia de criterio democrático y representativo que se supone que debe darse cuando se trata de resolver problemas sociales, de agregados con intereses diferentes.
La consideración tradicional de los problemas económicos más relevantes para las naciones había partido de entender que había que alcanzar un cierto equilibrio macroeconómico para poder resolverlos y que éste se definía en relación con varios objetivos vinculados al nivel de actividad, a los precios y a la distribución que podían alcanzarse a través de una adecuada combinación de política fiscal y monetaria. El soporte teórico de esta consideración había partido del modelo keynesiano que fue remozándose a lo largo del tiempo (incluso desde los planteamientos más heterodoxos o críticos) para poder integrar en él el largo plazo, las imperfecciones más complejas de los mercados, la incertidumbre y otras circunstancias que inicialmente no habían sido tenidas en cuenta a la hora de fundamentar teóricamente la política macroeconómica de los gobiernos.
Pero justo a medida que iba larvándose la crisis que haría necesaria la respuesta política neoliberal se desarrollaba con semejante ímpetu la crítica a los postulados que daban soporte teórico a la política macroeconómica y redistributiva y estabilizadora y no solo por pacíficos cauces académicos sino de la mano de una efectiva represión de las voces más críticas en la inmensa mayoría de los centros y revistas económicas de mayor prestigio..
Los monetaristas, con todo el apoyo político y mediático del stablismnet y encabezados por Milton Friedman, comenzaron a poner las primeras objeciones. Por un lado, trataban de demostrar que la política presupuestaria generaba lo que llamaban un efecto expulsión de la inversión privada y que, por tanto, lo que conseguía no era sino neutralizar su posible efecto expansivo. Y, por otro, ponía en cuestión la efectividad de la política presupuestaria como motor la actividad y de la estabilidad a partir de tres ideas principales:
– Siempre iba a existir, decían, lo que llamarían una tasa natural de paro, es decir, un nivel de paro mínimo por debajo del cual todo intento de reducción iba a provocar subida de precios. Se trataba del sofisticado argumento teórico que algunos políticos y dirigentes traducirían en un lenguaje más coloquial en los años en que se aplicaban más contundentemente estas ideas monetaristas diciendo que “no era bueno” que el paro bajase por debajo de ese determinado nivel, cuya determinación animaban a calcular por doquier.
– Los asalariados estaban sometidos a lo que se llamaba ilusión monetaria, es decir, que no serían capaces de discernir entre salarios reales y nominales y que cuando se produjera subida de precios creerían que en realidad había mejorado su poder adquisitivo.
– El valor de cualquier variable dependía de su valor pasado y los agentes económicos siempre serían capaces de disfrutar de expectativas anticipativas, de modo que podrían corregir sus propios errores.
Dándose estas tres circunstancias, si en la economía se daba una tasa natural de paro con cierta inflación el efecto de una expansión presupuestaria adoptada con el fin de mitigar el desempleo tendría efectos contrarios a los deseados. Al principio se produciría una efectiva reducción del paro porque bajarían los salarios reales al haber alza de precios, sin que la ilusión monetaria dominante lo percibiera. Pero, más tarde, los asalariados corregirían esa ilusión y se irían provocando demandas salariales reales que provocarían la disminución de la demanda de trabajo, dándose lugar a una situación en la que habría más paro y precios más elevados que antes de darse el impulso fiscal expansivo.
Más tarde, los llamados nuevos economistas clásicos pusieron en cuestión incluso el inicial efecto expansivo de la política fiscal a corto plazo porque, en su opinión, los agentes no sólo actúan con expectativas adaptativas sino que anticipan racionalmente los fenómenos económicos gracias a que disponen de perfecta información sobre lo que ocurre en el sistema económico y ello les permite saber perfectamente los efectos de las intervenciones del gobierno. Puesto que entonces no habría ilusión monetaria, el incremento de los salarios reales que paraliza el efecto positivo de una expansión fiscal sobre el empleo se produciría desde el principio, también a corto plazo.
Incluso Robert Barro planteó que cualquier déficit presupuestario ni siquiera tendría efecto alguno sobre el sistema económico porque los agentes sabrán que en el futuro se establecerían impuestos para financiarlo y, llevados por su conducta racional, ahorrarían desde el principio el incremento de renta que pudiera haber producido el impulso fiscal para pagarlo en su momento.
