miércoles, 22 de enero de 2014

Rajoy y la desigualdad

Pablo Vaamonde.- Las medidas adoptadas por el gobierno para afrontar la crisis convirtieron a España en el país de la Eurozona con 

mayores desigualdades de renta. El coste de la recesión recae sobre el lomo de los trabajadores asalariados y de las capas más humildes de la sociedad. Somos campeones de Europa en el fútbol pero también somos los primeros en otra clasificación: España es el país de la zona euro con mayor distancia entre los más ricos y los más pobres, el más desigual de los 17 países que comparten moneda única.

Este país está en una situación económica muy delicada. Con cinco millones de parados y dos millones de hogares con todos sus miembros sin trabajo las familias tienen que echar mano de los ahorros para afrontar los gastos corrientes: el consumo familiar ya supera, por primera vez, la renta. Más dramática es la situación de los jóvenes: supera el 50% el porcentaje de los menores de 25 años que no tienen trabajo, lo mismo que en Grecia.

En vez de mirar para el norte de Europa estamos siguiendo el camino de EEUU que tiene, segun Joseph Stiglitz, el nivel de desigualdad más alta de cualquiera de los países avanzados. Afirma que en la actualidad el sueño americano es un mito y "hay una clara tendencia a la concentración de ingresos y riqueza en la cima, al vaciamiento de las capas medias y a un severo aumento de la pobreza". Recuerda que, en los años 2009 y 2010, el 1% de los estadounidenses con mayores ingresos se quedó con el 93% del aumento de la renta. Además, durante la recesión, los banqueros, que arruinaron a los pobres mediante préstamos predatorios y prácticas abusivas y llevaron a la economía mundial y a sus propias empresas a la ruina, recibieron generosas bonificaciones.

Vicenç Navarro entiende que cuando son los muy ricos los que deciden como se utiliza la riqueza, la sociedad tiene problemas graves, porque no invirten para crear empleo sino para conseguir más dinero, y como se puede sacar más dinero de las actividades especulativas que de las inversiones productivas resulta que se crea muy poco empleo. 

Quien debe guiar la utilización de la riqueza, evitando sus usos no sociales, es la ciudadanía a través del Estado. Cuando el capital estuvo regulado y las diferencias de renta eran menores que ahora (1945-1980) el bienestar social creció más que en el período neoliberal (1980-2011), en el que el capital pudo hacer lo que quiso. La actual crisis es el resultado.

Por eso Stiglitz cuestiona la peculiar "teoría del derrame", muy extendida en los años noventa, la cual defiende que enriquecer a los de arriba redunda en beneficio de todos. Según esta teoría los buenos resultados macroeconómicos favorecen en primer lugar a los más ricos para, posteriormente, ir derramándose al resto de la sociedad. La realidad en América Latina, en EEUU y ahora en el sur de Europa demuestra bien a las claras que el crecimiento económico, por sí solo, no mejora las condiciones de toda la sociedad sino que incluso puede ahondar en las desigualdades.

Estas teorías, que son difundidas como verdades científicas, pretenden justificar lo injustificable: la acumulación obscena de la riqueza en pocas manos, la explotación de los trabajadores y de los pobres y el saqueo de las arcas públicas con la complicidad de cierto clase política. Estas aseveraciones no son fruto de la ciencia sino de la ideología. Lo que hay detrás es una manera de entender la vida, las relaciones entre las personas y organización social. Porque hay una facción de la sociedad situada ideológicamente en un momento histórico previo a la revolución francesa ("liberté, egalité, fraternité") que defiende la desigualdad de los seres humanos. Tienen nostalgia de aquellos tiempos en que la sociedad estaba perfectamente clasificada: amos y criados, señores y siervos, poderosos y súbditos.

Los franquistas Luis Moure Mariño y Gonzalo Fernández de la Mora defendieron su posición supremacista, que negaba la igualdad entre las personas, en dos libros publicados en los años ochenta ("La desigualdad humana", "La envidia igualitaria"). Mariano Rajoy Brey (un joven de treinta años que comenzaba su carrera política) publicó dos artículos en El Faro de Vigo (1983 y 1984), en los que reseñaba de forma elogiosa estos textos. Lejos de la ambiguedad en la que se instaló más tarde aquí deja bien clara su interpretación del mundo y revela las líneas maestras de su ideario. Son las mismas ideas que inspiran ahora su actuación política. En el primero de los artículos el actual presidente del gobierno afirma textualmente:

“La estirpe determina al hombre y es un hecho objetivo que los hijos de ´buena estirpe` superan a los demás (…). La desigualdad natural del hombre viene escrita en el código genético (…). La búsqueda de la desigualdad tiene múltiples manifestaciones: en el ansia de ganar, en la lucha por el poder, en la disputa por la obtención de premios, honores, condecoraciones, títulos nobiliarios (…). Todo ello constituye la demostración matemática de que el hombre no se conforma con su realidad. Es la lucha por desigualarse. Todos los modelos que predican la igualdad (…) son radicalmente contrarios a la esencia misma del hombre, y suprimen el natural instinto a desigualarse, que es el que ha enriquecido al mundo y elevado el nivel de vida de los pueblos (…) La imposición de la igualdad privaría a los más capaces de esa iniciativa más provechosa para todos que la igualdad en la miseria, que es la única que hasta la fecha han logrado imponer”.

Pablo Vaamonde é médico de familia na Coruña.



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