martes, 15 de febrero de 2011

Bradley Manning, el informante de WikiLeaks, es un patriota, no un criminal

Declaración de la defensa del soldado Manning
Chase Madar /El gobierno de Obama llegó al poder proclamando políticas «brillantes como el sol». Sin embargo, cuando WikiLeaks sacó a plena luz del día parte de la ropa sucia del gobierno de EE.UU., sus funcionarios reaccionaron de manera automática y, en el caso de Bradley Manning, punitiva, ya que ahora se encuentra totalmente incomunicado en una prisión de los Marines en Quantico, Virginia. El afán del gobierno de Obama y de los militares de EE.UU. de quebrar su voluntad, de aplastarlo, es perturbador, por no decir algo peor. Pase lo que les pase a Julian Assange o WikiLeaks, es evidente que Washington se propone eliminar a este joven soldado del ejército y luego encarcelarlo hasta el día del juicio final.
No debería ser así.
Actualmente, gracias al abogado y ensayista Chase Madar, Tom Dispatch hace un gesto planificado desde hace tiempo a favor de Manning, cuyos actos, hechos para revelar lo peor que este país ha podido ofrecer en los últimos años, lo convertirán algún día en un auténtico héroe estadounidense. Sin embargo, no hay duda de que esto es de poco consuelo para su persona en estos días. Las recientes guerras de EE.UU., sus regímenes de tortura, sitios ocultos, y entregas extraordinarias, así como la muerte y la destrucción impuestas a países distantes, han manchado de sangre muchas manos oficiales estadounidenses, pero no las de Manning. Esos funcionarios deberían ser responsabilizados, no él. Tom
Por qué Bradley Manning, el informante de WikiLeaks, es un patriota, no un criminal
Declaración de la defensa del soldado Manning
Chase Madar
Bradley Manning, de 23 años, originario de Crescent, Oklahoma, se alistó con las fuerzas armadas de EE.UU. en 2007 para cumplir con su deber hacia su país y, era su esperanza, con el mundo.
Durante los últimos siete meses, han mantenido incomunicado en la prisión del Cuerpo de Marines en Quantico, Virginia, al soldado de primera clase del ejército Manning. Otros veinticinco mil estadounidenses también están bajo aislamiento carcelario prolongado, pero las condiciones de la detención previa al juicio de Manning han sido suficientemente brutales para que el Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas anuncie una investigación.
Se afirma que el soldado Manning obtuvo documentos a través de Internet, clasificados y no clasificados, del Departamento de Defensa y del Departamento de Estado y los entregó a WikiLeaks. (El «se afirma» es importante porque el informante federal quien delató a Manning, Adrian Lamo, es un delincuente que fue declarado culpable de crímenes de piratería informática. También fue enviado contra su voluntad a una institución psiquiátrica el mes antes de que hiciera su acusación. Todo esto lo convierte en un testigo menos que fiable). En todo caso, los archivos supuestamente bajados por Manning revelaron casos evidentes de crímenes de guerra cometidos por tropas de EE.UU. en Iraq y Afganistán; tortura generalizada cometida por autoridades iraquíes con pleno conocimiento de los militares estadounidenses, cálculos previamente desconocidos de la cantidad de civiles iraquíes muertos en los puntos de control militar de EE.UU., y la masiva cantidad de muertos civiles iraquíes causada por la invasión estadounidense.
Por sacar a la luz esta información crítica que ha sido suprimida desde hace tiempo, han tratado al soldado Manning no como denunciante, sino como criminal y espía. Lo acusan de violar no sólo regulaciones del ejército, sino también la Ley de Espionaje de 1917, lo que lo convierte en el quinto estadounidense acusado según la ley por filtrar documentos clasificados a los medios. Es probable que se convoque una corte marcial en primavera o verano.
Algunos políticos han pedido la cabeza de Manning, a veces literalmente y, sin embargo, no es difícil concebir una fuerte defensa legal para el soldado Manning. A pesar de que faltan muchas cuestiones de hecho, ya es posible bosquejar una defensa legal. Lo que sigue es una «declaración inicial» de la defensa. No trata de argumentar sobre puntos legales individuales de manera exhaustiva sino que es, como toda declaración inicial, una visión general de las principales cuestiones legales (y políticas) en juego, presentada para una audiencia de ciudadanos comunes, no a los abogados del Asesor Jurídico Jefe de las Fuerzas Armadas.