Entonces, si ni siquiera los déficit presupuestarios que son las actuaciones fiscales con supuesta mayor capacidad para impulsar la actividad tienen efectos reales sobre el consumo, y no generan el efecto multiplicador de la renta con el que se justificaba la necesidad de utilizar la política coyuntural para resolver los desequilibrios, lo que se deduce es que no hay razón alguna para utilizar esta forma de regulación. Hay que prescindir, pues, de un tipo de intervención pública que, sin embargo, sí es costosa debido al aparato administrativo que comporta, por los desincentivos a la asignación que puede provocar a través de los impuestos y a causa de los disturbios que cualquier intervención exógena provoca en los mercados.
El complemento indispensable a este planteamiento sería el de Robert Lucas cuando afirmó que, a diferencia de lo que ocurría con la política fiscal, sólo la política monetaria podría tener efectos sustantivos sobre la actividad si se basaba en reglas simples y de neutralidad, puesto que sólo entonces sería consistente con ellas el comportamiento de los agentes.
“Casualmente”, esa política monetaria (de tanto o más efecto efecto distributivo como la fiscal) es manejada por los bancos centrales, instituciones a las que al mismo tiempo se les declaraba independientes (de la voluntad ciudadana que no de los grupos de presión) para que no tuviera que someterse a ningún tipo de nociva restricción democrática.
De todo ello se deducían una serie de auténticos mitos que a fuerza de repetirse se han convertido en los mantras que permiten aplicar las políticas económicas neoliberales en medio de un gran consenso: hay que bajar salarios y flexibilizar los mercados laborales para crear empleo o para ser más competitivos, las empresas privatizadas funcionan mejor que las públicas, las políticas fiscales no aumentan la renta nacional cuando se aplican, el gasto público expulsa a la inversión privada y disminuye el ahorro, el Estado de bienestar es insostenible, la deuda pública y la privada en general es la consecuencia de que los hogares se endeuda más de lo necesario, los mercados financieros resuelven por sí solos sus problemas y lo mejor es que no se sometan a ningún tipo de reglas o controles gubernamentales… La mayoría de ellos, como lo fue en su día todo el discurso teórico de la competencia perfecta, no pasan de ser formulaciones retóricas de gran apariencia formal pero irreales o, al menos, sin validación suficiente en la práctica de las economías. Mitos que nunca han podido ser confirmados empíricamente con suficiente rigor o que, incluso a pesar de haber sido empíricamente refutadas en algunos casos, se siguen manteniendo como verdades absolutas en la academia y en la práctica política de los gobiernos, los organismos internacionales o los bancos centrales porque, como ha reconocido un economista tan ortodoxo como Lawrence H. Summers, los economistas son muy reacios a la hora de adaptar sus opiniones a la realidad de los hechos: “invito al lector … a que identifique una hipótesis significativa acerca del comportamiento económico que haya caído en descrédito debido a una prueba estadística formal”.
Durante mucho mucho tiempo estas ideas han servido de guía indiscutida para aplicar sin apenas limitaciones la política neoliberal pero los hechos han terminado por ser demasiado tozudos. La globalización no ha resultado tan beneficiosa para todos como se decía; los mercados financieros sin control son la fuente de toda clase de desmanes y crisis; el euro no protege por igual a sus socios sino que aumenta las asimetrías y desigualdades; menos salarios no equivalen a más empleos; salvar solo a la banca no garantiza que toda la economía vaya mejor, la austeridad neoliberal no disminuye la deuda… y las democracias de cada vez menos intensidad no solo dan más libertad a los grupos poderosos sino que facilitan la corru
pción de quienes defienden sus intereses en las instituciones… todo lo cual siembra una desconfianza generalizada en los discursos y en las instituciones que amenaza de nuevo con poner en cuestión el orden establecido.
Los mitos neoliberales fueron útiles para llevar a la sociedad al “nuevo medievalismo” del que habló Hedley Bull y que implica la renuncia efectiva al Estado no sólo como espacio político sino como ámbito en el que se suscribe colectivamente una moral social, las lógicas elementales que merecen ser compartidas, la ética de mínimos sin la que cualquier sociedad termina por convertirse en una selva donde es imposible vivir en armonía, con bienestar y en paz. Han servido para justificar que los gobiernos no gobiernen dejando así que lo hagan tras las bambalinas los grandes grupos de poder.
Pero se trata de un discurso y de un proyecto civilizatorio que está saltando por los aires. Los cambios aparentemente sorpresivos que estamos viviendo últimamente no son sino la prueba de que el capitalismo de nuestros días no se justifica ya con la retórica neoliberal de los años pasados. Necesita un discurso diferente y lo lamentable es que, en ausencia de alternativas reales y sin un imaginario colectivo que sitúe la esperanza social en otro espacio diferente, lo que se está abriendo paso es un relato oscuro y terrible cuyas consecuencias son bien conocidas, sobre todo, en Europa, la misma Europa que parece no inmutarse cuando despiertan los mismos demonios de antaño.

