martes, 28 de febrero de 2012

ISABEL OYARZÁBAL SMITH (Isabel de Palencia)


“Yo no puedo olvidar que al salir de Noruega, en el barco, siguiendo una costumbre tradicional nos entregaron unas cintas de diversos colores, serpentinas, que los pasajeros arrojábamos a los que nos despedían desde el muelle. Cuando yo lancé todas las cintas, vi que se me quedaban en las manos los extremos de tres solamente, que me unían a la tierra que dejaba: rojas, amarillas y moradas y siempre he considerado que aquello fue como una revelación profética, de que los españoles al abandonar Europa seguíamos ligado a nuestro país por la bandera republicana.”

El 23 de octubre de 1936 un decreto del Ministerio de Estado nombraba a la escritora malagueña Isabel de Oyarzabal, Ministro Plenipotenciario de la legación de Estocolmo. Por primera vez recaía sobre una mujer española este nombramiento. El anterior embajador, Alfonso Fiscowich, se resistió a ser sustituido por una mujer y además “roja”. De su estancia en Estocolmo, Isabel recordará siempre aquella recepción del personal diplomático en las navidades de 1938, en la que el rey Gustavo V levantó su copa para brindar por la “representante de la heroica República Española”. Allí conoció también a la escritora americana Pearl Sydenstricker Buck que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1938 y que dedicó palabras de afecto a la España republicana.

Periodista, novelista, dramaturga, traductora, actriz de teatro, folclorista, política y diplomática, Isabel Oyarzabal Smith, también conocida como Isabel de Palencia, nació en Málaga el 12 de junio de 1878, en una familia de clase acomodada y donde la madre, escocesa, influyó en la trayectoria cosmopolita de Isabel. Su padre era malagueño de ascendencia vasca, conservador aunque tolerante. A Isabel la conciencia de clase se le despertó a una edad muy temprana. Alumna de las monjas de la Asunción, daba clases en la «escuela de las niñas pobres», hijas de las familias que vivían en las barracas del monte Gibralfaro. A cambio, los padres debían asistir a misa para corresponder a este servicio y a las ayudas de víveres y ropas que la burguesía les proporcionaba. Este chantaje no es admitido por Isabel y así se lo hace saber a su padre.

En 1905 conoce a Ceferino Palencia Álvarez, crítico de arte e hijo de la actriz María Tubau, con quien se casa en 1909. Tuvieron dos hijos. Debuta como actriz en Madrid en la obra Pepita Tudó, escrita por su marido. En esa etapa también trabaja para la agencia de noticias londinense Laffan News Bureau y para el periódico inglés The Estándar.

En su obra autobiográfica I Must Have Liberty (1940), Isabel declara que empezó a escribir «para pasar el tiempo». Sin embargo, sus inquietudes, sobre todo en lo concerniente a la escasa educación lectora en las mujeres, le impulsó a crear junto a su hermana Anita la revista La Dama, cuyo primer número salió en diciembre de 1908. Comienza a escribir en diversas revistas españolas El Heraldo, Nuevo Mundo, Blanco y Negro y La Esfera. Isabel firmaba esos días sus colaboraciones con el apellido de su esposo —Ceferino Palencia— y fue requerida, en 1915, para formar parte del grupo de mujeres intelectuales que lucharon por el derecho al sufragio en España. En ese momento se sentía presionada por sus problemas familiares y no aceptó, aunque más tarde, en 1926, se asoció en el Lyceum Club y fue nombrada miembro de la Junta Directiva de esta asociación junto a Victoria Kent.

Se afilia a la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME) y 1920 participa como delegada al Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer celebrado en Ginebra. Su sección del diario El Sol -Crónicas Femeninas-, la firma como Beatriz Galindo, seudónimo que también utilizaría en algunas de sus obras y colaboraciones, como en el diario La Voz.

Isabel fue abriéndose poco a poco a las inquietudes sociales y políticas promovidas desde la izquierda republicana española y a finales de 1920 su participación en la vida política es plena. En 1929 preside la Liga Femenina Española por la Paz y la Libertad y se especializa en Derecho Internacional. Fue la única mujer que formó parte de la Comisión Permanente de la Esclavitud en las Naciones Unidas. En 1930, consiguió entrar en la cárcel y fotografiar al Comité Revolucionario Republicano. Sus fotografías se publicaron en el Daily Herald de Londres. En 1931 su candidatura aparece en las listas del Partido Socialista y es nombrada Consejera Gubernamental de la XV Conferencia Internacional del Trabajo (Ginebra, 1931), vocal del Consejo del Patronato del Instituto de Reeducación Profesional y delegada en la Sociedad de Naciones. Se dedica al estudio del derecho internacional y laboral y en 1933 se convierte en la primera mujer inspectora de fábricas en España. Actuó como ministra plenipotenciaria (hecho insólito para una mujer) en nombre de la República, en el seno de las Naciones Unidas y, asimismo, se implicó en el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo. En 1935 asistió, en Ginebra, como representante de los trabajadores a la Conferencia Internacional del Trabajo.