Después de todo, el que decide en última instancia lo que un gobierno puede o no puede permitirse, legalmente o de otra manera, es el tribunal de la opinión pública
Declaración inicial de la defensa de Bradley Manning, soldado y patriota
El soldado de primera clase del ejército de EE.UU., Bradley Manning, ha cumplido con su deber. Presenció serias violaciones del Código Unificado de Justicia Militar de las fuerzas armadas estadounidenses, violaciones de las reglas del Manual de Campo del Ejército de EE.UU. 27-10, y violaciones del derecho internacional. Sacó a la luz esas trasgresiones debido a un profundo sentido del deber hacia su país, como ciudadano y soldado, y su patriotismo le ha costado caro.
En 2005, el general Peter Pace, Presidente del Estado Mayor Conjunto, dijo a los periodistas: «Cualquier miembro del servicio de EE.UU. [en Iraq] tiene la obligada responsabilidad de, ante un caso de tratamiento inhumano, tratar de detenerlo.» Era, en otras palabras, la obligación de todo miembro del servicio de EE.UU. en la Operación Libertad Duradera en Afganistán. Es un deber que ha cumplido el soldado Manning.
¿Quién es el soldado Bradley Manning? Es un soldado de primera clase de 23 años en el ejército de EE.UU. Creció en Crescent, Oklahoma (con una población de 1.281 personas, según el último censo). Se alistó en 2007. «Básicamente estaba muy comprometido con EE.UU.», dice un amigo de su ciudad natal. «Estaba orgulloso de nuestros éxitos como país. Apreciaba nuestra libertad, pero probablemente sobre todo nuestra libertad económica. Pienso que veía a EE.UU. como una fuerza que lucha por el bien en el mundo.»
Cuando Bradley Manning partió a Iraq en octubre 2009, pensó que ayudaría al pueblo iraquí a construir una sociedad libre después de la larga pesadilla de Sadam Hussein. Lo que presenció de primera mano fue algo muy diferente.
Pronto se vio ayudando a las autoridades iraquíes a detener civiles por distribuir literatura «anti-iraquí», que resultó ser un informe de investigación sobre la corrupción financiera en su propio gobierno titulado «¿Adónde se va el dinero?» El castigo por este «crimen» en Iraq no era un tirón de orejas. El encarcelamiento y la tortura, así como el abuso sistemático de los prisioneros, están generalizados en el nuevo Iraq. De los propios informes Sigacts (Acciones Significativas) de los militares, tenemos una multitud de informes verosímiles sobre policías y soldados iraquíes que matan a prisioneros, los golpean hasta matarlos, les arrancan uñas o dientes, les cortan los dedos, les queman con ácido, les torturan con descargas eléctricas o con el método de ahogamiento, les someten a varios tipos de abuso sexual, lo que incluye el sexo anal con cañones de fusil o el obligar a los prisioneros a realizar actos sexuales con los guardias y entre ellos.
Manning tuvo razones más que fundadas para preocuparse al entregar ciudadanos iraquíes para que probablemente fueran torturados sólo por producir panfletos sobre la corrupción en un gobierno tristemente célebre por ser corrupto.
Como todo buen soldado, Manning comunicó de inmediato sus preocupaciones a la cadena de mando. ¿Y cómo reaccionaron sus superiores? Su comandante le dijo que «se callara» y que volviera a acorralar más prisioneros para que la Policía Federal Iraquí los tratara a su gusto.
Ahora, ya habéis escuchado lo que dijo el Jefe del Estado de Mayor Conjunto sobre los deberes de un soldado estadounidense si se enfrentaba a la tortura y al abuso de prisioneros. Desde que nuestro país firmó y ratificó las Convenciones de Ginebra y la Convención contra la Tortura, nuestra propia ley considera que la entrega de prisioneros a un organismo que los torture es un crimen de guerra. A pesar de ello, entre principios de 2009 y agosto del año pasado, nuestros militares entregaron miles de prisioneros a las autoridades iraquíes, sabiendo perfectamente lo que le pasaría a la mayoría.
La siguiente vez que el soldado Manning encontró pruebas de crímenes de guerra, emprendió una línea de acción diferente.