Fuente: Ganas de escribir (página web de Juan Torres López)

martes, 17 de enero de 2017

Lo de Siria es "sencillísimo", o bien… "demasiado complicado"


Investig’Action



Cuando se habla de Siria suele haber dos versiones. O bien es “sencillísimo” y estamos muy bien informados. Entonces, tenemos que creer a los medios cuando nos dicen: “Estados Unidos quiere llevar la democracia a Siria” ¿De verdad? ¿Será con la ayuda de Arabia Saudí y de Qatar?

¿Te cabe alguna duda, lector? Existe una segunda versión: “Estados Unidos nos protege contra las armas de destrucción masiva” ¿De verdad? ¿A pesar de ser el país que más las ha usado? Armas nucleares sobre Hiroshima, napalm en Corea, en Camboya y en Vietnam, armas biológicas contra Cuba, uranio empobrecido, minas antipersonas y bombas de fragmentación por casi todas partes. Y no hablemos de las doscientas cabezas nucleares entregadas a Israel.

¿Sigues sin estar convencido? Tercera variante: “Estados Unidos combate el terrorismo”. ¿De verdad? ¿Armando a Ben Laden contra Afganistán, luego a una sección de Al-Qaeda contra Libia y por fin a Al-Nusra y al Daesh contra Siria? ¿Organizando atentados con bombas en aviones y hoteles cubanos y a continuación dando protección a los autores de esos atentados, bien cobijados en Florida, y acabando por encarcelar de por vida a los “Cinco Cubanos de Miami”, esos cinco agentes del contraespionaje cubano encargados de impedir nuevos atentados? Y éstas sólo son unas pocas de las tantas proezas de esa CIA tan “demócrata”…

O bien, entonces, nos explican que todo eso resulta “demasiado complicado de entender para vosotros”. Vosotros, el público, no sois capaces de ver claro en esa maraña de líos y en ese caos que son Iraq, Libia, Siria y etcétera. ¡Dejad todo eso para los “expertos”!

¿Y si lo que pasa fuera que algunos tienen interés en que no entendamos nada y que, desanimados, demos por imposible tratar de entenderlo? Eso es lo que afirman Grégoire Lalieu y Mohamed Hassan en este libro. Y lo van a demostrar. 


¿Quién tiene interés en que nos quedemos quietos?
 

¿Quién tiene interés en que sigamos sin entender y sin intervenir? En el 2003 éramos millones manifestándonos contra la guerra del petróleo que asolaba a Iraq. Hoy día, Estados Unidos, a diario, lleva a cabo más guerras y ya nadie se vuelca en las calles. ¿Cómo han conseguido desesperanzar a los pueblos aunque las catástrofes siguen asolando a las poblaciones?

Pero ¿quién cree sinceramente que Estados Unidos ha cambiado? ¿Quién piensa que Washington ha renunciado a dominar el mundo? ¿Quién se imagina que las transnacionales norteamericanas ya no quieren controlar un máximo de riquezas, por lo tanto un máximo de naciones? ¿Quién piensa que el complejo militar-industrial va a entonar “Peace and Love”?

Por eso, la verdadera pregunta que tenemos que hacernos es ésta: ¿puede que Estados Unidos siga apuntando a la misma meta, pero con métodos más astutos? La respuesta es un sí rotundo.

La nueva estrategia de la Casa Blanca ya la describimos en el 2008 (1). Es el “soft power”, literalmente: el “poder blando”. Solo que en este asunto no cabe la menor blandura, simplemente se trata de una manera más discreta de hacer la guerra. La guerra indirecta, la guerra mediante desestabilizaciones organizadas y golpes de Estado. La guerra empujando a un Estado de la zona a agredir al vecino que molesta, o bien armando a movimientos separatistas para que fomenten guerras civiles. O también apoyando organizaciones terroristas para crear el caos.

Total: en lugar de a los G.I’s sobre el terreno, tenemos a la CIA entre bastidores. Un método menos costoso, menos llamativo, menos provocativo. Las masas se tragan la patraña (gracias a los medios y a algunos intelectuales). “Poder blando”. También llamado “smart power”: poder inteligente. Sigue la violencia, pero mejor acicalada y mejor empaquetada.

Resulta bastante fácil entender por qué Washington ha cambiado de estrategia. Acordaos… En 2001, Bush decidió atacar a siete países después de Afganistán: Iraq, Siria, Líbano, Somalia, Sudán, Irán como declaró el general Wesley Clark (2). Pero Bush fracasó patéticamente: apenas dos guerras y ambas perdidas, tanto la una como la otra.

