sábado, 22 de junio de 2013

Prostitución y violencia de género.

Beatriz Gimeno.- Hace unas semanas dos prostitutas fueron asesinadas en Bilbao. Nadie dudaría que estas dos mujeres han sido víctimas de un asesinato machista y, sin embargo, no se las contabilizará como víctimas de violencia de género, no se las considerará como tales y por tanto al asesino tampoco se le considerará autor de un delito castigado con una pena agravada. A partir de la aprobación de la ley integral contra la violencia de género se ha producido la perversión de considerar que sólo es violencia de género la que se produce en el ámbito familiar, y no toda. La realidad es que, según los datos de www.feminicidio.net, única organización que contabiliza como feminicidio los asesinatos de prostitutas, entre 2010 y 2012 fueron asesinadas 19 mujeres que se dedicaban a la prostitución, aunque podrían ser más dada la invisibilización que sufren estas personas.

Una prostituta es una mujer socialmente invisible. Su muerte no va a ser objeto de la atención de los medios de comunicación a no ser que se pueda explotar el amarillismo y el morbo. Es posible que su desaparición pase inadvertida por un tiempo (o siempre) por que nadie la denuncie (como ha ocurrido en este caso con Jenni). Si su desaparición se denuncia, es entonces posible que la policía no sienta la misma presión para encontrar al asesino; es también posible que los jueces no sientan la misma presión para imponer una pena ejemplar. Lo más probable es que nadie proteste públicamente por su asesinato, que ningún político salga a concentrarse o a guardar un minuto de silencio por esas víctimas; en todo caso las instituciones guardarán silencio.

Si el caso del asesino de Bilbao ha suscitado una importante atención mediática se ha debido a su proyección pública, a que ha sido convertido en un personaje por los medios y por él mismo, así como a la posibilidad de que se tratara de un asesino en serie. Los medios han explotado esa faceta del personaje, pero en pocas informaciones hemos podido leer que se trataba de un asesino machista. Es decir, las víctimas han sido asesinadas porque eran mujeres dentro de un determinado sistema de dominación (y, además, en este caso eran inmigrantes. Recordemos en este sentido que antes de matar a Ada y a Jenni el asesino tuvo relación con prostitutas españolas a las que no mató. Es decir, el asesino era consciente de que las prostitutas inmigrantes eran víctimas más desasistidas).

Los asesinatos machistas contra prostitutas suelen producirse con un ensañamiento y una crueldad extraordinaria porque este tipo de violencia es el epítome del machismo, porque los asesinos vuelcan en estos crímenes toda su fantasía de dominio y porque, además, las víctimas son mujeres especialmente vulnerables debido a su previa estigmatización social. Es frecuente que sean torturadas, descuartizadas, quemadas… y aun así estos crímenes suelen dar lugar a condenas relativamente livianas para los culpables (12 años de media) al no aplicarse ningún tipo de pena agravada sino, por el contrario, aplicar a veces atenuantes ilegítimos que tienden a quitar importancia a este tipo de violencia.

El hecho de que las prostitutas no sean consideradas víctimas de la violencia de género tiene consecuencias importantes además de las obvias de la invisibilización. Impide que puedan acceder a la protección que se brinda a estas víctimas, impide que puedan utilizar los recursos materiales que el Estado pone a su disposición, impide también que los agresores sufran el agravamiento de las penas por sus crímenes. Si no parece caber ninguna duda acerca de que se trata de violencia machista, ¿por qué no son consideradas como tal? Hay varias razones que interactúan ellas de manera compleja. Una parte del feminismo considera que la prostitución es siempre, y en todo caso y en todas las circunstancias, violencia; toda la prostitución, todos sus aspectos, en todo momento, y que por tanto no se puede parcelar esta violencia en más o menos, en una más legítima o aceptable y otra menos. Para este sector del feminismo cualquier acercamiento a la prostitución que no sea desde la condena en bloque y sin matices es lo mismo que legitimarla. La prostitución es esclavitud, y dentro de ésta no hay distintos niveles de violencia.