En SIPRNet (el protocolo secreto de redes de enrutado de internet) compartida por los Departamentos de Defensa y Estado, Manning encontró pronto pruebas irrefutable de posibles crímenes de guerra, incluido el ahora infame vídeo «Asesinato colateral» en el cual un helicóptero Apache estadounidense ametralló a unos 18 civiles, incluidos dos periodistas de Reuters, en una calle de Bagdad el 12 de julio de 2007. Ahora el mundo ha visto y se ha horrorizado ante este vídeo que supuestamente había estado en posesión de Reuters pero que no había sido hecho público. Se afirma que Manning lo filtró a la web delatora WikiLeaks en abril de 2010.
Manning también encontró un vídeo y un informe oficial sobre ataques aéreos estadounidenses contra la aldea de Granai en la provincia afgana de Farah (también conocidos como «la masacre de Granai»). Según el gobierno afgano, 140 civiles, incluyendo mujeres y una gran cantidad de niños, murieron en esos ataques. Se afirma que entregó ese vídeo como parte de un lote de unos 92.000 documentos militares relacionados con nuestra guerra cada vez mayor en Afganistán (que ya es la guerra más prolongada librada por nuestra nación) y Pakistán, donde la guerra se propaga continuamente. También se afirma que Manning entregó a WikiLeaks unos 392.000 documentos relacionados con la Guerra de Iraq, muchos de los cuales tienen que ver con la tortura de prisioneros, así como unos 251.000 cables del Departamento de Estado.
Ahora bien, a la hora de juzgar a Bradley Manning debéis saber que hay muchísimo en juego, pero no de la manera febril utilizada en la información que dan nuestras élites políticas y mediáticas desde prácticamente todos los periódico, canales y páginas web del país. Os pediremos, como verdadero jurado de los pares militares de Manning, que hagáis algunas preguntas sobre lo que ha estado sucediendo verdaderamente en este proceso y en este país. Después de todo, si recompensamos con puestos de jueces y columnas regulares en la prensa a los abogados del Departamento de Justicia que crearon memorandos para legalizar la tortura mientras encerramos a un soldado denunciante, la pregunta es: ¿en qué país vivimos ahora?
Este proceso no podría ser más importante ni vuestro veredicto más crucial. El honor de nuestro país es lo que está en juego con vuestra decisión. Si permitimos que la matanza aérea de civiles ocurra sin comentario o análisis, si se informa de que 92 niños mueren como resultado de un ataque aéreo estadounidense contra una aldea afgana y de que 18 civiles son asesinados a tiros en una calle de Bagdad sin que nadie asuma ningún tipo de responsabilidad excepto cuando se trata de encerrar al soldado que ha logrado que conozcamos esos hechos, quiero repetir, el honor de vuestro país y del mío están en juego y en peligro. No la seguridad de nuestro país, aunque la fiscalía pretenda otra cosa, sino el honor de nuestro país, y especialmente el honor de nuestras Fuerzas Armadas.
El soldado Bradley Manning es un soldado que ha cumplido con su deber. Y lo cumplió al pie de la letra. Ahora debéis cumplir vuestro deber como miembros de este jurado y como soldados.
Nuestras leyes sobre denunciantes protegen al soldado Manning
La fiscalía seguramente os dirá que ninguna de nuestras leyes existentes de protección de denunciantes, interpretadas limitadamente, se aplica a Bradley Manning.
Yo digo algo diferente, y lo mismo harán los expertos que llamaremos a testificar. Oiréis a la experta legal Jesselyn Radack, abogada y ex denunciante que fue purgada, castigada, y luego vindicada por sus valerosa revelación de las trasgresiones ilegales dentro del Departamento de Justicia del gobierno de Bush. La Sra. Radack os explicará por qué y cómo Bradley Manning está perfectamente protegido por nuestras leyes actuales. Después de todo, la Ley de Protección del Denunciante fue hecha para proteger a un empleado del gobierno que revela a cualquiera, incluso a un miembro de los medios noticiosos, fraude, derroche, abuso, o ilegalidad dentro y fuera de una agencia gubernamental. Esto está bien sostenido por la jurisprudencia. (Vea Horton contra el Departamento de la Armada, 66. F3d 279, 282 (Fed. Cir. 1995)] ¿No es exactamente lo que ha hecho el soldado Bradley Manning?
Es seguro que, como argumento de último recurso, la fiscalía sugerirá que WikiLeaks no es una verdadera entidad mediática del mismo tipo que el New York Times. Cualquiera de vosotros que haya obtenido noticias e información de Internet sabe lo contrario.