Declarada la guerra en 1936, pasó a formar parte de la Comisión de Auxilio Femenino. Sin duda alguna, el hecho de hablar perfectamente inglés le abrió las puertas de la política internacional a Isabel y así uno de los días más amargos y complicados de su trabajo es el 18 de julio de 1936, cuando los acontecimientos la convierten en corresponsal de guerra en Europa, pero también en portavoz de la España republicana en diferentes foros internacionales —entre octubre y diciembre de 1936 recorrió Estados Unidos, donde dio más de cuarenta conferencias y mítines para recabar fondos en nombre de la República—. El colofón a su carrera política culmina en octubre de 1936, cuando el Gobierno la nombra embajadora con destino en la legación de España en Estocolmo, donde permaneció hasta el inicio de 1939, fecha en que salió rumbo a América con su familia para instalarse en México.

Durante su largo exilio mexicano, Isabel Oyarzabal vivió de sus colaboraciones periodísticas en periódicos mexicanos y en los fundados por los republicanos españoles, entre ellos: España peregrina, Romance y Las Españas. Realizó numerosas traducciones del inglés de autores como Jane Austen, George Elliot y Sir Arthur Conan Doyle, entre otros. Además, se refugió en la escritura de la memoria, como tantos peregrinos de la España imposible. La autobiografía de Isabel Oyarzabal, I Must have Liberty aparece en 1940, en lengua inglesa. Le sigue otro libro: The Life of Alexandra Kollontay, la embajadora de la Unión Soviética, con la que coincidió en Suecia y una tercera obra también en lengua inglesa: Smouldering Freedom (The Story of the Spanish Republicans in Exile), publicada en 1945, la cual relata la tragedia de los perdedores republicanos, tanto de los que se exiliaron en Europa y América como de los que se quedaron en España.

Su autobiografía I Must Have Liberty (1940), tiene una característica única, la sinceridad, como señala uno de sus comentaristas: “Nada se nos oculta de esa vida; ni las penurias materiales salvadas a fuerza de sacrificios y de trabajo, ni los fracasos sentimentales de la vida familiar. Ante el lector van desfilando vivamente descritos diferentes medios de la vida española: el de la burguesía provinciana de Málaga, y ya en Madrid, el teatral, donde se inició en la profesión de actriz, el periodístico, el literario, el político, el de la Sociedad de Naciones y finalmente el diplomático que ella inició como embajadora en la Corte de Suecia”.

Con 81 años aparece su novela En mi hambre mando yo (1959), en la que se relatan trágicos episodios acontecidos en Madrid y en Málaga durante la Guerra Civil y cuyo título corresponde a la frase pronunciada por un jornalero andaluz, al pretender un cacique comprarle el voto.
 
La vida de Isabel, casi un siglo de existencia marcado por terribles acontecimientos, de los cuales supo sobreponerse con dignidad por medio del trabajo, hasta el punto de ser considerada, hoy día, como un ejemplo admirable de entereza, entrega, solidaridad y compañerismo. Su vida y su obra estuvieron dedicadas al compromiso político, a la defensa de los oprimidos y marginados, a la lucha por las libertades, sabiendo combinar, con gran inteligencia, su mentalidad liberal y su fe católica.

Murió en México en 1974, a los 96 años. A pesar de su inmenso deseo, nunca regresó a España, con la que siempre soñó en su largo exilio. “Hasta el modo de hablar de los mexicanos me hacía recordar mi pueblo, porque no usan la más pura, pero más áspera, pronunciación de los castellanos. Cecean suavemente como los andaluces”.

Durante todos los años que permaneció en su exilio conservó como un talismán las tres cintas con los colores de la bandera republicana,  que quedaron prendidas de sus manos cuando embarcó en el puerto noruego que la llevaba a su destino de exiliada, junto a tantos españoles.


Texto: © María Torres



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