miércoles, 29 de enero de 2014

La burla

Beatriz Gimeno.-Esta semana estaba viendo las imágenes del Pleno del Ayuntamiento de Alicante reventado por un grupo de funcionarios indignados. La alcaldesa de esta ciudad, Sonia Castedo, pretende subir el sueldo a varios asesores de los que cobran una pasta, y pretende hacerlo a costa de los funcionarios. Es decir, pretende pagar más a sus amigos, familiares, compañeros del partido, gente a la que le debe favores o gente a la que luego querrá cobrarles los favores. Y todo esto pretende hacerlo a costa del salario del personal del Ayuntamiento que lleva ya años de recortes muy duros.

Lo de Alicante es una situación virtualmente idéntica a otras muchas que hemos conocido: tenemos a un ayuntamiento ahogado por las deudas (esta misma semana ha tenido que pedir un préstamo para no ir a la quiebra) debido a la mala gestión y a la corrupción institucionalizada, es decir, a la rapiña. Tenemos a una alcaldesa y a un responsable de hacienda triplemente imputados en causas de corrupción sin que nadie de su partido, el PP, encuentre la situación siquiera anómala o se digne comentarlo y mucho menos pedirles la dimisión o expulsarles. Todo el mundo actúa como si fuera lo más normal tener a unos presuntos delincuentes al frente de una institución importante; se ha convertido en lo habitual. Tenemos a una responsable municipal que a pesar de que su Ayuntamiento está hipotecado para la próxima década sigue contratando asesores y cargos de confianza, gastando el dinero público a espuertas y repartiendo a sus amigos servicios públicos básicos. Y por fin tendremos también un final que ya nos es conocido: la alcaldesa tendrá que dimitir finalmente en algún momento (cuando lo estime conveniente para sus intereses), será juzgada en un juicio que durará años y que le permitirá esconder su fortuna, puede que sea condenada a una pena leve o perfectamente llevadera, el ayuntamiento quedará arruinado por años, los servicios públicos habrán sido robados, y la deuda la pagaremos todos mientras ella disfruta en algún sitio de lo robado.

Hace un par de días, como digo, estaba viendo las imágenes del pleno municipal y veía también a los representantes de la oposición dirigir sus reproches a una alcaldesa que ni siquiera se dignaba mirarles, sino que miraba su móvil y mandaba mensajes, completamente ausente del pleno en cuestión e indiferente, en todo caso, a las acusaciones que contra ella dirigían los concejales de los partidos de la oposición. A Sonia Castedo, todo esto de los plenos, de tener que sentarse en el sillón de alcaldesa mientras los otros hablan, le da exactamente igual, era evidente. Es un trámite por el que hay que pasar para poder dedicarse a su verdadero trabajo que no tiene nada que ver con la ciudad de Alicante, sino con ella misma.

Las palabras de los portavoces de la oposición tampoco eran muy emocionantes. Acusaban a la alcaldesa, sí, pero también como quien cumple un trámite del que se conoce de sobra el resultado. La sensación que daba todo el cuadro es la de que en una situación como esta, de expolio generalizado, en la que la corrupción se ha infiltrado hasta el tuétano en las instituciones, la política de respeto institucional que siguen a rajatabla los partidos de la oposición no sirve de gran cosa. Da la impresión de que todo el mundo se ajusta a un guión preacordado en el que cada uno sabe cuál es su papel (hay excepciones, sí, pero también hay un pacto institucional básico que comienza a ser un tapón para las legitimas demandas ciudadanas).

Lo cierto es que una justicia muy lenta, unas penas leves o inexistentes para la corrupción, unos indultos muy sospechosos, una fiscalía completamente politizada que no investiga (o incluso dificulta la investigación) a determinados corruptos, un partido en el que todo el mundo está de una manera u otra pringado y, finalmente, la ausencia de algún mecanismo político o institucional realmente efectivo para atajar la corrupción y para hacer que como primera y más básica medida, los corruptos no sigan en sus cargos; todo esto hace que una señora de quien se conoce que está hundiendo a su ciudad en una deuda impagable y de la que se sospecha, con indicios más que sólidos, que es una corrupta, siga allí sentada como si nada, casi hasta que ella quiera o considere que ya ha trabajado, para sí misma, bastante.

Así llevan años en Alicante y nadie en su partido se propone romper con ese estado de cosas; los pactos anticorrupción no se cumplen, no se hacen leyes duras cuando se gobierna; se miran unos a otros desde lejos, hacen su trabajo, se respetan; ese es el problema que los ciudadanos percibimos, que se respetan. La verdad es que allí dentro la única indignación visible era la de los trabajadores que protestaban a voces y podemos estar seguros de que sólo por ellos este pleno ha salido en las noticias. La impresión evidente que las imágenes transmitían es la de que esto sólo lo arreglamos con muchos Gamonales. Alicante es Burgos, Valladolid, Salamanca, Marbella, Granada, Valencia o cualquier otro municipio que esté en parecidas condiciones: privatizaciones sospechosas, recalificaciones sospechosas, alcaldes con ático sospechoso o gastos que no son sospechosos, sino que son despilfarros evidentes de dinero público que debería estar penado.

Quién sabe si al final, más que la dureza de la crisis, más que la pobreza o la necesidad, sea la sensación de que se están riendo de nosotros lo que finalmente nos haga estallar.

Beatriz Gimeno es escritora y expresidenta de la FELGT (Federación Española de Lesbianas, Gays y Transexuales)

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