Investig’Action expuso los mecanismos de la nueva estrategia en el libro: La Estrategia del Caos, que escribí en colaboración con Grégoire Lalieu en 2011. ¿Su idea principal? “Lo que no seas capaz de controlar, ¡destrúyelo!” En varias regiones estratégicas para sus intereses, Estados Unidos ha sembrado el caos.

Más eficaz que el método Bush, el método Obama planteaba, sin embargo, nuevos problemas: ¿cómo controlar los elementos desestabilizadores que uno ha puesto en marcha? Y más que nada, cuando se es una gran potencia en declive ¿cómo impedir que progrese el nuevo frente amplio en contra de la hegemonía: la alianza de Rusia, China, América Latina y dentro de poco otras naciones?

Todas esas naciones se están aliando para resistir a la agresividad de los “dueños del mundo”. En definitiva, Washington no ha solucionado su problema, más bien lo ha desplazado y tal vez lo haya empeorado.

Claro, el problema también se le planteará al presidente que venga. O mejor dicho, ya que el presidente no es más un empleado de lujo, el problema estrátegico se le planteará a la élite estadounidense, a los dirigentes de las transnacionales y a los think tanks encargados de aconsejarlos.

El trabajo llevado a cabo por Grégoire Lalieu y Mohamed Hassan es pues indispensable para que entendamos bien los verdaderos engranajes de la política internacional de Estados Unidos y vislumbremos en qué dirección habrá de ir, probablemente.

Al exponer con claridad los acontecimientos que se verificaron en Siria y en Egipto, al ir sacando a luz los “acontecimientos perdidos”, o mejor dicho acallados, por los medios dominantes, nos dan a conocer el trasfondo de esas dos revoluciones secuestradas.

Lejos de la narración simplista que se oye en todas partes, descubrimos en este libro no sólo las contradicciones de clase que conocen estos dos países sino también la acción secreta y subterránea de Estados Unidos en la región. Cómo, desde el principio, Estados Unidos secuestró las legítimas protestas en Siria, prolongando así los preparativos que, en realidad, empezaron mucho antes del 2011; cómo, desde el principio, Estados Unidos se apoyó en extremistas despiadados y lo que codicia en realidad es ese país trágicamente agredido a sangre y fuego.

En lo que concierne a Egipto, los autores nos desvelan hasta qué punto Estados Unidos siempre consideró que ese país le pertenecía, cómo se las apañó para controlarlo estrechamente y cómo, por lo tanto, lo ha sumido en la pobreza y la dependencia y, por fin, qué poco le importa a Estados Unidos que gobiernen los Hermanos Musulmanes o unos jefes militares con tal que nada fundamental cambie en el seno del mundo árabe. Al explicarnos también que los egipcios aún no han terminado de escribir su historia, los autores nos permiten entender lo que todavía puede suceder en un futuro cercano.

Yihad made in USA explica el verdadero papel desempeñado entre bastidores por las diferentes potencias regionales, cómo se vale Washington de Arabia Saudí y de Qatar, con qué cinismo se han quitado de encima a los jóvenes “euroyihadistas”, por qué Irán es el blanco tras Siria, qué intereses mueven a Israel y a Turquía en el asunto de Siria.

Las alianzas sorprendentes se hacen y deshacen, pero si examinamos con atención esos intereses dejamos de sorprendernos. Tratándose de esos dos países, entendemos perfectamente para qué proyecto han sido útiles los llamados “islamistas”. Pero ¿qué significado exacto tiene esta palabra? 


Islamismo: un concepto ‘’cajón de sastre’’ que desactiva nuestras neuronas
 

Incesantemente, los medios machacan ese vocablo tan mal escogido: “islamistas”. En realidad, el vocablo designa realidades totalmente contradictorias:

—Arabia Saudí, siendo “islamista”, colabora con Estados Unidos e Israel. Pero Hezbolá, siendo “islamista”, los combate.

—En Egipto, los Hermanos Musulmanes pactan con Washington y Tel-Aviv. Política que es contraria a la de Hamás, que sin embargo es heredero de esos mismos Hermanos Musulmanes.

—En nombre del “combate por la democracia”, los jóvenes euroyihadistas islamistas, franceses y belgas, fueron aplaudidos cuando marchaban a Siria (el mismo ministro belga de Asuntos exteriores quería “erigirles una estatua”), pero han sido detenidos e incluso metidos en la cárcel al regresar.

