jueves, 25 de noviembre de 2010

Anécdotas

EYI Nguema Mengue / Unos días atrás, donde trabajo, se tuvo que despedir a un compañero. Se trata del que era nuestro portero; el hombre que se encargaba de abrir el portón para los coches y de entregarle un chaleco reflectante y un casco de seguridad a los que entraban en el recinto de la obra como visitantes. Llevaba como unas tres semanas con nosotros. Resulta que nuestro hombre ya se hallaba en estado de embriaguez manifiesto a eso de las 08:00 h de la mañana. Me sigo preguntando si había desayunado de madrugada con la botella, o la borrachería le venía de la noche anterior. Intentaron persuadirle de que en su estado no podía trabajar, que debía marcharse a casa y que el incidente se quedaría en una amonestación por escrito; que firmaría al día siguiente, cuando recuperara la sobriedad. Pero, debido al cruce de cables del que se encontraba preso, nuestro colega no pudo entrar en razón. Primero se negó a abandonar la caseta en la que desempeñaba sus funciones, luego se puso a vociferar improperios y, finalmente, intentó agredir a ciertos compañeros. Como tres horas más tarde, después de una acalorada discusión y de un breve forcejeo, se consiguió que el sujeto se rindiera a la realidad.
Mientras volvía a su casa, ya con el empleo perdido, y el alcohol remitiendo poco a poco en la sangre, cuentan que el “señor” aseguraba que su mujer se iba a enterar! Comentaba que todo aquello era culpa de su mujer, pues, ella es gafe. Aseguraba que había perdido el trabajo porque su mujer siempre le trae mala suerte. Juraba que tenía su machete listo para descuartizarla y cortar de raíz este lastre. Llegados a este punto, tengo que advertir que no recibí ninguna noticia de que el ya ex compañero de trabajo cumpliera sus amenazas. Supongo que consiguió recapacitar.
Me hallaba en el hospital por razones que dejaré entrever a lo largo de la historia. Iba a acompañar a un compañero de trabajo que se hallaba no muy bien de salud. Nos topamos con mucha actividad en el edificio: batas blancas y verdes corriendo de un lado a otro. Resulta que aquella mañana se habían producido dos graves accidentes de tráfico. No hubo muertos en el acto (tampoco sé si los hubo después), pero los heridos lo eran algunos de extrema gravedad. Por lo visto, uno de los accidentes fue un choque entre dos turismos en un cruce en T entre una carretera de cuatro carriles con mediana (y dos sentidos) y otra de dos carriles (y también de dos sentidos de circulación). El tramo de carretera está bien asfaltado e incluso también podemos admitir que está bien señalizado.
El hall del hospital estaba lleno de conocidos y familiares de los accidentados y de gente, como nosotros, que habíamos acudido al centro de salud por problemas propios, pero que nos veíamos en la obligación de esperar más de lo habitual porque la mayoría de los médicos estaban implicados en la atención de los heridos. Como es bastante frecuente, las mujeres rompieron todas en lamentos y sollozos (indistintamente de si conocían o no a los accidentados). Entre ellas destacaron dos: la primera arremetía contra los jóvenes que nada más saber cómo se arranca y se mueve un coche se ponen a volar literalmente por las carreteras sin ningún tipo de contemplaciones arrastrando a inocentes en su locura; mientras que la segunda,después de recalcar que el tramo en el que se produjo el accidente se halla en buenas condiciones, aseguraba que había “algo” plantado ahí, y que ese algo era la causa de este accidente; pues, no se entiende (continuaba su argumentación) que se produjera la colisión ahí sin lluvia, ni niebla ni oscuridad (el fatal suceso tuvo lugar hacia las 10:30 h). Curiosamente, la mayoría de la gente presente en el corillo se iba decantando paulatinamente por el planteamiento de la segunda, aseverando: sí, debe de haber “algo” ahí plantado. Los brujos siempre encuentran manera de hacer daño!
Tengo que reconocer que aquella mañana fue rica en anécdotas. Porque estando ahí en el hospital, en este caso, sentado en los bancos de la antesala del laboratorio, a la espera del resultado de unos análisis; dos niñas, de unos 13 ó 14 años pasaron por delante de nosotros adentrándose en el laboratorio. Minutos más tarde, salieron las muchachas, y detrás de ellas la voz de la analista emplazándolas a esperar al Director en el hall. Al percatarse ella de nuestra presencia y del interés que mostraban nuestras caras debido al tono en que se había dirigido a las niñas, nos explicó que una de ellas había venido a abortar. Según la analista, la muchacha le aseguró que su madre le había entregado 20 000 FCFA (30,49 €) para que fuera a abortar al hospital. Nos dijo que la niña le facilitó hasta el nombre de su madre y el lugar donde trabaja. Entonces, otra de las analistas le dijo a la primera que las niñas no iban a esperar al Director, pues, se habían dado cuenta de que el asunto había cambiado de cariz, y que ellas se estaban metiendo en un lío; por lo que, con toda seguridad, se iban a largar de ahí echando humos. Efectivamente, las chavalas huyeron. Las analistas se quedaron lamentando la actuación inhumana de la madre de la niña entre risas. Yo me puse a esbozar este artículo. Y nada más.

25 de noviembre de 2010

EYI Nguema Mengue 
Arquitecto Técnico
Vive y trabaja en Guinea Ecuatorial.



Ensenada de Riazor, está autorizada por el autor

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