miércoles, 12 de enero de 2011

¿Por qué somos así?

Estamos estrenando año: el 2011. Tradicionalmente, es el momento en que se marcan los buenos propósitos para el año que empieza. Yo he preferido, o bien, he estimado conveniente empezar este año con una pregunta: ¿por qué somos así? Me temo que esa cuestión se va a reducir a una mera pregunta retórica; nada más lejos de mis motivaciones. Lo que pretendo es que, de verdad, reflexionemos sobre este tema. Supongo que es un buen propósito para comenzar el año.
Hace como tres años, en Bata, al menos, en los barrios ya consolidados (Nfefesala, Zona, Mbangan, Bisa, Mondoasi, Covadonga, Shangai, Bereta, Etofili, Iyubu, Moganda, Nkolombong, etc.) la gente ya se iba olvidando de la lámpara de bosque, sencillamente porque la electricidad ya fluía casi las 24 h del día. Los cortes de luz ya se habían vuelto ocasionales y duraban relativamente muy poco tiempo. Sin embargo, estas fiestas, varios de estos barrios las pasaron a oscuras. En mi casa prácticamente no pudimos organizar la comida de Navidad porque la luz llegaba y se iba constantemente. No nos arriesgamos a comprar y tener luego el congelador lleno de comida podrida. Al final, compramos el mismo día 24 lo que pudimos (y, por suerte, hubo luz).
En la noche vieja, una de mis tías organizó la cena en su casa para toda la familia. Aunque sí que había luz en nuestro barrio (que queda a unos 300 m del de mi tía), en la casa de mi tía tuvimos que recibir las felicitaciones de año nuevo a la luz de la lámpara de bosque (un invento del siglo XIX. En otros sitios ya sólo se ve en algunas películas del Oeste). Y cenamos casi a oscuras, con un calor horrible (no podíamos refrescarnos con los ventiladores, pues, son eléctricos) y luchando contra los mosquitos en su empeño de chuparnos la sangre mientras nosotros comíamos cerdo y brindábamos con cava.
En los principales cruces de Bata; con principales, me refiero a aquellos que registran un ir y venir de coches considerable, hay instalados unos semáforos desde hace varios años, y en los últimos, se puede decir que funcionaban con normalidad. Sin embargo, en este diciembre, ha sido un suplicio transitar por estas encrucijadas. La causa: los semáforos no funcionaban y, además, no se nos ocurrió poner agentes de tráfico ahí para aminorar los riesgos derivados de la ausencia de los semáforos y, permitir de este modo, un trasiego fluido de vehículos.
El otro día, en un taxi, una mujer comentaba que una niñita (de unos 8 años) tuvo que bajar en un pozo negro para recuperar una chancleta que se le había caído al hacer sus necesidades, por miedo a la paliza que le iba a propinar su madre. Vamos a rebobinar un poco: aquí en Guinea Ecuatorial, los taxis no son del todo taxis, sino una especie de mezcla entre bus urbano y taxi. Es decir, en un mismo taxi viajan al mismo tiempo varios individuos que no se conocen de nada y que pueden llegar a tener sus destinos en sentidos opuestos de una misma dirección, y van subiendo y bajando del coche según el ritmo que le imponga el taxista. Esa circunstancia me permitió saber de esta anécdota. Por otro lado, todavía están muy presente entre nosotros (y en las ciudades) la letrinas formadas de la siguiente manera: un pozo (de entorno a 1 m de diámetro y 3 m de profundidad) que se tapa con vigas o rollizos de madera unidas a hueso lateralmente, dejando un espacio transversal en el centro de unos 20 cm de ancho. Estas letrinas se utilizan poniendo las piernas a ambos lados del hueco transversal y doblándose de rodillas. Por lo visto, en ese ejercicio, la niña se despistó y se le cayó la chancleta en el hoyo. La mujer aquella cuenta que la niña se metió en la mierda hasta más allá de la cintura para recuperar la chancleta. Según ella, la chavalita era consciente de que el dolor o la rabia de su madre al pensar que tendría que desembolsar otros 1 000 FCFA (unos 1,52 €) para reemplazar el par de chancletas, iba desencadenar una paliza monumental para ella; por lo que la niña optó por hurgar literalmente en la mierda antes que presentarse ante su madre con un: mamá, se me ha caído la chancleta en el váter.
Tenemos aquí unas cuantas empresas privadas creadas y gestionadas por compatriotas que asumen, prácticamente el 100% del servicio de envío de paquetes, bultos, dinero, etc. Su labor es inestimable, habida cuenta de que el Correos se limita al nombre y los edificios oficiales. Estas empresas, francamente imprescindibles para nuestra sociedad, resulta que trabajan de una manera arcaica. Me he tomado la molestia de fijarme detalladamente en sus oficinas cada vez que voy a realizar un envío o a acompañar a alguien. En ellas no existe nada de lo que concurre en una oficina moderna. No trabajan con ordenadores ni fotocopiadoras ni escáneres ni tampoco tienen archivadoras propiamente dichas. Me cuesta mucho concebir cómo se puede trabajar en estas condiciones.
Esta mañana he pasado por el mercado en busca de ngoo (un pescado de río muy codiciado aquí al que unos llaman barbo en español y otros, claria). En realidad, no había ido a comprar, sino a recopilar precios. Dentro de cinco días celebramos un evento en casa y necesitaba precios para confeccionar el presupuesto. La única mujer que disponía de este producto en el mercado central esta mañana se ha negado a darme el precio! Alegando que le estaba molestando y perdiendo el tiempo con tanta conversación inútil; pues, ella sólo le revela el precio al que va a comprar en el momento. Y me echó de su puesto.
¿Por qué en pleno siglo XXI vivimos de esta manera y hacemos estas cosas? ¿Dónde está nuestra dignidad personal y social? ¿Por qué somos así? No son preguntas retóricas. Hemos de reflexionar!!!!!
10 enero 2011


EYI Nguema Mengue
Arquitecto Técnico

Vive y trabaja en Guinea Ecuatorial.


Ensenada de Riazor, está autorizada por el autor


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