La fiscalía también se afanará por informaros de que la Ley Militar de Protección de Denunciantes (MWPA) no se aplica a este caso. Nosotros, sin embargo, os probaremos que la ley es aplicable con una fuerza considerable y particular al soldado Manning. En primer lugar, la MWPA no sólo permite que cada vez más funcionarios gubernamentales revelen información clasificada, sino que también amplía el campo de aplicación de los tipos de revelaciones que puede hacer un soldado. Permite expresamente revelaciones de información clasificada por miembros de las Fuerzas Armadas si tienen una «convicción razonable» de que lo que están revelando se considera una prueba de una «violación de la ley», «un abuso de autoridad», o «un peligro sustancial para la seguridad pública». En otras palabras, el propósito de la Ley Militar de Protección de Denunciantes es proteger a soldados, precisamente como el soldado Manning, que informan sobre actividades improcedentes o, en este caso, obviamente ilegales, de otro personal militar.
Ahora bien, no existe un precedente estricto, afirmará la fiscalía, de que alguna de nuestras leyes de protección de denunciantes se aplique al soldado Manning. Pero como dejaremos claro, tampoco hay un precedente contrario. Es porque nunca hemos visto una revelación por un denunciante tan masiva, vívida y horrible como ésta. Nos encontramos en territorio inexplorado. Si el lenguaje sencillo de esas leyes de protección de denunciantes no es claro, la convención legal dicta que consideremos la intención de las leyes. Evidentemente el Congreso se proponía, y la historia legislativa lo apoya, que las leyes de protección de denunciantes protegieran a los denunciantes y no, como parece pensar este Gobierno, para que fueran utilizadas para procesarlos.
El progreso de nuestro derecho consuetudinario es prudente, es gradual, es lento. Pero nuestro derecho consuetudinario no está muerto. Progresa. Es vuestro deber decidir si el derecho consuetudinario emprenderá este pequeño paso adelante en el caso del soldado Manning. Y vuestra decisión tendrá repercusiones.
Porque si condenáis a Bradley Manning, también estáis allanando el camino para juzgar y posiblemente condenar al especialista del ejército Joseph Darby, el denunciante que filtró las fotos de Abu Ghraib y que, al hacerlo, dio término a actos de tortura y abuso que avergonzaban a nuestras fuerzas armadas y a nuestra nación. Ahora bien, el especialista Darby no filtró las fotos de esa vergüenza a la cadena de mando o al inspector general del ejército, como lo prevé la ley de denunciantes. En su lugar, las filtró directamente a la División de Investigación Criminal del Ejército, y ese camino no es estrictamente el permitido por nuestra ley de denunciantes. ¿Estaba cumpliendo su deber como soldado honorable el especialista Joseph Darby al sacar a la luz la tortura y el abuso en Abu Ghraib? ¿O sólo trataba de dañar a EE.UU.? Vuestro veredicto sobre Bradley Manning podría volver a abrir ese tema y darle una nueva respuesta.
Si condenáis a Bradley Manning, estaréis también condenando potencialmente al padre del especialista del ejército Adam Winfield. En febrero de 2010, Winfield informó a su padre, Christopher Winfield, veterano de los marines, a través de Facebook, de un «Equipo de la muerte» homicida en la Base de Operación Avanzada Ramrod en la provincia Kandahar, Afganistán, que estaba asesinando civiles. El padre de Winfield trató de hacer sonar la alarma mediante llamadas telefónicas a la línea permanente para urgencias del Inspector General del Ejército, al senador Bill Nelson, e incluso a miembros de la Unidad de Comando de su hijo en Fort Lewis.
Tanto el padre como el hijo fueron más allá de los canales «apropiados» para detener el asesinato de civiles afganos inocentes. El especialista Winfield es enjuiciado actualmente por posible complicidad en los asesinatos del «equipo de la muerte», pero no se han presentado acusaciones contra su padre. Decidme, entonces: ¿Es culpable el padre de Winfield de dañar a su país porque trató de advertir al ejército sobre un «equipo de la muerte» homicida en sus filas? Os guste o no, os importe o no, es algo que decidiréis cuando juzguéis las acciones de Bradley Manning.
Las acusaciones de espionaje
Las anotaciones más estrambóticas en la exagerada hoja de acusaciones son las que se basan en la Ley de Espionaje de 1917. Después de todo, el soldado Manning es sólo el quinto estadounidense en 94 años que es acusado según esa ley arcaica por filtrar documentos del gobierno. (De los cinco, sólo uno ha sido condenado.)