Pero ¿no será el vocablo “islamismo” un cajón de sastre que hace que nuestra reflexión entre en un callejón sin salida? Mohamed Hassan nos explicará cómo el vocablo “islamismo” encubre en realidad cinco corrientes políticas muy diferentes que la propaganda amalgama tontamente. Era indispensable que Mohamed Hassan aclarara los historiales y recorridos contradictorios de todas esas corrientes para descifrar la enrevesada estrategia de Estados Unidos en su porfía para controlar el tablero de Oriente Medio.

Ninguno de esos matices, ninguna de esas interrogaciones han sido expuestos por los grandes medios. Y sin embargo ¿no pretenden dichos medios ayudarnos a descifrar la política internacional de Estados Unidos? Pero entonces ¿por qué nunca se refieren a estas importantísimas declaraciones de dos altos responsables norteamericanos?

En 1996, James Baker, el entonces ministro norteamericano de asuntos exteriores, declaró: “No existe país musulman más integrista que Arabia Saudí (…) y sin embargo ese país es a la vez un amigo y un país importante para Estados Unidos. (…) Sólo tenemos que combatir el integrismo en la medida exacta en que lo exijan nuestros intereses nacionales”. (3) En 2012, Hillary Clinton confiesa llanamente: “Estados Unidos fue quien creó Al-Qaeda ” (4)

¿No bastan esas declaraciones para entender cómo Estados Unidos utiliza las más peligrosas herramientas para asentar su control sobre ciertas regiones estratégicas: Oriente Medio, pero también Cáucaso, Asia del Sur y del Centro, Cuerno de África y también África Central? He ahí lo que explica la historia confusa de varios conflictos de estos últimos decenios: Afganistán, Yugoslavia, Chechenia y más ampliamente el Cáucaso, Iraq, Libia, Siria, pero también Argelia, Congo RDC, Sudán del Sur, Costa de Marfil, Malí, Centroáfrica, los Tigres tamiles, etc…. Según sus intereses, Estados Unidos se alía hoy con unos terroristas a quienes combatirá mañana, antes de volver a reconciliarse con ellos pasado mañana.

Entender todo esto resulta crucial: con esas puñaladas traperas y esas alianzas indignas es cómo Estados Unidos ha empezado a poner patas arriba el gran tablero de Oriente Medio para volver a organizarlo a su antojo. Todo ello con el telón de fondo de la Gran Guerra del petróleo y del gas, clave de la dominación del mundo. En realidad, Yihad made in USA desvela uno de los aspectos esenciales de esta gran batalla para dominar el mundo, es decir: debilitar a China y a Rusia y controlar Europa. Una batalla que nos concierne por todas partes. 


Ninguna improvisación, sólo la realización de unos planes muy viejos…
 

Suelo decirlo a menudo: cada vez que la tele nos cuente que Washington reacciona ante acontecimientos espontáneos acaecidos en algún lugar del mundo, siempre tenemos que empezar por preguntarnos qué ha hecho anteriormente Estados Unidos en lo que se refiere a ese país. El presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt decía: “En política, nada sucede nunca por casualidad. Cada vez que ocurre un acontecimiento, uno puede estar seguro de que estaba ya previsto que ocurriera tal y como ocurre.”

En realidad, hace ya mucho tiempo que Estados Unidos y sus amigos tienen proyectado hacer estallar en varios pedazos a Siria y a la mayoría de los países de Oriente Medio.

Así fue cómo, tras la “Guerra de los Seis Días”, en 1967, el ministro norteamericano Kissinger fijó como prioridad, para Estados Unidos, reforzar a Israel. Y para conseguirlo quería dividir Oriente Medio en un mosaico de pequeños Estados débiles que se hicieran la guerra unos a otros y que cada uno necesitara a Estados Unidos para sobrevivir. Este Plan Kissinger (idéntico al Plan Rogers de unos años antes) apuntaba a usar y acrecentar los conflictos interárabes para volver a diseñar las fronteras de varios países: Líbano, Siria, Jordania, Iraq. Su meta era permitirle a Washington, con la ayuda de Israel y del Sha de Irán, controlar toda la producción de petróleo de la región.

Con la misma lógica, en 1982, Oded Yinon, un antiguo funcionario de Asuntos Exteriores de Israel, publica “Estrategia para Israel en los años 1980”: “Siria va a partirse en varios Estados conforme a sus comunidades étnicas de tal manera que la costa vendrá a ser un estado alauí chií; la región de Alepo un estado suní; en Damasco, otro estado suní hostil a su vecino del Nort: los drusos formarán su propio Estado, que se extenderá por nuestro Golán tal vez, y ciertamente por Haourán y por la Jordania del Norte. Este Estado garantizará a largo plazo la paz y la seguridad en la región: es un objetivo que a partir de hoy está a nuestro alcance.”(5) Israel sabe lo que busca: desmantelar a sus vecinos.

