martes, 25 de enero de 2011

Hipocresía occidental, naufragio chino

Ambos campos salen malparados con el último premio Nóbel de la paz
 
Rafael Poch.- Un neocon que apoya las guerras del Pentágono, elogia a Israel por su martirio de palestinos y que propugna una occidentalización de China que con gran probabilidad la regresaría a la disolución y el caos de anteriores periodos históricos, ha sido galardonado con el premio Nóbel de la Paz. Se llama Liu Xiaobo y defiende todo eso en unos términos que el público apenas conoce, pese a lo mucho que se ha escrito sobre él.

     Liu cumple una condena de once años de cárcel. Es injusto y escandaloso encarcelar a alguien por ejercer derechos elementales de opinión y expresión. Es así de sencillo: mientras esas cosas pasen en China, el país será siempre señalado con el dedo por críticos de todas las tendencias, del Norte, del Sur, del Este y del Oeste.
 
Política de derechos humanos

Pero aquí no se trata tanto de derechos humanos, sino de la política de derechos humanos, es decir del conocido uso de los derechos humanos para aumentar la presión contra adversarios y rivales, es decir; de la política de relaciones públicas de esos adversarios humanitarios de China que cada dos o tres años desencadenan una guerra y matan a decenas de miles de personas en uno u otro lugar del mundo. Ellos son los que reparten muchos de los premios y de las lecciones de moral y democracia en este mundo. Liu Xiaobo, cuya valentía es admirable y digna de respeto, no es más que un recurso de esa hipócrita partida.

  Con él se repite la historia de Aleksandr Solzhenitsyn y de tantos otros. Solzhenitsyn era un anticomunista furibundo con más razones que un santo para serlo tras su larga experiencia de recluso de la tiranía soviética. También era un integrista ortodoxo ruso, antisemita, que elogió a Franco y afeó la conducta de Estados Unidos por no proseguir la guerra en Vietnam. Solzhenitsin escribió obras literarias y el Nóbel se lo dieron por la literatura. También, evidentemente, para premiar su arrojo y tenacidad arremetiendo contra la URSS, precisamente porque ésta era el enemigo principal de entonces para Occidente. Cuando el viejo profeta regresó a la Rusia postcomunista en 1994 y comenzó a despotricar contra Occidente y contra la cleptocracia y la degradación instaurada por Boris Yeltsin en Rusia con el aplauso de Occidente, el humanitarismo imperial se olvidó de Solzhenitsyn. Lo mismo ocurrió en Alemania tras la reunificación con algunos de los más prominentes disidentes de la RDA que tenían el defecto de ser socialistas y, aun peor, lo continuaban siendo tras la caída del muro. Dejaron de ser interesantes. En las décadas de los setenta y ochenta, decenas de miles de desaparecidos, masacrados y torturados en Centroámerica y el Cono Sur no merecieron ni la centésima atención dedicada por el establishment a los Solzhenitsyn, Sájarov y Walesa. Esa discriminación, continua hoy en los mismos términos y es lo que convierte todo el asunto en un fraude, pues los derechos humanos deberían ser verdaderamente universales.

 Un programa para la ruina nacional

La idiosincrasia de Liu Xiaobo es muy clara. Liu pertenece a un sector muy específico de los disconformes con el régimen chino. Se trata del sector minoritario de disidentes que abraza por completo el programa neocon para el mundo y para China. De eso trata su Carta 08, divulgada en diciembre de 2008 por Liu, y que logró reunir 8000 firmas. Elecciones, separación de poderes, igualdad, libertad de expresión, economía de mercado, privatización de la tierra y de las empresas, defensa de la propiedad privada, estado federal… Todo suena muy bien, pero en las condiciones chinas se parece mucho a un programa para la disolución de la República Popular China.