Nunca se previó que la Ley de Espionaje fuera utilizada de esta manera, como un castigo adicional para ciudadanos que revelan material clasificado, y por eso el gobierno sólo la saca a relucir cuando su caso es excepcionalmente desesperado.
Para que las acusaciones según la Ley de Espionaje fueran aplicables, sería necesario que el soldado Manning haya tenido el propósito consciente (nótese esa frase crucial) de dañar a EE.UU. o ayudar a una nación extranjera con sus revelaciones. No es sorprendente, por lo tanto, que oigáis que la acusación no escatima ningún esfuerzo para presentar la publicación de esos cables como el golpe más grave para la posición de EE.UU. en el mundo desde Pearl Harbor.
Espero que toméis esto en serio. Porque, ¿dónde está la tremenda repercusión de todas esas supuestas sorpresas devastadoras en esos documentos filtrados? Meses después de la publicación de los cables del Departamento de Estado, no se ha retirado a un solo embajador estadounidense. El secretario de Defensa, Robert Gates, que controla más presupuesto y poder que la Secretaria de Estado, insiste públicamente en que esas filtraciones, los expedientes de la Guerra de Iraq, la guerra de Afganistán y los cables diplomáticos, no han causado ningún daño importante. «He oído que se describe el impacto de esas publicaciones sobre nuestra política exterior como una catástrofe, como un cambio radical, etc.,» dijo Gates. «Pienso que esas descripciones constituyen una exageración bastante significativa». ¿Una exageración bastante significativa? «Todos los demás gobiernos del mundo saben que el de EE.UU. filtra como un colador», agregó, «y lo ha hecho durante mucho tiempo».
¿Qué pasó entonces con el mayor golpe al prestigio de EE.UU. desde la Ofensiva del Tet de 1968 en Vietnam? Y hay que recordar que el Secretario de Defensa no es de ninguna manera el único funcionario que rechaza con desprecio la histeria respecto al apocalipsis de WikiLeaks. Un ex jefe de planificación política en el Departamento de Estado miró los cables, se encogió de hombros y dijo que los documentos contienen «pocas noticias», y que es «improbable que hagan daño a largo plazo». Un alto portavoz del Pentágono, el coronel David Laplan, confesó a los periodistas el pasado septiembre que no hay pruebas de que alguno de los informantes afganos nombrados en los documentos filtrados hayan sido heridos por represalias de los talibanes. Decidme, ¿dónde está el Armagedón que supuestamente desencadenó este soldado de 23 años sobre nuestro mundo estadounidense?
Por cierto, no se puede negar que algunos miembros de nuestra elite en política exterior han sido profundamente avergonzados por los cables del Departamento de Estado. Está bien. Se lo merecen.
Ese fugaz bochorno no es nada en comparación con la vergüenza que han causado a nuestro país con sus estúpidas actividades durante la última década, acciones que van de imprudentes e incompetentes a absolutamente criminales. No es ningún secreto que el prestigio de EE.UU. en el mundo ha sido gravemente dañado en estos años, pero hay que preguntarse: ¿Se debe a las recientes revelaciones de muertes de civiles y crímenes de guerra, que en su mayoría son sorprendentes sólo para los estadounidenses, en combinación con chismografía diplomática?
Os sugiero que el daño a nuestra nación, que no podría ser más real, no ha provenido de las revelaciones de un joven soldado, sino del antiguo modelo de acciones estúpidas y destructivas de nuestros líderes en política exterior. Después de todo, la invasión y ocupación de Iraq ha costado ríos de sangre. El coste de nuestras guerras actuales en el extranjero ahora oficialmente ya sobrepasa el billón de dólares (y pocos dudan de que, finalmente, el coste real llegará a varios billones de dólares). Y no hay que olvidar que la invasión de Iraq ha inspirado nuevas olas de odio y desconfianza hacia nuestro país en el extranjero, así como les ha provocado un subidón de adrenalina a los terroristas islámicos.
Sobra decir que nuestras élites políticas, militar y mediáticas no han hecho cola para aceptar la responsabilidad de esta serie de heridas auto-infligidas. Antes de que traten de culpar de una catástrofe inexistente al soldado Manning, deberían mirarse larga y seriamente al espejo y pensar en el verdadero daño que han infligido a nuestra nación, al mundo y, además, a las sobre-extendidas y totalmente desbordadas fuerzas armadas de EE.UU.