Más tarde, la CIA elaborará el Plan Syriana, que desvelará su ex agente Robert Baer. También se trata de descuartizar a todos los Estados poco dóciles para neutralizar la resistencia árabe en el conjunto de Oriente Medio. Y siempre para reforzar a Israel.

En junio del 2006, precisamente en Tel-Aviv, la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, justifica con ese mismo cinismo la sangrienta destrucción de Líbano por los ataques israelíes: “Presenciamos aquí, por decirlo así, el crecimiento –los dolores del parto– de un Nuevo Oriente Medio y todo lo que nosotros, Estados Unidos, hacemos es conformarnos con empujar hacia adelante para no retornar al antiguo modelo.” (6) El “Nuevo Oriente Medio”, conforme con los intereses de Exxon y Chevron, pasa pues por el sufrimiento de los pueblos agredidos.

Durante ese mismo mes de junio del 2006, el teniente coronel Ralph Peters, jubilado de la Academia Nacional de Guerra, desvela los pensamientos secretos de Rice y Bush: publica en el Armed Forces Journal (7) un mapa futurista de Oriente Medio diseñado según los sueños de Washington: Turquía aparece amputada a favor de un “Gran Kurdistán”; Iraq pierde a sus kurdos y aparece dividido en un Estado chií y un estado suní; Siria queda reducida a poca cosa; Pakistán pierde el Baluchistán (y, por consiguiente, pierde Gwadar, su puerto estratégico), Arabia Saudí queda partida mientras crece Jordania. Dividir para reinar más fácilmente…

Un mapa de misma índole fue publicado por el New York Times en septiembre del 2013.(8) ¿Para preparar las mentes?

A sabiendas de todo lo que antecede, entendemos por qué la presente explosión en Iraq, en Libia y en Siria (¿y, pronto, en otros países?) no es de ninguna manera una sorpresa.

Es pues totalmente posible entender Oriente Medio. Basta con apagar la tele y leer documentos serios. Por ejemplo, los documentos verdaderamente importantes de los estrategas norteamericanos (que dicen exactamente lo contrario de lo que nos cuenta la tele). O bien lo que escribe Mohamed Hassan cuando nos explica la verdadera historia de la región y todas las maniobras que se traman entre bastidores. 


Apagar la tele y volver a enchufar el cerebro
 

Al leer este libro apasionante seguramente te preguntarás, amigo lector ¿por qué todo esto no aparece nunca en los medios? ¿por qué, según esos mismos medios, todo siempre parece “demasiado enrevesado”?

Efectivamente, y aunque unos pocos periodistas consiguen a duras penas hacer circular algunas noticias u opiniones (a menudo a horas muy tardías de la noche), tenemos que constatar que los telediarios expresan las opiniones de sus respectivos gobiernos sin la menor oposición. Y, también, que casi la totalidad de las emisiones con la calificación de “debate” se limitan a presentar las únicas opiniones compatibles con los intereses imperantes.

Esos debates ¿presentan tal y como petenden una pluralidad de opiniones tal como pretenden? Sí y no. En esos debates se pueden oír varios pareceres sobre la mejor manera, para Estados Unidos y Europa, de conseguir sus metas en política internacional. Entonces, puede debatirse sobre el “¿cómo? ”. Pero nunca sobre el “¿por qué?”. Queda prohibido discutir la cuestión esencial: los Estados Unidos y sus aliados ¿tienen o no, moralmente, el derecho de imponer sus opiniones y sus intereses a la totalidad de los países del Sur que tanto padecen su política? ¿Tienen el derecho de hacer la guerra con nuestro dinero para servir a las multinacionales? Un tema tabú.

Por haber intentado hacerlo a pesar de todo y sin rodeos en ocasión de tres debates televisivos en Bélgica, en el otoño del 2011, me hallé muy rápidamente arrinconado y sin que se me dijera el por qué, al igual que otros tantos periodistas que no entraban en “el molde”. El pluralismo tiene sus límites ¡no fastidien! 


Nada tiene que ver con el “complotismo”
 

Yihad made in USA también aporta una explicación completa, matizada y accesible, de los acontecimientos que ellos nos encubren o que son, dicen, “demasiado enrevesados”. Grégoire Lalieu rechaza tanto la teoría del “gran complot” según la cual Washington lo planifica y manipula todo, como la teoría ultra-ingenua según la cual Estados Unidos estaría defendiendo unos valores morales y nos diría toda la verdad. Por eso querido lector, Yihad made in USA te ayuda a liberar tus neuronas frente a las propagandas simplistas.

