viernes, 30 de septiembre de 2011

CONCEPCION ARENAL.

Las virtudes de esta mujer excepcional son muchas: su sinceridad, su curiosidad intelectual, su amplitud de miras, su elegancia espiritual, su elevación moral y su generosidad sin límites.

Se preocupó de los asuntos sociales en un tiempo que no era habitual hacerlo y lo hizo con sentido práctico. Era partidaria de reformas pacíficas conseguidas a través de la buena voluntad. La Política le parecía un terreno poco limpio moralmente, pero siempre se mantuvo firme para denunciar cualquier abuso y poner de relieve la pobreza, la injusticia, las desigualdades y la ignorancia, siendo la compasión ante el dolor humano, el punto de partida de todos sus estudios.

Defendió la educación como el camino que permite la plena integración a las personas, especialmente a las mujeres, ya que la ausencia de ésta limita a la mujer, empobrece su mundo, la hace vulnerable moralmente.

Luchó por una Ley de enseñanza obligatoria, como justa y legítima  “El peligro no está en saber, sino en ignorar”.

Nació en el Ferrol  el 31 de enero de 1820, en una modesta casa del barrio Ferrol Vello. Su padre, Angel Arenal, militar, intervino en la guerra de la independencia nacional  y secundó la rebelión de las guarniciones de Galicia. En 1827 le fue abierto un expediente militar por sus ideas liberales. Su madre, María Concepción de Ponte, hermana del Conde de Vigo, proporcionó a sus hijas una educación religiosa.

Cuando fallece su padre, Concepción, que entonces tenía 8 años, se traslada junto a su madre y dos hermanas a casa de su abuela paterna en la aldea de Armaño en Santander. Un año después muere su hermana pequeña, Luisa. Con el apoyo de un pariente, la familia se desplaza a Madrid, en 1834. Concepción tenía quince años. Se inscribe en un colegio de señoritas y al finalizar éste y contra la voluntad de su madre, con la que no tenía muy buena relación, se matricula en la Facultad de Derecho como oyente clandestina, pues acude vestida de hombre para no llamar la atención, aunque del dato relativo a su vestimenta no existen pruebas documentales. En aquellos años la Universidad estaba vetada para las mujeres.

Es en la Universidad donde conoce a su marido, el abogado y escritor Fernando García Carrasco. El traje masculino que usaba le permitió acompañarlo a las tertulias políticas y literarias de los cafés, compartiendo con él ideales politicos y sociales, a la vez que colaboran en diversas publicaciones, entre ellas el periódico liberal La Iberia.

Se casaron en Oviedo 1848, cuando Concepción terminó la carrera. Tuvieron tres hijos. La menor, una niña, falleció prematuramente. Cuentan que el traje de novia que llevaba era prestado por la hermana política del expresidente del Consejo de Ministros, Salustiano Olórzaga.

En las biografías se destaca el profundo cariño que unía a la pareja, que quedó rota en 1857 cuando muere Fernando de tuberculosis, dejando a Concepción sola, con dos hijos y sin recursos. Concepción y Fernando vivian de sus publicaciones en La Iberia. Ella al enviudar intentó seguir manteniéndolas, sin éxito. A mediados de 1857, cuando ya no pudo seguir viviendo en Madrid, como casi treinta años antes le sucediera a su madre, se vió obligada a instalarse junto con sus dos hijos en casa de los suegros en Colloto, Oviedo. Posteriormente vende sus propiedades de Armaño a sus tios y se traslada a Potes, a una casa que le alquila la madre de su gran amigo el violinista Jesús del Monasterio.

En 1959 funda el Grupo Femenino de las Conferencias de San Vicente Paul. Animada por Jesús de Monasterio, activista católico, Concepción Arenal organiza una conferencia sólo para mujeres. Para crear una conferencia no hacían falta más que tres personas con voluntad de adoptar unos pobres o enfermos a los que visitar en sus casas periódicamente para aliviarles sufrimientos y entregarles limosnas. A finales de 1860 ya había establecidas por España setenta conferencias que habían realizado 400.000 visitas a los pobres.

Concepción Arenal, que a base de ver desgracias ajenas consiguió superar las propias, escribe en 1860 el Manual de 'El visitador del pobre' que presentó a concurso. La Real Academia de Ciencias Morales y Políticas premió en junio de 1861 su memoria La beneficencia, la filantropía y la caridad, por su claridad doctrinal: «La Beneficencia manda al enfermo una camilla; la Filantropía se acerca a él; la Caridad le da la mano» «Beneficencia es la compasión oficial que ampara al desvalido por un sentimiento de orden y de justicia; Filantropía es la compasión, filosófica, que auxilia al desdichado por amor a la humanidad, y la conciencia de su dignidad y de su derecho; Caridad es la compasión cristiana que acude al menesteroso por amor de Dios y del prójimo.».

Era la primera vez que una mujer recibía un premio de esa institución, al que se presentó, también disfrazada de hombre, haciendo figurar el nombre de su hijo de diez años en el correspondiente pliego cerrado.

En 1863 recibe el nombramiento de visitadora de prisiones de mujeres, con destino en La Coruña, cargo que incluía derecho a vivienda y se traslada de Potes a la Coruña. Ostentó el cargo hasta 1865. Autores de la época la recuerdan con su sencillo vestido negro a la inglesa, incansable en la visita y el consuelo de presos, enfermos y necesitados.

En 1868, es nombrada Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres, y tres años después, en 1871, comienza a colaborar con la revista La Voz de la Caridad, de Madrid, en la que escribe durante catorce años sobre las miserias del mundo que la rodea y en la que llego a escribir casi medio millar de artículos y las famosas “Cartas a un obrero”.

En 1872 interviene en la creación de «La Constructora Benéfica», una sociedad que se dedica a la construcción de casas baratas para obreros a partir de un donativo de la condesa Kransinski. Colabora en la organización de la Cruz Roja y durante la guerra carlista, dirige un hospital de sangre. Recibe el encargo de redactar una ley de Beneficencia. Sin embargo, sus desencuentros con el gobierno son cada vez más profundos.

Cansada y enferma, se establece en Gijón en 1875 donde su hijo trabaja como ingeniero de las obras del puerto. Sigue escribiendo y continúa siempre entregada a su labor asistencial, presentándose en 1876 al certamen literario convocado en Orense para conmemorar el segundo centenario del natalicio de Feijoo, pero tras consulta con el Claustro de la Universidad de Oviedo, el premio al mejor estudio crítico sobre las obras del gran benedictino es concedido a Emilia Pardo Bazán.

Siguiendo los traslados de su familia, se establece en Pontevedra, y más adelante en Vigo, donde muere el 4 de febrero de 1893. Su epitafio el lema que la acompañó durante toda su vida: A la virtud, a una vida, a la ciencia”.

Cuentan que en su lecho de muerte suplicó a una monjita que no volviera a recitarle unos versos muy piadosos sobre la resignación cristiana, con la promesa de que si sanaba ya le compondría ella  “otros más bonitos con el mismo asunto”

Texto: © María Torres
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