    En el mundo en desarrollo la dictadura no es ni solución ni receta, pero el Estado de derecho tampoco es la fórmula mágica y automática para el buen gobierno. En países como Indonesia, Camboya o Filipinas, las elecciones no aportan casi nada a la libertad y al derecho. Respecto al mundo desarrollado, el norte de su aprobación o condena no es la dictadura o la democracia de un régimen en cuestión, sino la conformidad con su poder hegemónico. Las cosas son más complicadas y superan con creces esa maniquea teología formal. Respecto a la privatización, no ha mejorado, sino empeorado la injusticia, especialmente en países como la ex URSS, Mongolia o del ex bloque del Este, en cuyo espejo China puede mirarse y trazar ciertas analogías. Respecto al “federalismo”, China ya lo conoció, con la Revolución Cultural o con el periodo de los señores de la guerra. Ese caos de poder disgregado y desmadrado sería, seguramente, el federalismo realmente existente para la China de hoy. Respecto a las elecciones y la democracia, el panorama de la Rusia actual sería probablemente un escenario muy amable y benigno entre los posible para China.
     La percepción de todo eso explica que los chinos disconformes, incluidos los sectores urbanos más occidentalizados que ponen en cuestión muchas políticas del régimen, no están en la longitud de onda de la Carta 08. La desesperación de Liu Xiaobo con sus compatriotas le llevó hace años a elogiar la colonización occidental, que trajo la drogodependencia, el abuso y la crucifixión de su país a manos de los extranjeros. “Si Hong Kong necesitó 100 años para llegar a ser lo que es, China, por su tamaño, necesitaría 300 años de colonización para llegar a ser lo que Hong Kong es hoy, aunque dudo que 300 años fueran suficientes”, dijo Liu, en una cita muy repetida por la propaganda china. “Elegir la occidentalización es elegir ser humano”, dice Liu. En su enfado con los chinos, los tacha de “endebles, sin carácter y jodidos”, por no sumarse a la redención de su programa neocon.

 Abogado de la guerra

   La visión exterior de Liu, se desprende de sus comentarios sobre la política internacional de los últimos años. “El mundo libre liderado por Estados Unidos luchó contra todos los regimenes que pisotearon los derechos humanos. Todas las grandes guerras en las que Estados Unidos se vio implicado son éticamente defendibles”, ha escrito. En 2004, durante la  campaña presidencial americana Liu elogió a George W. Bush por su guerra contra Irak y condenó al candidato rival, John Kerry, por falta de entusiasmo.

   “El magnífico logro de Bush en materia antiterrorista no puede ser anulado por las difamaciones de Kerry”, dijo. “No actuar contra Irak es más arriesgado que hacerlo, como quedó demostrado en la Segunda Guerra Mundial y en el 11-S. Pese a todo la guerra contra Sadam Hussein es justa y la decisión de Bush, correcta”. Alguien que habla así del mundo desde China, es, políticamente hablando, más necio que extremista, pero, evidentemente, su único delito es hacer uso de la libertad de expresión. La pregunta no es si Liu tiene derecho a decir lo que quiera, sino si merece ser galardonado con un premio de paz. El Comité Nóbel ya respondió a esa pregunta cuando premió al Obama que iniciaba su escalada bélica en Afganistán-Pakistán, y que no hablaba de paz sino de “guerra justa” en su discurso de Oslo.

    Pero la torpeza del comité Nóbel por dar su premio de la paz a este abogado de la guerra, compite también con la de las autoridades chinas. Sólo un poder tiránico, gallináceo e inseguro, puede responder a ese discurso con once años de cárcel, aislamiento sanitario de familiares y amigos, etc., etc. El régimen ha sumado a ello una pésima campaña de relaciones públicas, con sus presiones a otros gobiernos para que no asistieran a la ceremonia de Oslo. Negándose a ser tratada como lo fue la URSS en el pasado en el terreno de la propaganda, China  ha dañado su promesa de “ascenso pacífico”. Exhortar a no bendecir lo que es un interesado ejercicio de hipocresía internacional es comprensible, pero con ello se ha desacreditado más en la batalla de imagen. Lo mismo vale para el “Premio Confucio” otorgado al ex Presidente taiwanés y que éste rechazó poniéndole la guinda al naufragio. Esa torpeza e inseguridad de las autoridades chinas, arroja la segunda noticia de este errático episodio.


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