sábado, 22 de enero de 2011

Yo soy Fang 2: "djam kag’a mêngumah, bê kumu yê dê ya?

Ése es un proverbio fang: ”djam kag’a mêngumah, bê kumu yê dê ya?” Si lo traducimos directamente al español tendríamos que decir: algo sin orgullo (o gloria), ¿cómo quererlo? Mientras que si le damos un poco más de sentido, quedaría una cosa así: algo que no produce orgullo o gloria, ¿cómo quererlo o hacerlo?

En ocasiones anteriores he manifestado mi pertenecía a la etnia (y cultura) fang. Los fang somos el pueblo mayoritario (digamos que una mayoría absoluta muy holgada) en Guinea Ecuatorial. También estamos presentes en Camerún, Gabón (donde somos mayoría relativa) y dicen que también en algunas zonas de Congo Brazaville.

Es curioso cómo se puede llegar a la misma conclusión desde puntos de vista tan divergentes. Aquí en nuestro suelo patrio, el control del país está en su práctica totalidad en manos fang. Lo de práctica totalidad es literalmente cierto, ya que “nosotros” controlamos el poder político, económico y social (si es que existe). En varias ocasiones he manifestado mi perplejidad por el hecho de que no mostremos suficiente interés por la decencia, la elegancia, la excelencia, etc.

Y es que si por lo menos mantuviéramos vivas las enseñanzas de nuestros ancestros en nuestra vida cotidiana, seguramente la faz de nuestras ciudades y de nuestro tejido productivo y administrativo sería radicalmente distinta. Porque actuaríamos guiados por nuestros proverbios, refranes, etc; que es lo que el fang hacía en la antigüedad. En este sentido, un buen fang, no diría si se le emplaza a ser un buen profesional que estas cosas no funcionan en Guinea, porque recordaría que como fang, no puede desear aquello de lo que no se puede enorgullecer.

Quiero resaltar que lo que se cuenta en estas líneas es perfectamente extensible a todos los individuos del mundo mundial; para que nadie se sienta excluido. Porque toda persona pertenece a alguna cultura y todas las culturas transmiten los mismos valores. De hecho, si uno se fija, se dará cuenta de que los dichos, refranes y proverbios coinciden entre unas y otras culturas, simplemente se formulan de manera diferente. Por ejemplo, donde en castellano se dice: “la avaricia rompe el saco”; en fang decimos: “Zama ya Mebeg angue sub afan ya eviang” (“Zama ya Mebeg perdió el bosque por disputar una parcela”).

No voy a resarcirme en los vicios de nuestra sociedad, sólo pretendo que nos acordemos de que herramientas para mejorar tenemos. Es cierto que por unas circunstancias u otras, buena parte de nosotros no ha tenido la educación académica adecuada que la llevaría a comportarse de manera más civilizada (sí, lo voy a decir así). Sin embargo, tenemos nuestra cultura. Una cultura inmensamente rica en valores cívicos y humanos, magistralmente resumidos en proverbios y refranes tan contundentes como hermosos y elocuentes.

Es muy sabido que aquí los profesores venden notas (ignoro si esta práctica es realizada por la mayoría o no). Es decir, para aprobar sus asignaturas, l@s alumn@s tienen que pagar; en dinero o en especie (en el caso de las alumnas de buen ver). Eso es robar y corromper a la juventud. Nuestra cultura condena este tipo de actitudes, pues, nadie se puede enorgullecer de ser ladrón: ”djam kag’a mêngumah, bê kumu yê dê ya?”

Esta sutil manera de robar (aunque creo que otros calificativos le vendrían mejor) se da entre otros colectivos. Por las calles de nuestras dos ciudades, con frecuencia, hay apostados agentes de la Policía de Tráfico. Se supone que su cometido es regular el tráfico, garantizando la seguridad vial y evitando atascos artificiales, y, por otra parte, detener a los infractores y denunciarlos de acuerdo con el Código de Circulación. Sin embargo, nuestros queridos compatriotas se dedican a lo suyo: aprovechar pequeñas o grandes faltas de los conductores (aparcar mal, conducir sin carnet o con uno caducado, falta de algún documento del vehículo, etc.) para sacarles dinero. Eso es robar. Robar al ciudadano y robar al Estado. En el caso del robo al ciudadano podríamos incluso hablar de atraco o extorsión. En una dinámica similar se encuentran también muchos otros funcionarios implicados en la tramitación de documentos que por las circunstancias le son ineludibles al contribuyente; además de pagar las tasas correspondientes en la Tesorería (efectos timbrados y otros) éste se ve obligado a desembolsar dinero en efectivo para el funcionario de turno, porque si no, el papel corre riesgo de firmarse Dios sabe cuándo o nunca. Sería injusto no mencionar aquí de manera muy especial a nuestros amigos de Aduanas. Éstos te zarandean, te vacían los ahorros y te chupan la sangre hasta dejarte exhausto si caes en sus manos. Y se cae en sus manos por cometer atrocidades como tener que sacar del puerto un coche o un contenedor de mercancías. Nadie obtiene gloria de ser ladrón: ”djam kag’a mêngumah, bê kumu yê dê ya?”

Entrar en nuestros barrios. Me refiero a barrios de Malabo y Bata como Ñubili, Vam Nguele, Semu, Etofili, Lamper, Dimbala, etc. es adentrarse en el malestar. Es meterse donde las aguas residuales discurren entre los patios, las casas y las orillas de los caminos. Donde algunos caminos atraviesan literalmente algunas casas. Los basureros de unos son los patios de otros (aunque en general, la basura se halla dispersa por ahí); donde juegan los niños de unos y otros. Partes de la ciudad en que la mayoría de las casas se reducen a cuatro paredes de tablas y pies derechos de madera de ínfima calidad y una cubierta de hojalata. Un entorno donde las letrinas y los pozos para el agua que se bebe (no la he llamado potable) y con la que se cocina se alternan aleatoriamente. Nadie puede enorgullecerse de la suciedad, el desorden y la precariedad: ”djam kag’a mêngumah, bê kumu yê dê ya?”

21 de enero de 2011
EYI Nguema Mengue
Arquitecto Técnico

Vive y trabaja en Guinea Ecuatorial.


Ensenada de Riazor, está autorizada por el autor





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