martes, 26 de abril de 2011

¿Por qué somos así? 2: Viaje en coche de línea.

Aquí llamamos coches de línea al transporte público. Aunque puede que no sea exactamente lo mismo (creemos que alguna vez ya dijimos que aquí casi todo es fraudulento; nombres vacíos), por lo que precisando un poco, diremos que los coches de línea son aquellos que transportan pasajeros y carga de una localidad grande (solemos hacer el esfuerzo de no decir ciudades, para no ahondar en la confusión) a otra, o de las localidades grandes a los poblados.
Estos vehículos pueden ser turismos, camionetas, furgonetas, autocares o autobuses. Sin no nos falla la memoria, hasta hace unas semanas, no había autobuses (al menos, en la Región Continental) prestando este servicio.
Aquí gustamos de la libertad, por eso, los vehículos que realizan este trabajo no están sujetos a ningún tipo de reglas. Los coches pueden ser nuevos o dignos de yacer en una chatarrería; pueden viajar un cerdo vivo al lado de un pasajero sentado sobre racimos de plátanos, da igual; lo único que importa es la voluntad del propietario del vehículo a prestar estos servicios y la del cliente a resignarse ante tales delicadezas.
Pues, hace unos días, las circunstancias nos condenaron a viajar en coche de línea. Aquella experiencia es la responsable de estas líneas. Para empezar, la estación, como decimos aquí, no constituye ningún tipo de construcción. Se trata de una zona aledaña al mercado (generalmente) donde se ha convenido que carguen y descarguen los coches de línea (en plena calle). Si bien es cierto que en una determinada localidad hay una especie de andén cubierto y al lado una fila de asientos en una especie de sala de espera. Como decíamos, lo de la estación se limita al nombre (de ahí, el fraude del que hablábamos), por lo que ahí no se ofrece ningún tipo de servicio: no existen horarios de salidas y llegadas, ni rutas, ni información de ningún tipo (al menos, escrita), ni establecimiento para hacer amena la espera; un lugar donde tomar un refresco o un helado (que aquí hace un calor de muerte).
¿Y cómo se funciona? Muy sencillo: uno se acerca a la “estación” y pregunta a cualquiera que encuentre por ahí si hay algún coche próximo a salir hacia su destino (el del que quiere viajar). Si lo hay, uno se acerca a donde se compra el billete. Hay “compañías” que entregan una especie de boleto, otras se limitan a apuntarte en la lista de pasajeros y, algunas, ni lo uno ni lo otro (supongo que lo anotan en su cabeza). Así, hasta que no esté lleno el coche o que el conductor desista de su intención de llenarlo, éste no sale. A veces, por falta de pasajeros, al final, el coche no parte y devuelven el dinero a los que ya habían pagado su plaza. Si hay muchos pasajeros, el conductor da gracias a Dios, pues, eso supone que ha tenido suerte, ya que podrá sobrecargar el vehículo: en una línea de cinco asientos, por ejemplo, mete siete pasajeros (o más); y cuando los asientos ya estén a rebosar, deja a unos cuantos pasajeros de pie en el pasillo; eso en viajes de hasta más de 220 km. Dicen que el dinero resultante de esta sobrecarga va directo al bolsillo del conductor (y un poco alde su ayudante), ya que al propietario del vehículo sólo le llevan lo correspondiente al aforo legal del aparato. Pero no es que el conductor le robe a su patrón a costa de los viajeros, no. Veamos, el conductor cobra un salario deficiente (que no le da para vivir), y resulta que su jefe se lo asigna porque sabe que él (el conductor) va a sobrecargar el vehículo y disponer de ingresos extra. Así cerramos el círculo vicioso: sobrecarga el coche porque le pagan poco y le pagan poco porque sobrecarga el coche. Y ¿qué dicen los viajeros o la autoridad? No les parece de su incumbencia.
Durante la trayectoria, el conductor se toma ciertas libertades, por ejemplo, parar a su capricho. Y luego, no sé si para recuperar el tiempo perdido, viajar a más de 160 km/h (en carreteras repletas de curvas y con una anchura poco generosa) y realizar adelantamientos peligrosos a todo lo que se le ponga por delante (camiones incluidos).
Para acabar definitivamente con la paciencia de los pasajeros están las barreras. Las barreras son unas especies de controles militares diseminadas por todo el suelo patrio. En trayectos de unos 220 km, existen por lo menos seis de éstas. En algunas se pasa “tranquilamente”, pero en otras, se tiene que apear del coche y responder a preguntas como: ¿guineano? ¡Nombre y apellidos! ¿Para dónde?
Echo de menos una estación de autobuses con sus andenes, su sala de espera, su cafetería; información sobre salidas y llegadas, horarios, rutas; ocupar un asiento solo durante todo el trayecto. También echo de menos las reglas sobre el estado de los vehículos que realizan el transporte y sobre las condiciones en que han de viajar los pasajeros, etc.

21 de abril de 2011

EYI Nguema Mengue
Arquitecto Técnico
Vive y trabaja en Guinea Ecuatorial.

 

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