Sólo se necesita imaginación: alguien como Bradley Manning filtra documentación concluyente sobre el arsenal supuestamente letal pero inexistente de armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, la excusa para nuestra invasión de Iraq. Una revelación semejante habría avergonzado profundamente a la élite de la política exterior de Washington y, en la atmósfera de principios de 2003, los medios hubieran pedido indudablemente la cabeza de ese denunciante, tal como lo están haciendo ahora.
Una filtración semejante, sin embargo, hubiera significado un inmenso bien para nuestra nación. Cuatro mil cuatrocientos treinta y seis soldados estadounidenses no estarían muertos, y miles más no estarían mutilados, heridos, o sufriendo de síndrome de estrés post-traumático. Por lo menos, más de 100.000, y probablemente cientos de miles de civiles iraquíes seguirían en vida. Son las consecuencias de las decisiones políticas de un gobierno sigiloso que quiere que el pueblo estadounidense no sepa nada, y de medios que son incapaces o no están dispuestos a cumplir con su tarea de informar sobre los hechos reales, no sobre los sesgados por el Gobierno.
Todos tenéis la edad suficiente para haber notado que la salud de nuestra república y las reputaciones de nuestras élites gobernantes no son la misma cosa. En el mejor de los casos, se superponen. Los últimos 10 años no han sido los mejores. Esas élites nos han llevado de un desastre al otro, poniendo en peligro nuestra ya perturbada seguridad nacional, poniendo a prueba nuestras ruinosas finanzas y desgarrando nuestra reputación moral en el mundo. No tratéis de culpar al soldado Bradley Manning por el estado de cosas.
Los principios de Núremberg significan algo en nuestros tribunales
Nuestros soldados tienen un deber solemne de no obedecer órdenes ilegales, y el soldado Manning defendió ese deber. La declaración del general Peter Pace sobre el deber fundamental de un soldado de detener la tortura y el abuso de prisioneros, sean cuales sean sus órdenes, no son sólo relaciones públicas altisonantes; es la ley del país. Hace más de 50 años, el Manual de Campo del Ejército de EE.UU. 27-10 incorporó los Principios de Núremberg, entre ellos el Principio IV: «El hecho de que una persona actúe bajo las órdenes de su Gobierno o de un superior no la exime de la responsabilidad bajo las leyes internacionales, siempre que se demuestre que tenía posibilidad de actuar de otra forma».
Sigue siendo la ley de nuestro país y también de nuestras Fuerzas Armadas.
Sospecho que la fiscalía tendrá otras ideas. Os dirán que los Principios de Núremberg son formidables para discursos de apertura, pero que en realidad no significan nada en términos prácticos. Os dirán que los Principios de Núremberg sirven sólo a los «Lisa Simpson» de la industria de los derechos humanos.
Pero hay que saber que otros 400.000 soldados, vuestros, murieron en la Segunda Guerra Mundial para establecer esos principios. Sólo por ese motivo son algo que vosotros, en las Fuerzas Armadas, debéis tratar con la máxima seriedad.
Y si el juez o el fiscal os dicen que los Principios de Núremberg no significan nada en nuestros tribunales, se equivocarían radicalmente. Los tribunales han tomado en serio anteriormente los Principios de Núremberg, y lo han seguido haciendo con más ahínco en los últimos años. En 2005, por ejemplo, el juez comandante de corbeta Robert Klant tomó nota de los Principios de Núremberg en una audiencia de sentencia condenatoria para Pablo Paredes, un oficial de tercera clase de la Armada quien se negó a volver a ser enviado a Iraq y cuyo castigo fue posteriormente minimizado.
Del mismo modo, en su corte marcial en 2009, el sargento Matthis Chiroux justificó su negativa a volver a una guerra que a su juicio violaba el derecho nacional e internacional, y fue respaldado por un testimonio de un experto basado en los Principios de Núremberg. La corte marcial decidió que se diera de baja normalmente al sargento Chiroux.
Una larga lista de casos en la Corte Suprema, de Mitchell contra Harmony en 1851 hasta llegar a Little contra Barreme en 1804, estableció que los soldados tienen el deber de no obedecer órdenes ilegales. En resumen, existe constancia y es un precedente establecido que estos Principios de Núremberg han significado algo en nuestros tribunales. La vuestra no será la primera, ni será la última, corte marcial en aplicar estos principios, por los que se ha combatido y se ha vencido con sangre estadounidense.
Los denunciantes son patriotas que se sacrifican por su país
Los denunciantes que intentan rectificar las desastrosas políticas de su nación no son criminales. Son patriotas, y finalmente son reconocidos como tales. Bradley Manning no es de ninguna manera el primer estadounidense que sirve a su país de esa manera.