Hay otro sector del abolicionismo que opina que la prostitución es siempre una institución de desigualdad, que su función no es otra que legitimar y reforzar esta desigualdad y que es por tanto una institución siempre inaceptable. Este sector considera, no obstante, que la prostitución no es necesariamente siempre más violenta que otras instituciones patriarcales o capitalistas; y que en todo caso hay diferentes niveles de violencia. Considerar que la prostitución siempre es violencia puede llegar a impedir que se produzca ningún tipo de protección efectiva contra la violencia extrema que en muchas ocasiones sufren estas mujeres. Creo que esta posición puede alejar del abolicionismo a personas que consideran que en nombre de un fin legítimo, la abolición de la prostitución, se escatiman los medios para hacer más vivibles las vidas de estas mujeres, para protegerlas, para apoyarlas en lo posible, para reivindicar sus derechos, sus vidas y su memoria, así como para castigar a sus maltratadores o asesinos. Hay mucha violencia dentro de la prostitución, desde luego, pero si todo es violencia entonces nada lo es.

Considerar que las prostitutas son personas cuyo destino es ser víctimas de la violencia masculina es lo que el machismo ha venido defendiendo desde siempre para mantenerlas en su estatus de opresión. Si cualquier acto de prostitución es una violación, ¿una prostituta no puede ser violada? Si la prostitución es siempre violencia, ¿una prostituta no pude denunciar maltrato y esperar recibir la misma consideración, apoyo y ayuda por parte de las instituciones que recibe cualquier otra mujer? ¿Es lo mismo un cliente que te pegue una paliza que otro que no? ¿Se merecen ellas lo que les pase por ponerse en esa situación? Recordemos que, tradicionalmente, una prostituta no podía denunciar una violación o una paliza porque la policía, los jueces y la sociedad consideraban que eso era parte de su “trabajo”. Aun ahora hay sentencias judiciales que parecen seguir considerando que, efectivamente, una prostituta no puede esperar otra cosa que recibir violencia.

Otra de las razones para no incluir a las prostitutas dentro de las medidas específicas contra la violencia de género es que, efectivamente, considerar la violencia que hay en la prostitución como violencia machista supondría para las instituciones asumir la obligación de entablar un combate real y sin cuartel contra las mafias y los proxenetas, contra toda la prostitución forzada. Un combate real, y no el simulacro de combate que ahora se está llevando a cabo. Lo cierto es que el Estado -y por supuesto la sociedad- convive con normalidad con la existencia de prostitución forzada, con situaciones de esclavitud y, por supuesto, con la existencia de grandes dosis de violencia contra estas mujeres. Sigue habiendo un “nosotras” y un “ellas” en cuanto a la violencia que toleramos o condenamos. No sólo la prostitución forzada o en condiciones de extrema explotación está a la vista de todo el mundo y casi normalizada, no sólo convivimos con ella con toda naturalidad, sino que, en ocasiones, esta violencia es ejercida por las propias instituciones, como por ejemplo la policía. ¿Cómo van las instituciones a condenar la violencia que sufren las prostitutas si en muchas ocasiones es la misma policía la que la ejerce? No son pocas las ciudades en las que la policía persigue o acosa a las prostitutas para echarlas de la calle utilizando medios violentos como persecuciones desde los coches patrullas, detenciones indiscriminadas e injustificadas, uso de sprays, etc... El objetivo de estas acciones es echar a las mujeres de la calle, no el de detener a los proxenetas ni molestar a los clientes. Barcelona es un ejemplo de esta violencia institucional contra las mujeres que ejercen la prostitución. El otro problema es el origen de muchas de estas mujeres. La mayoría son inmigrantes sin papeles y en este caso el objetivo del Estado es expulsarlas, no protegerlas. ¿Cómo podríamos denunciar la violencia que sufren las inmigrantes sin papeles en prostitución sin cuestionar la violencia institucional que el estado ejerce contra la inmigración ilegal?

Estoy convencida de que la lucha feminista contra la institución de la prostitución pasa por conseguir un cambio social, sexual, cultural, pero que tiene que pasar por la solidaridad activa y el respeto absoluto hacia las mujeres que la ejercen, por ofrecer la mayor protección posible a las que lo necesiten y lo demanden, por considerarlas sujetos de derechos y dueñas de sus vidas. La deshumanización de estas mujeres es parte del funcionamiento de la institución prostitucional, es parte también de una determinada construcción de la sexualidad, es parte del estigma social que sufren y es parte de la violencia extrema que también sufren a veces. Romper la dicotomía entre ellas y nosotras es una manera no sólo de luchar contra el machismo, sino también de luchar contra la prostitución misma basada en la dicotomía entre mujeres buenas y malas y en la cosificación de estas últimas. Hacer efectiva la calificación de violencia de género para la violencia que sufren las prostitutas es una herramienta imprescindible en la lucha por la igualdad de todas.

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