viernes, 28 de junio de 2013

El último abrazo

Taslima Akhter, el último abrazo. Entre las fotos que se han hecho del derrumbe de una fábrica de ropa en Dhaka, Bangladesh, la imagen conmovedora y terriblemente triste de una pareja que yace abrazada entre los escombros recorre el mundo.
La activista y fotógrafa que hizo la foto, Taslima Akhter, nació en Dhaka en 1974.  Ahora es estudiante de tercer año de periodismo fotográfico del South Asian Institute of photography en Pathshala. Terminó su maestría  en el departamento de la Administración Pública en la Universidad de Dhaka y se involucró en la política durante su vida estudiantil.  Fue presidenta de  la Federación de Estudiantes en Bangladesh. En la actualidad, está involucrada con la organización de los trabajadores y de las mujeres como activista. Ella piensa que la fotografía es también una parte de su trabajo político.
Antes fue seleccionada para la beca de la Fundación Magnum en la región del sur  de Asia y en el 2010 ganó el tercer lugar del   Julia Margaret Cameron Award. Por su interés en la fotografía documental, trabaja en temas de género, ambiental, cultural y los espacios de discriminación social.
Shahidul Alam, el fotógrafo, escritor y fundador del South Asian Institute of Photography , dijo  de la foto: Un abrazo de la muerte, su sensibilidad se eleva por encima de los escombros para tocarnos donde somos más vulnerables. Esta es una fotografía que nos atormentará en nuestros sueños. En silencio nos dice Nunca más".
Sobre la fotografía que aparece en Time Internacional, Akhter dijo a LightBox:
Se me han hecho muchas preguntas acerca de la fotografía de la pareja abrazándose en las secuelas del colapso. Lo he intentado desesperadamente, pero todavía no tengo pistas acerca de ellos. No sé quiénes son o cuál es su relación.
Pasé todo el día en la escena del derrumbe, viendo como trabajadores de la confección lesionados estaban siendo rescatados de entre los escombros.  Recuerdo los ojos asustados de parientes, yo estaba agotada tanto mental y físicamente. Alrededor de las 2 am, me encontré con una pareja abrazándose entre los escombros. Los partes más bajas de sus cuerpos estaban enterradas debajo del concreto. La sangre de los ojos del  hombre corría como una lágrima. Cuando  vi a la pareja no lo podía creer.  Sentí como que los conocía, que se estaban muy cerca de mí. Miré quiénes eran en sus últimos momentos en la medida que se quedaron  juntos y trataron de salvarse uno al otro.
Cada vez que veo la foto, me siento incómoda, me obsesiona. Es como si estuvieran  diciéndome, que no somos un número, no sólo mano de obra y vidas baratas. Somos seres humanos como usted. Nuestra  vida es preciosa como la tuya y nuestros sueños también lo son.
Ellos son testigos en esta cruel historia de los trabajadores siendo asesinados. El número de víctimas es de más de  750. Estamos en una situación estamos en la que los seres humanos son tratados sólo como números.
Esta foto me está rondando todo el tiempo. Si los responsables no reciben el más alto nivel de castigo, vamos a ver este tipo de tragedia otra vez. No habrá ningún alivio para  estos sentimientos horribles. He sentido una tremenda presión y  dolor durante las últimas dos semanas rodeada de cadáveres.  Como testigo de esta  crueldad,  siento el impulso de compartir el dolor con todo el mundo. Eso es por eso que quiero que esta foto sea  vista.

 El último abrazo

La lengua absuelta
Un sistema que paga treinta y ocho dólares al mes a cada obrero por jornadas de hasta sesenta horas, sin agua, sin contratos fijos, sin seguridad social, sin derecho a tener sindicatos; es el mismo sistema que les paga a las modelos famélicas de sus fastuosas pasarelas cerca de un millón de dólares al mes.

Por: Marta Ruiz
Publicado el: 2013-06-13
Una lágrima de sangre recorre el rostro del hombre. Abraza a una mujer. Una amiga, o una novia, o una hermana. No sabemos. El intento de salvación y la derrota en medio de los escombros. La arena cubriéndoles las ropas manchadas, los muros del edificio apretándoles la cintura. Sus contexturas se notan fuertes. Eran jóvenes. A lo mejor unos de los muchos que vinieron del campo a buscar oportunidades a Daca, dejando sus hijos allí. Unos de los tantos que viven en míseros ranchos para poder enviar algo de dinero a sus familias. A lo mejor tuvieron una larga agonía. Quizá supieron que estaban en el momento final. La lágrima delata el duelo por su propia muerte.
La imagen fue captada por Taslima Akhter, una activista y fotógrafa de Bangladesh, en abril pasado, en medio de las ruinas del Plaza Rana, el edificio de maquilas donde murieron 1.127 trabajadores. La foto ya es un icono de los desastres de la globalización. De los nuevos esclavos. De un sistema que paga treinta y ocho dólares al mes a cada obrero –obrera, porque casi todas son mujeres–, por jornadas de hasta sesenta horas, sin agua, sin contratos fijos, sin seguridad social, sin derecho a tener sindicatos.
El mismo sistema que les paga a las modelos famélicas de sus fastuosas pasarelas cerca de un millón de dólares al mes y que ha ubicado a los dueños de las grandes marcas en las listas de los millonarios del planeta. Es la moda. La industria más boyante de la actualidad.
El dueño de Zara, por ejemplo, es el hombre más rico de España y el quinto más acaudalado del mundo. Su rostro siempre está en las revistas del jet set donde se le menciona por haberse hecho, supuestamente, a pulso. Y Wal-Mart resultó ser la compañía con mayor crecimiento y ganancias de Estados Unidos, superando incluso a la industria petrolera.
En cualquier ciudad del mundo sus vitrinas pululan. Zara, Mango, Gap, Wal-Mart, Calvin Klein, H&M, entre otras, hacen constantes llamados de Sale y entonces se arman colas interminables de mujeres para obtener la camiseta básica de veinte dólares o el pantalón de cuarenta, confeccionadas en Bangladesh, Vietnam o China. En sus rutilantes vidrieras más que ropa se ofrecen belleza y comodidad, estilo y juventud. En otras palabras, clase.
El último abrazo debería pender de las fachadas de estas tiendas y estamparse en las marquillas de cada prenda, para recordarnos que esto no es un accidente sino un nuevo orden mundial. Repudiable y cruel.
En mayo, la mayoría de las empresas que trabajan en Bangladesh firmaron un acuerdo para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y la vigilancia de estas fábricas. Cínicamente se les ha oído decir que sin ellos Bangladesh estaría peor, porque estos empleos basura han contribuido a bajar la pobreza en un 30 por ciento. O decir que quien falló fue el gobierno local que tenía obligación de controlar a los empresarios. Ellos saben la ventaja que les da instalarse en países con gobiernos corruptos, incapaces de luchar por los suyos.
Para tranquilidad de las conciencias, el dueño del edificio que colapsó, Mohammed Sohel Rana, está en la cárcel. El perfecto chivo expiatorio.
Mientras tanto, las revistas del corazón y las publicaciones financieras más serias siguen destacando a los dueños del negocio de la moda como la gente más glamurosa del mundo, y como creativos que han hecho sus fortunas a punta de ingenio y esfuerzo propio.

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