martes, 19 de junio de 2012

Asomándonos al abismo de la intervención


En un brillante artículo en las páginas de opinión de este diario, Gonzalo Bareño lo explica con total claridad: el rescate es un desastre para España y querer negarlo es hacer el ridículo. Solo el mal de altura que ataca a los presidentes, y que les impide ver una realidad que es evidente para todos los demás, explica el esperpéntico comportamiento de Rajoy el sábado 9 de junio, una fecha que pasará a nuestra historia.
Porque lo que le ocurrió ese día a la economía española, por mucho que se quiera disimular con absurdos relatos, es un desastre que va a tener consecuencias muy negativas para la economía y, sobre todo para la sociedad española. Porque ese día el Gobierno reconoció el fracaso de sus dos intentos de reforma financiera, reconoció que una parte relevante de las entidades del país están en quiebra y, al mismo tiempo, asumió su incapacidad para abordar con nuestros propios recursos su saneamiento. Más aún, como el que paga manda, ese fatídico día el Gobierno renunció de forma explícita a la soberanía sobre el sistema financiero español, de tal forma que el proceso de reconversión del sector va a ser decidido en Berlín, Fráncfort o Bruselas pero no en Madrid.
En otras palabras, el futuro de Novagalicia Banco ya no depende de Feijoo, del Banco de España, de De Guindos o de Rajoy, sino de Merkel, Olli Rehn o Draghi. Ellos son los que van a decidir cuántas entidades quedan, a cuántos trabajadores se despide, cuantas oficinas se cierran; en definitiva, cómo se reestructura, nada más y nada menos, que el sector financiero, que es el sistema nervioso del que depende el conjunto de la economía. Cuando se habla de que no cedemos soberanía se quiere ocultar que en algo de vital importancia, para España y para Galicia, como son las entidades financieras, la hemos perdido en su integridad. Pero ese sábado ocurrió algo todavía peor. Y es que el Gobierno reconoció públicamente que España no es capaz de financiarse en los mercados de deuda, que están cerrados para nuestro país, y que por lo tanto tenemos que acudir a mecanismos extramercado. Algo extraordinariamente grave para un país que cada año necesita emitir deuda pública por más de 180.000 millones de euros. Y esa es, exactamente, la condición que empuja de forma inevitable a un rescate: cuando los mercados se cierran para un país y por lo tanto se ve en la necesidad forzada de financiarse a través de los fondos institucionales de la Unión Europea, de los fondos de rescate.
A lo peor eso es lo que pasó el sábado 9 de junio y aún no lo sabemos. A lo peor ese día no dimos el primer paso para la salida de la crisis como quiere vendernos el Gobierno sino el penúltimo paso antes de precipitarnos en el abismo.
Manuel Lago es economista del S.N. das CC.OO. de Galicia.

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