domingo, 2 de febrero de 2014

Sin careta

Beatriz Gimeno.- Al Fondo Monetario Internacional poco le ha faltado para decir que hay que abolir el derecho laboral porque las relaciones laborales tienen que regirse por las leyes puras del mercado, sin interferencias de ningún tipo, es decir, por lo que quieran y decidan los dueños del capital. No ha llegado a decirlo exactamente así, pero lo ha insinuado al criticar la labor de los jueces españoles que, según Christine Lagarde, tendrían que hacer una interpretación menos restrictiva cuando tienen que dictar sentencias en caso de despido. Ni separación de poderes, ni obligación de cumplir las leyes, ni nada; que prevariquen a favor de los empresarios es lo que les pide a los jueces Christine Lagarde. Y no pasa nada, el gobierno no se ha sentido en la obligación de recordarle al FMI que los jueces lo que tienen que hacer es cumplir las leyes, atenerse a la Constitución y velar por los derechos de las partes (incluso, sí, de la parte más débil).

El FMI se dirige a España como el país de quinta categoría que consideran que es para indicar a los jueces que dicten sentencias a favor de los poderosos, porque sí, porque lo dicen ellos. El FMI piensa que en los litigios laborales no hay intereses enfrentados, sino que sólo hay una parte que merezca ser tomada en cuenta, el patrón, que no es que tenga razón, es que tiene la fuerza. Nos dirigimos a pasos agigantados a una sociedad con las relaciones laborales del siglo XIX: explotación, arbitrariedad, salarios de miseria, ausencia de derechos para los trabajadores y omnipotencia del empresario frente a los trabajadores/as. Lagarde quiere que los tribunales españoles no dicten sentencias en contra de los empresarios que vulneren derechos de los trabajadores y/o trabajadoras. Le debe parecer que el gobierno español no es lo suficientemente rápido en despojarnos de ellos. Tienen prisa, son voraces, no tienen bastante.

Lagarde ha pedido también que se tomen medidas (¿más?) para bajar los sueldos, porque aunque reconoce que estos han bajado ya mucho, “no han bajado lo suficiente para compensar lo que antes habían subido”. Lo peor no es que expandan su ideología por ahí, lo peor es que nos gobiernan. Nos gobiernan sí, pero… ¿Cuándo ha ganado el FMI unas elecciones? ¿Cuándo se han presentado a alguna o han debatido un programa electoral con la ciudadanía a la que ahora bajan sueldos? Y como la respuesta es “nunca” está claro que se ha producido un golpe de estado perfecto. Nada de tanques en la calle, ni militares pistola en mano. Han dado un golpe de estado del que no nos hemos enterado más que lentamente según van aflorando nuestras víctimas: los ancianos que no pueden comprar sus medicinas, las personas excluidas de la sanidad, desesperados que se suicidan, y todas las personas muertas en vida tras años de paro y carencias, niños y niñas con hambre, todos los que se quedan sin vivienda, las personas con discapacidad sometidas a vidas indignas, las personas, las mujeres, que los cuidan…

El FMI es, sin ningún tipo de rubor ni disimulo el brazo armado del capital que ha emprendido una nueva batalla de la lucha de clases, la que les lleva a querer reconquistar lo que perdieron en el siglo XX después de un siglo de lucha por parte de los trabajadores. ¿Qué esto suena antiguo? Tan antiguo como la explotación de una minoría sobre la inmensa mayoría, tan antiguo como la injusticia y la desigualdad. Si te habían convencido de que eso estaba superado y que es una antigualla mira a tu alrededor, mira a Christine Lagarde y escucha con atención lo que dice, luego vuelve a mirar lo que hace nuestro gobierno. Así que hay que echarlos. A estos, que llegaron al gobierno con engaños y un programa ficticio y a los otros, a los que nadie ha votado. Es un nuevo capitalismo, mucho más brutal que el anterior, que ha llegado para quedarse a menos que se lo impidamos. Porque podemos, hay que echarlos.


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