viernes, 27 de abril de 2012

NEUS CATALÁ PALLEJÁ


La República conquistó para la sociedad española una serie de libertades y mejoras sociales para todos pero, sobre todo, para las mujeres. Todo ello acabó bruscamente en 1.939 cuando miles de españoles se vieron obligados a exiliarse a Francia, huyendo de las represalias de las tropas franquistas. Mal recibidos en Francia, la mayoría de refugiados españoles, no tuvieron más opción que unirse a la Resistencia francesa y luchar por su libertad contra los alemanes.

Muchas mujeres fueron detenidas, torturadas y enviadas al campo de concentración de Ravensbrück, donde casi todas fueron asesinadas y luego, olvidadas. Neus Català representa a todo este colectivo de mujeres con una diferencia, que ella consiguió regresar y, desde entonces, inició una lucha para que el terrible sufrimiento de sus compañeras no cayera en el olvido.

Neus nació el 7 de octubre de 1.915 en Els Guiamets (Tarragona). Sus padres, Baltasar y Rosa eran campesinos. Neus ayudaba a sus padres y asistió a la escuela. Adoraba a su padre, con quien compartió su pasión por el teatro.

Organizó las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (JSUC) y fue miembro fundador del PSUC. Al producirse el intento de golpe de Estado que desembocó en la Guerra Civil, Neus se convirtió en delegada comarcal de las Juventudes Socialistas Unificadas de Catalunya (JSUC). Al año siguiente se trasladó a Barcelona donde realizó estudios para diplomarse en enfermería.

Al final de la Guerra Civil, el 8 de febrero de 1939 cruzó la frontera con Francia con 180 niños huérfanos de la colonia Las Acacias de Premià de Dal. Los franceses acogieron con total desgana a los 500.000 refugiados de la República y los encerró en diversos campos (Argellés, Barcarés, Saint Cyprien, Agde, Colliure, Gurs, Septfonds). Esta situación se mantuvo hasta la invasión de Francia por parte de las tropas alemanas.

Neus se unió a la Resistencia y como a la mayor parte de las mujeres, se le encomendaron funciones de enlace. Junto con su primer marido, Albert Roger, fallecido durante la deportación, participó en actividades de la Resistencia francesa y llegó a ser enlace interregional con seis provincias a su cargo. Su casa era un punto clave donde escondía a guerrilleros españoles y franceses y a antiguos combatientes de las Brigadas Internacionales. Centralizaba la transmisión de mensajes, documentación y armas. Hasta que fueron denunciados a los nazis el 11 de noviembre de 1.943, por un farmacéutico de Sarlat. Fueron detenidos, junto con tres guerrilleros más por la Gestapo. Sufrió su primer interrogatorio a punta de pistola en cada sien y fue conducida a la cárcel de Limoges, en cuya komandatur recibió una gran paliza. Fueron dos largos meses y la última vez que vio a su marido. Albert Roger nunca regresó de Bergen-Belsen.

Paso meses detenida en cárceles francesas (Dordonya, Limoges y Compiège), donde fue interrogada y torturada, y más tarde fue llevada al campo de concentración de Ravensbrück, a bordo de un tren de ganado en condiciones infectas donde llegó el 3 de febrero de 1.944 junto a otras 1.000 mujeres ("El Convoy de las 27.000"). El recuerdo de aquellos vagones quedó imborrable en todos, hombres y mujeres. En su interior la situación era insostenible, imperaba el miedo: “Mil mujeres, muchos vagones y cuatro días de viaje sin parar, sin higiene, sin aire para respirar, sin saber qué sería de nosotras. No teníamos sitio para sentarnos, nos apañábamos, poníamos espalda contra espalda como podíamos. Éramos 90 o más en cada vagón con un cubo de basura en medio para hacer nuestras necesidades y que con el traqueteo se volcaba. Olía muy mal. Algunas salieron muertas ese 3 de febrero de 1944, cuando desembarcamos en Ravensbrück”.

Allí comenzó el ritual del terror que todas recuerdan. Duchas de “desinfección”, pelo rapado al cero, inspección de todos los rincones del cuerpo, el traje de rayas y un número. El de Neus: 27.532. Antes que nada, eran encerradas para pasar la cuarentena, momento en que vio morir a varias compañeras. Una de las situaciones más humillantes para las mujeres era el exhaustivo control ginecológico, efectuado en condiciones vergonzosas y antihigiénicas. Con el mismo utensilio eran inspeccionadas todas las presas. “A todo mi grupo nos pusieron una inyección para eliminarnos la menstruación con la excusa de que seríamos más productivas. Ocurrió en 1944; no la volví a tener hasta 1951″.

Las embarazadas tenían pocas o ninguna esperanza de sobrevivir. “Se salvaron muy pocas; los bebés nacidos eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, o los tiraban contra un muro o los descoyuntaban. Ellas agonizaban por las malas condiciones higiénicas del parto o se volvían locas por la impotencia de presenciar tales asesinatos”.
 
Aun así, y aunque parezca imposible, consiguió robar algunas risas a sus compañeras. El domingo era el día destinado al despioje y, por la tarde, al ocio. Neus procuraba distraer a las demás, contar chistes, leer, “lo que fuera, con tal de no dejarse llevar por el abatimiento”. “También recuerdo que al principio me dieron unos zapatos del 43 cuando yo calzo un 36, y claro, al ser tan largos, hacía la broma de ser Charlot. Así que le imitaba y nos reíamos un poco”.