Hoy en día, Daniel Ellsberg es famoso por ser el filtrador de los Documentos del Pentágono, un historial interno secreto ordenado por el propio secretario de Defensa, Robert McNamara, que relató sinceramente cómo una serie de gobiernos mintió sistemáticamente a la nación sobre la planificación y continuación de la Guerra de Vietnam. La masiva filtración de esos documentos que llevó a cabo Ellsberg ayudó a terminar esa guerra y a derribar a un gobierno criminal. ¿Cómo criminal? A mitad de camino del juicio de Ellsberg en 1973, el gobierno de Nixon ofreció el puesto de director del FBI al juez que supervisaba su juicio por traición como un quid pro quo implícito, una maniobra de una corrupción tan descarada como para avergonzar a cualquier república bananera. El juez desestimó todas las acusaciones del gobierno con sobreseimiento libre y ahora Daniel Ellsberg es un héroe nacional.
Se podrá disculpar a los nacidos después de una cierta fecha por suponer que Ellsberg fue una especie de subversivo de cabellos largos, de índole «anti-estadounidense». De hecho, había sido, como Bradley Manning, un soldado modelo.
En la Escuela Básica del Cuerpo de Marines en Quantico, Virginia, Ellsberg se graduó primero en una clase de unos 1.100 tenientes. Sirvió como líder de pelotón y comandante de compañía de fusileros en la 2ª División de Infantería de Marines durante tres años, y postergó sus estudios de posgrado para poder permanecer en servicio activo con su batallón durante la Crisis de Suez en 1956 (obsérvese que la postergación de la escuela de posgrado para permanecer en el servicio militar activo es exactamente lo contrario de lo que tantos de nuestros dirigentes nacionales actuales o pasados hicieron en esas décadas). Después de cumplir con su deber de Oficial de la Reserva, Ellsberg fue dado de baja del Cuerpo como teniente primero, y al dejar las fuerzas armadas inició una distinguida carrera en el gobierno.
Daniel Ellsberg fue un marine modelo, y después un ciudadano modelo. Su valeroso acto de filtrar información clasificada fue sólo un episodio más en un historial consecuente de servicio patriótico. Cuando Ellsberg filtró los Papeles del Pentágono lo hizo por su profundo sentido del deber, sabiendo perfectamente, justo como Bradley Manning en nuestros días, que podría pasar el resto de su vida en la cárcel.
Ellsberg dice que el soldado Manning es su héroe. Es un incansable defensor del valiente soldado del ejército que nuestro gobierno mantiene incomunicado.
Los vándalos destruyen cosas sin sentir cargo de conciencia, pero los verdaderos patriotas como el ex teniente Ellsberg y el soldado Manning hacen su deber a sabiendas de que el privilegio de vivir en una sociedad libre no siempre es barato.
«Francamente y a la vista del público»: La tradición estadounidense de diplomacia
Actualmente, el propio Ellsberg es tratado, incluso por el gobierno de EE.UU., como un héroe nacional. El Departamento de Estado organizó recientemente una gira de documentales estadounidenses en el extranjero, en la que la proyección que atrajo más atención fue una cinta admirativa sobre Ellsberg y los Documentos del Pentágono. Entonces, lo apropiado es que el gobierno reconozca que Ellsberg y sus revelaciones, otrora controvertidas, forman parte integral de la tradición estadounidense.
Después de todo, las demandas de una diplomacia más abierta y transparente son tan estadounidenses como el béisbol y Hank Williams. El propio presidente en la época de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson, insistió en que se abolieran los tratados secretos como parte de sus 14 puntos para la Liga de Naciones; de hecho, es el primer punto: «Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro, sino diplomacia que siempre tenga lugar francamente y a la vista del público».
¿Cómo puede ser democrática la política exterior si las decisiones y hechos más serios –alianzas, víctimas fatales, evaluaciones de los dirigentes y gobiernos que financiamos con nuestros impuestos son mantenidos como secretos oficiales? La «Enmienda Bricker» fue un intento de los republicanos en el Congreso en los años cincuenta para que la aprobación del Senado fuera necesaria para que EE.UU. pudiera aprobar tratados, en gran parte para abrir el debate público respecto a los asuntos exteriores. El difunto senador Daniel Patrick Moynihan, un demócrata que sirvió como representante ante la ONU para el presidente republicano Richard Nixon, también fue un crítico severo del secreto gubernamental y de la acostumbrada sobre-clasificación de documentos estatales. Esos estadistas estadounidenses sabían que si la política exterior es elaborada en secreto, sin el oxígeno y la luz solar de un vigoroso debate público, llevarán al desastre y a la disfunción.
