viernes, 29 de noviembre de 2013

Marcos Ana y la "Reina Roja" de Bélgica.

En su libro "Decidme como es un árbol", Marcos Ana nos cuenta como fué su encuentro con la reina madre, Elisabeth de Bélgica.

En el mes de octubre del 62 viajé a Bruselas a entrevistarme con los representantes belgas en la Conferencia de Europa Occidental por España, entre los que se encontraba el canónigo Goor, el abogado Wolf, del Comité Internacional de Juristas y la entrañable Isabel Blunme, conocida como la dama del socialismo. Y, como era habitual, mantuve varios encuentros con partidos, sindicatos y asociaciones democráticas y con el presidente del Partido Socialista belga, Leo Colard.

Aproveché para reunirme con mis compatriotas en el Club García Lorca, un club muy popular en el que se realizaban grandes actividades culturales y recreativas. Tuve ocasión de visitar ese club muchas veces y dar en él varias conferencias, porque fue un centro democrático y solidario de la emigración española.

Pero hubo algo excepcional. Que fue la razón principal de aquel viaje: la visita a la reina madre, Elisabeth de Bélgica.

Una visita de obligada gratitud por su personal contribución a la amnistía de los presos políticos españoles. El carácter tan especial de este encuentro me tenía un poco preocupado. Vinieron a buscarme en un coche oficial y me condujeron a su residencia real en el Chateau de Stuyvenberg.

De momento me alucinó algo que hoy es de conocimiento general, el mando a distancia, pero que para mi era todavía un milagro, como tantas otras cosas que me sorprendían en estos “primeros” años de mi vida: ver como se abrían lentamente las enormes puertas de hierro del castillo sin que nadie las empujara. Del coche me llevaron directo a una sala donde me hicieron esperar unos minutos. Del fondo llegaba una música clásica.

Las paredes estaban llenas de fotografías y me llamó la atención una de Mao Tsé Tung ofreciendo unas flores a la reina. La música se apagó de pronto y apareció alguien del protocolo, acompañado de un hombre alto y fuerte que, sonriendo, sin más preámbulos, se dirigió a mí y me estrechó conmivido entre sus brazos. Se trataba del médico personal de la Reina. Después supe que era René Dumont, un veterano de las Brigadas Internacionales. Hablaba muy bien español y actuó de interprete en la entrevista.

La reina estaba en un salón espacioso, sentada en un lateral, entre una mesa de despacho y un piano oscuro y brillante. Me detuve un instante sin saber que hacer.

Approchez-vous, s`il vous plait (adelante, por favor)

Se levantó y me tendió la mano, que yo besé en silenbcio. Jamás, ni con la mas generosa fantasía, hubiera podido imaginarme una situación como aquella. Me tranquilizó su rostro dulce y sonriente y sus ojos valorándome con amable curiosidad.

Le expliqué el motivo de mi visita: ofrecerle en nombre de mis hermanos, los presos políticos y sus familias, nuestro respeto y gratitud.

A la cárcel, le expliqué, nos llegaban incesantemente nombres de las personalidades mas diversas, algunas de renombre universal, que habían ofrecido su firma, pero su carta solicitando nuestra amnistía nos sorprendió y a la vez nos llenó de esperanza al valorar las dimensiones que tomaba la campaña por nuestra libertad.

¿Y que pensaron ustedes ante lo que les parecería tan insólito? ¿aceptaron sin reparos mi adhesión?

Majestad, la noticia corrió de boca en boca y aquella noche en la prisión de Burgos 500 repúblicanos brindamos por una reina.

No fue un encuentro protocolario. Me hizo muchas preguntas, y yo le conté las mas tristes y hermosas historias de las cárceles, de los presos y sus familias.

Se interesó por mi situación personal, le hablé de las dificultades que tenía para adaptarme a la libertad y a la vida.

Yo estaba preocupado por no abusar demasiado de su tiempo. Pero ella parecía no tener ninguna prisa, estaba impresionada.

Finalmente creí oportuno dar por terminada la entrevista, antes de que lo decidiera ella. Me habían hablado de los problemas que tenía con la Casa Real, por su liberal y humana manera de ser, sus viajes a China, a la Unión Soviética, a Polonia, y yo no quería que mi visita añadiera un problema más a su vida.

Majestad, le estoy muy agradecido por haber tenido la bondad de recibirme, pero no deseo crearle ninguna incomodidad personal ni política, así que si usted lo desea, no haré público este encuentro.

La Reina me miró sorprendida, pulsó un timbre y apareció el que debía ser su secretario personal.

Prepare una nota de prensa informando que acabo de recibir al poeta español Marcos Ana, a quién hemos felicitado por su libertad.

Mire usted, y sonriendo hacia mi me dijo, desde pequeña he hecho siempre lo que me ha dado la gana y ya soy muy mayor para cambiar.

En efecto, los periódicos belgas del día siguiente daban la noticia. En España, la prensa oficial del Régimen reaccionó groseramente y dos o tres días después el ABC publicaba un editorial difamante y grosero, al estilo de la época, titulado “El asesino y la anciana dama”.





1 comentario:

  1. Que buena entrada socio.
    Te la confisco para republicarla algún día ...
    Muchos biquiños!

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