Una noche irrumpió de repente en su barracón un grupo de Aufseherinen con sus perros ladrando. Llamaron a gritos a varias mujeres, siempre por su número; entre ellas, a Neus. Las presas se despidieron con nerviosismo pensando que era su último adiós, que se trataba de una selección para la cámara de gas. Sin embargo, fueron introducidas en un tren y tras varios días de viaje llegaron a Holleischen, en Checoslovaquia, un pequeño campo dependiente de otro central de hombres, Flossenbürg. Allí fue destinada a trabajar en la industria armamentística nazi.

Día y noche se fabricaban armas, obuses, balas, sin parar. “Mientras podías producir, te perdonaban la vida”. En este lugar recibieron un peculiar nombre: el Comando Faul, de las holgazanas, denominadas así por su baja producción de armas. Cada equipo debía fabricar series de 10.000 piezas cuyo funcionamiento correcto se probaba. “En las balas escupíamos o poníamos aceite, porque cualquier cosa mezclada con la pólvora las inutilizaba. No parábamos de escupir. Escupir y ¡sabotear, sabotear, sabotear! En nueve meses en nuestro comando la producción bajó de 10.000 piezas a la mitad. Dejamos 10 millones de balas inutilizadas”.

El día de la liberación las encerraron en el barracón y minaron el campo para hacerlo saltar en pedazos a las doce en punto. “Bloquearon las puertas con barras de hierro y vimos que se escapaban las SS. Por la ventana observamos un frente de fuego enorme y supimos que algo pasaba. ‘¡Están entrando los rusos en Praga, estamos salvadas!”.

Dos años más tarde conoció al que fue su segundo esposo en una casa de reposo; con él tuvo a sus dos hijos. Natural de un pueblo de Segovia, Juarros del Río Moros, fue comisario general de las guerrillas españolas.

Años después de la liberación, Neus tuvo el coraje y casi atrevimiento de llamar a la puerta de antiguas compañeras deportadas para entrevistarlas, escribir su testimonio y darlo a conocer a la humanidad. Algunas no quisieron hablar, pero ella no se dio por vencida y persistió. Así consiguió editar el libro De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres españolas, que publicó casi cuarenta años después. La herida aún estaba muy abierta
.
En 1962 A raíz del peregrinaje al campo de Ravensbrück para conmemorar el 60º Aniversario de la liberación, se constituyó “Amical de Ravensbrück”, con el objetivo de dar continuar la gran tarea realizada por Neus y para mantener vivo el recuerdo de las 92.000 mujeres asesinadas en el Campo. Tuvieron que transcurrir 10 años hasta que las mujeres, hombres y criaturas que murieron y sufrieron en Ravensbrück tuvieran un reconocimiento oficial de su país encarnado en la figura de Neus Català única superviviente de este campo.

Como premio a su labor, en 2.005 la Generalitat de Catalunya le concedió la CREU DE SANT JORDI y, al año siguiente, fue elegida "Catalana del Año".
 
En la actualidad, a sus 95 años, reside en Rubí (Barcelona). Es una mujer fuerte, de carácter enérgico y rebelde, que sobrevivió por su dureza y su buen humor. Ella asegura que fue cuestión de suerte y tener un espíritu fuerte.

Ravensbrück: el puente de los cuervos. Siniestro nombre para el campo de concentración alemán donde estuvieron presas unas 132.000 mujeres de 40 países. Entre ellas, 400 españolas, de las que ya casi no quedan supervivientes. En el pueblo prusiano de Ravensbrück, cerca de Fürstenberg, las SS hicieron construir en 1939 el mayor campo de concentración de mujeres en territorio alemán. En la primavera de 1939 se trasladaron las primeras prisioneras del campo de concentración de Lichtenburg a Ravensbrück. En abril de 1941 se incorporó un campo de hombres, que también se encontraba bajo las órdenes del comandante del campo de mujeres. En junio de 1942 se añadió al recinto el llamado «Campo preventivo de menores de Uckermark» para mujeres jóvenes y niñas.
 
Entre los años 1939 y 1945 ingresaron como prisioneros aproximadamente 132.000 mujeres y niños, 20.000 hombres y 1.000 chicas adolescentes.

Los deportados a Ravensbrück procedían de más de 40 naciones, entre ellos hubo judías y judíos, así como gitanos Sinti y Roma. Decenas de miles fueron asesinados, murieron de hambre, enfermedades o a causa de experimentos médicos. A fi nales de 1944, las SS instalaron una cámara de gas provisional en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück, en un barracón al lado del crematorio. Allí, entre finales de enero y abril de 1945, las SS asfi xiaron con gas entre 5.000 y 6.000 prisioneros.

Poco antes del final de la guerra, la Cruz Roja Internacional, la Cruz Roja Sueca y la Cruz Roja Danesa evacuaron a unos 7.500 prisioneros a Suecia, Suiza y Francia. A causa de una orden de evacuación de Himmler, el comandante del campo Fritz Suhren ordenó hacer avanzar a pie a los más de 20.000 prisioneros que aún quedaban en el campo en varias columnas de marcha en dirección noroeste. El 30 de abril de 1945, el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Ravensbrück con los cerca de 2.000 enfermos que habían sido abandonados allí.

Con la liberación no se acabó el sufrimiento para una gran parte de las mujeres, los hombres y los niños. Muchos de ellos morirían semanas, meses o años después, y los supervivientes sufrirían las secuelas de su reclusión en el campo de concentración incluso décadas después de su liberación.


Texto: © María Torres




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