Durante los últimos diez años, hemos sufrido el mismo desastre y la misma disfunción que nuestra política exterior. Nuestros dirigentes nos han sumido en un mundo oscuro de secreto y mentiras. Decidme: ¿Es por culpa del soldado Bradley Manning?
Quisiera ser claro al terminar esta declaración inicial: a pesar de todas las complejidades representadas por este caso, vuestra tarea resultará ser en última instancia simple y básica. Es vuestra tarea no permitir que nuestros dirigentes, o la fiscalía, culpen al soldado Manning por la horrenda situación en la que se ha puesto a este país. Confío en que lo veréis como el patriota que es, un joven con una fibra moral cuyo objetivo no fue la exaltación de su propia persona o su beneficio o siquiera la atención y la gloria. Su afán fue alumbrar con una luz brillante la malevolencia en su propio país y, de esa manera, llevarlo, llevarnos a nosotros, de vuelta a nuestras tradiciones nacionales más nobles.
El que ha sacrificado mucho para restaurar el vigor de la ley y un nivel mínimo de control público sobre la política exterior y militar de EE.UU. es el sargento Manning. «Francamente y a la vista del público»: otrora era considerada una descripción razonable del carácter estadounidense, algo que nos diferenciaba del Imperio Austro-Húngaro, de la Prusia de Otto von Bismarck, o del Japón Imperial. En vuestro veredicto sobre el soldado Manning decidiréis si nuestro gobierno tiene la responsabilidad de conducir francamente y a la vista del público sus asuntos en 2011 y en el futuro.
Como soldados, sabéis perfectamente que la mayoría de los estadounidenses se han aislado de los desastres de política exterior de la última década. Incluso cuando gastamos un billón de dólares en guerras en el extranjero, nuestros impuestos son se reducen. Si ganáis buen dinero, lo más probable es que no sea para vuestros hijos, nietos, hermanos, o hermanas que están combatiendo, matando, y muriendo en nuestras guerras en el extranjero. La mayoría de los estadounidenses, gracias en parte a los medios noticiosos, tiene poca idea de lo que vosotros y vuestros pares han vivido, el peso que habéis llevado a cuestas.
Eso no vale para el soldado Bradley Manning. Se vio cara a cara con este desastre. Vio, y participó en las redadas de civiles iraquíes para que fueran torturados por su propia fuerza nacional de policía. Decidme honestamente: ¿Fue eso lo que debía lograr la Operación Libertad Iraquí? ¿Es éste el motivo por el cual vosotros, su jurado de pares, os alistasteis en las fuerzas armadas?
El sargento Manning vio esta miseria y flagrante ilegalidad con sus propios ojos, y entonces, en internet, descubrió más de lo mismo, más, mucho más, e hizo algo al respecto, con plena consciencia del castigo. «No me importaría tanto ir a la cárcel por el resto de mi vida, o ser ejecutado, como la posibilidad de ver mis fotos […] empapelando toda la prensa del mundo», confió al informante que lo traicionó. Manning sabía lo que estaba en juego y los riesgos que corría cuando filtró esos documentos, pero a pesar de todo cumplió lealmente con su deber, tanto hacia el ejército de EE.UU. como hacia su país.
Como ha testificado uno de los amigos de infancia de Manning de Crescent, Oklahoma: «Quería servir a su país». Ahora debéis decidir si lo hizo.
Tenéis un deber como jurado plenamente informado de ciudadanos libres. No sois una colección de sellos de goma sacados del cajón del escritorio de un juez. Sois tan importantes como parte de este tribunal, como el juez, el fiscal, y el propio acusado.
Sea cual sea vuestro veredicto, no os veréis ante las consecuencias que ya sufre Bradley Manning, pero vuestro fallo tendrá grandes consecuencias, no sólo para él, sino para el honor y futuro del país al que habéis jurado servir.
Ahora, id y cumplid con vuestro deber.
Chase Madar es abogado en Nueva York y miembro del National Lawyers Guild. Escribe para TomDispatch, la revista American Conservative, Le Monde Diplomatique, y London Review of Books.

Fuente: www.rebelion.org

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