Yihad made in USA no tiene nada que ver con una “teoría del complot”. Sí, los estrategas estadounidenses elaboran planes al servicio de la élite, al servicio del 1%, y no se habla de ellos en la tele. No, esos planes no son totalmente secretos; existe sobre ellos una documentación especializada que podemos consultar si nos lo proponemos con tesón y aplicación. Sí, los estrategas estadounidenses manipulan a los pueblos. Pero no, no siempre lo consiguen; sus planes pueden ser combatidos por la resistencia de los pueblos y por la intervención de los ciudadanos en el debate.

Entonces, cuando los voceros de Estados Unidos o de Israel, cuando un Henri Guaino (consejero de Sarkozy), o una Caroline Fourest, o un Bernard Henri Lévy nos llaman “complotistas”, en realidad ocultan que les falta valor para debatir sobre el fondo del asunto porque saben que no tienen argumentos y que los hechos desmienten sus aserciones. Que algunos que pretenden ser de izquierdas vengan repitiendo esas estupideces de derechas es harina de otro costal, un problema que más bien tiene que ver con el psicoanálisis. O con el soborno de las conciencias. 


El “islamismo”, un fantasma muy eficaz
 

Yihad made in USA tiene un título bastante provocador, es cierto. Pero al reunir esos dos términos aparentemente contradictorios, este título nos anima precisamente a reflexionar más allá de las apariencias y los clichés simplistas. ¿Quién se aprovecha de la manipulación de ese “islamismo”? En cualquier caso, tenemos que constatar que los resultados son notables en el Oriente Medio, pero también en Europa. En Oriente Medio, con la partición sistemáticamente organizada, Estados Unidos ha conseguido dar al traste los intentos de las naciones árabes de unirse para ser más independientes, para negociar mejor el precio del barril de petróleo, para liberarse del monarca-dólar, para invertir los beneficios del petróleo conforme sus intereses, para resistir a Israel. Pero, hoy día, no hay nada de todo eso, ni siquiera la sombra de recuerdo, en Oriente Medio; impera la ley de todos contra todos; los pueblos pagan y los emires descorchan el champán. Muy eficaz, el “islamismo”.

Pero el islamismo tiene efectos perversos también en Europa. Debido a una escenografía de tal tamaño, hoy en nuestras naciones europeas el islamismo equivale a barbarie. A pesar de algunas protestas hipócritas el mal se ha hecho; los musulmanes son señalados con el dedo y más que nunca diabolizados. Se sospecha de pactos con el fanatismo y el terrorismo y se les intimida para que se distancien de Daesh. Por ejemplo, mostrando un cartel que diga “Not in my name” (No en mi nombre)

¡Increíble! ¿Por qué pedírselo sólo a los musulmanes? ¿Se le pidió a los cristianos que se desolidarizaran de George Bush cuando masacraba en Iraq? ¿No le incumbe a todo hombre y a toda mujer, sea cual sea su religión o sus convicciones, denunciar unidos esa política bárbara ya venga de Estados Unidos, ya venga del Daesh, de Arabia Saudí o de Israel?

Segundo efecto perverso: en el momento en el que los costosos fracasos de las intervenciones militares de Occidente en Afganistán, Libia y Siria hacían que la opinión europea estuviera cada día más reticente frente a nuevas aventuras guerreras, la escenografía del islamismo ha cambiado el paisaje. Una escenografía hipócrita y racista, ya que cuando el Daesh y las otras milicias perpetraban sus atrocidades masivamente contra la población siria, Occidente hacía la vista gorda. Pero el asesinato de unos cuantos occidentales provoca en el acto una movilización planetaria y costosa para nuestros presupuestos.

Cuando un país como Bélgica o Francia compra un bombardero, podría, con ese mismo presupuesto, crear escuelas para 1.300 niños y niñas. Todos tenemos que apretarnos el cinturón, salvo la industria del armamento, a la que nos piden financiar con generosidad. ¿Vamos a consentir que Estados Unidos nos arrastre a una guerra inacabable que finalmente nos enfrentará con Rusia y China?

¿Vamos a aceptar que Europa obedezca servilmente a ese delirio guerrero? O bien ¿vamos a reaccionar y abrir un debate ciudadano: “¿qué mundo queremos para nuestros hijos?” El libro de Grégoire Lalieu es una ayuda valiosa para emprender ese debate: calibra muy bien el tema de la desinformación; demuestra cómo se las ingenian para que el razonamiento quede sumergido por la emoción y anodadado por la fabricación del miedo. 


