domingo, 17 de octubre de 2010

¡Que viene el coco Benedicto!

Por una vez voy a estar de acuerdo con el monseñor Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal española. Pero sólo en parte, que abusar nunca fue bueno.
Cuando hablaba de la visita del Papa a España consideraba que se trataba de un negocio a nivel espiritual y económico.
Tiene razón. A nivel económico es un chollo. Sobre todo para los especialistas en mangoneos en administraciones públicas, que, aunque no lo parezca, es un arte.
Oiga, que si hay que contratar a una empresa de la Gurtel y que televisar la tan ansiada llegada del Señor de las Sotanas cueste cinco veces más de lo normal, pues se hace. ¿Dónde está el problema? El problema es que nos estamos volviendo demasiado meticulosos y no aguantamos un quítame de allá estas pajas choriceras.
Es curioso ver cómo a los sectores de la más rancia derecha de este país no le ofenda que la visita le cueste al contribuyente la friolera de 800.000 euros la hora y sí se alarmen por el gasto en campañas contra la violencia de género.
Pero es normal. Oiga, que no es lo mismo purgar las penas en una catedral que en el frío suelo de una celda. No, no lo es.
Lo que no tengo tan claro es la ganancia espiritual. En una sociedad hastiada de ver cómo se amparan, esconden y guardan las miserias y las atrocidades bajo siete llaves, la espiritualidad se transforma en sumisión borreguil.
Es fácil echar la culpa de la progresiva marcha de fieles de la Iglesia a la maldad de los medios de comunicación. Lo difícil es la autocrítica. Lo difícil es reconocer que hay que preservar el negocio por encima de todas las cosas.
Lo malo es que se preserva por encima de las vidas, de las personas, de los sentimientos, de todo…La Iglesia se está convirtiendo en una empresa de “merchandising” en el que la verbalización de barbaridades es el leif motiv de su campaña. Ni estampitas ni agua bendita. Eso ya no se lleva.
Ahora se llevan cosas como decir que el SIDA es justo porque es una manipulación del amor. Y esto se le ha ocurrido al arzobispo de la iglesia Belga, máximo responsable de la Iglesia en aquel país. A él solito. ¡Toma ya! Tiemblen los publicistas, que mejorar esto precisa de ingentes y sucios esfuerzos mentales.
Es la sinrazón del exceso, del titular, de la manipulación, de la inmundicia moral y de la agonía del razonamiento lógico.
No se puede predicar la palabra de Dios cuando ni entre los que hablan con Él tienen claro del mensaje que les manda. Es culpa de la globalización, seguro. O de las sociedades modernas. O mejor, culpa del que inventó el preservativo. ¡Qué más da! Si la cosa es echarle la culpa a un tercero.
Todo redunda en lo de siempre: que, al final, tenemos que pagar a escote las megalomanías de la Iglesia Católica.
Y que, para más inri, los “mangantes” y “vividores” se frotan las manos ante la atractiva expectativa de cantidades ingentes de dinero a mangar.
¿Quién para esto?

Fuente: Red Laica

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