La fabricación del miedo
 

La amenaza islamista primero fue ocultada y luego, de repente, inflada. Pero ha sido cuidadosamente aislada de su contexto y de la implicación de Estados Unidos en el mismo. Y la cosa funciona: la opinión podría de nuevo desembocar en el consentimiento resignado o indignado: “Bien, tenemos que hacer algo contra esos peligrosos fanáticos”.

No es ninguna casualidad si los medios vienen poniendo en primer plano con tanta constancia y aplicación a “los islamistas” como único elemento explicativo. Como escribe el sociólogo Saïd Bouamama: “La fabricación del miedo funciona a pleno rendimiento con sus dos consecuencias lógicas: primero, el público renuncia a una explicación racional en provecho de reacciones emocionales y, segundo, aparece una demanda de seguridad aunque sea a cambio de un atentado contra las libertades fundamentales. Más allá de los blancos actuales, la lógica seguritaria es la que impera más hondamente en nuestra sociedad. Las apuestas del petróleo, del gas y los desafíos geoestratégicos desparecen totalmente del debate y sólo dan cabida a la urgencia de un consenso ‘anti bárbaros’.”

¡Qué cómodo! desde luego: gracias a los medios ya no hay en Oriente Medio un conflicto entre clases sociales a propósito de las injusticias entre ricos y pobres, ya no hay colonialismo israelí violando el derecho internacional, ya no hay injerencia imperial norteamericana permanente con toda clase de puñaladas traperas…No, ya sólo hay una guerra entre varias religiones con buenos y malos. Y los buenos siempre somos “nosotros”, claro.

Y nos pueden venir con ese cuento en otros muchos lugares. Lo maravilloso del pretexto terrorista es que Estados Unidos puede utilizarlo absolutamente en todas partes: desde Iraq hasta Nigeria, desde el Cáucaso hasta el Congo, desde Ucrania hasta Malí; se pueden encontrar terroristas donde se necesiten, esto es, jamás muy lejos del petróleo y del gas o de otras riquezas estratégicas. Incluso Estados Unidos se las puede apañar para que sus amigos se los traigan. ¡Qué práctico! 


Gracias, Grégoire
 

En 2009, el entonces muy joven Grégoire Lalieu ingresaba en Investig’Action para unas prácticas de periodismo en el marco de sus estudios. Y ya nunca se marchó. Lo contraté como redactor de nuestra página web en internet, cargo que asume con mucho talento. En 2011 redactamos juntos el libro La Estrategia del Caos, una serie de entrevistas con Mohamed Hassan para explicar las maniobras de Estados Unidos y de Europa en el mundo arabo-musulmán. Tres años después, Grégoire escribe ya solo este nuevo libro: Yihad made in USA, con el que consigue explicar con claridad lo que se empeñan en presentarnos como incomprensible: Siria, Egipto, el islamismo y todo el tablero de Oriente Medio. Gracias, Grégoire. Estoy muy orgulloso de este brillante relevo. Después de todo, cuando fue fundado Investig’Action, hace exactamente diez años, mi deseo era formar un equipo capaz de localizar los embustes de los medios y de combatirlos con una información independiente y valiosa. Nuestra tarea es amplia y no resulta fácil –sobre todo porque carecemos de recursos financieros– pero ya hemos conseguido algunos resultados y hemos sensibilizado a gran número de personas. Nuestro objetivo es aún más ambicioso para los años venideros: Investig’Action quiere ayudar de varias maneras (sitios, artículos, libros, películas, canal vídeo, formaciones), ayudar a crear un auténtico movimiento ciudadano en favor de la información, para que cada ciudadano pueda defenderse y ser actor en este combate en pro de la verdad. Mi esperanza es que otros jóvenes imiten el ejemplo de Grégoire.

En adelante, lector, vas a poder comprobar que su libro es una valiosa contribución para suministrar armas para ese combate.

¡Que disfrutes con tu lectura, amigo lector! 


Notas:

1.Michel Collon, ¿Cuál será mañana la política internacional de Estados Unidos? , Investig’Action, septiembre 2008

2.Michel Collon, Libia, Otan y mentiras mediaticas, Ediciones Investig’Action, 2011.



5. Ver, por ejemplo el sitio Information Clearing House, “The Zionist Plan for the Middle East”.

6. Mahdi Darius Nazemroaya: El proyecto de un “Nuevo Oriente Medio”, Mondialisation.ca, diciembre del 2006

7. idem

8. Robin Wright, Imagining a Remapped Middle East, New York Times, 28 de septiembre del 2013 


Fuente: Yihad made in USA, El Viejo Topo/Investig’Action, noviembre 2016.