viernes, 18 de abril de 2014

El rey y… ¿qué república?

El rey, este señor en concreto, es un síntoma y un símbolo de lo que queremos cambiar, es la cúpula de un sistema podrido y que no da más de sí

Beatriz Gimeno.- Cada año que pasa salen más manifestantes a la calle el 14 de abril; cada año hay más artículos sobre la República alrededor de ese día, el tema aparece más y más en las tertulias y las redes eran tricolores este año más que nunca. Es evidente que las cosas se mueven en ese sentido y yo me he ido moviendo también. Hasta hace relativamente poco tiempo la reivindicación de la República no era importante para mí. Como para mucha gente la II República es un importante referente afectivo y ético, un momento fundacional que siempre se añora. Sin embargo creo que cuando hablamos de la II República estamos añorando más el triunfo de las clases populares en las elecciones y el cambio que eso pudo suponer (el cambio que se intentó), la pérdida de la Guerra Civil y la victoria del fascismo, que una determinada forma de estado. A veces parece que olvidamos que el capitalismo, que el neoliberalismo más feroz, es (también) republicano. Reivindicar la república sin más, sin explicitar qué tipo de república queremos no tiene mucho sentido. Es más, si llegara el momento en que la monarquía fuese insostenible, el mismo régimen prepararía la transición mediante un referéndum bien controlado que abriera un proceso tan bien controlado como ésta falsa democracia en la que apenas podemos decidir nada de lo importante.

Es evidente para todo el mundo que la monarquía es una institución ridículamente anacrónica y que cuesta admitir que al jefe del estado no se le vota pero, seamos francos,¿quién vota ahora a los que verdaderamente nos gobiernan (es decir, a los poderes económicos y financieros)? No me ilusiona nada un referéndum para decir si monarquía sí o monarquía no. Lo que quiero es un auténtico proceso constituyente que tenga como objetivo la recuperación de una democracia real. Obviamente la monarquía no tendría cabida en esa situación, pero su desaparición vendría como la consecuencia natural y necesaria de una ruptura con el régimen existente, y no como una mera sustitución nominal del tipo de estado; no como un cambio al estilo de El Gatopardo, cambiar para que todo siga igual.

Sin embargo, ahora creo que el rey, este rey, no es sólo una institución más del estado, sino que él mismo, este señor en concreto, es un síntoma y un símbolo de lo que queremos cambiar, él es la cúpula de un sistema podrido y que no da más de sí. El rey no es una persona que esté ocupando sin más una institución representativa del estado, sino que él es, por su comportamiento y manera de ser, una muestra perfecta del tipo de gente que nos gobierna. La institución y la persona del rey, hasta hace poco intocables, se han vuelto de carne y hueso, aunque no de cualquier carne ni cualquier hueso. Se ha corrido esa especie de velo sagrado que mantenía a este señor Borbón en el misterio y lo que se nos ha desvelado no es sólo esa institución anacrónica, caduca y absurda que ya conocíamos, sino también a una persona que es, literalmente, un Primus inter pares, el primero entre iguales, entre sus iguales, la casta que desde el poder financiero y político nos gobierna. 

Al desvelarse el velo hemos visto a una persona completamente alejada de la realidad social –o a la que la realidad social le importa un bledo-, que vive en un mundo de privilegios inimaginables para la mayoría en el que cualquier cosa es posible como dedicarse, por ejemplo, a la caza de elefantes, como Bárcenas, en un momento en el que la caza mayor es una actividad que resulta éticamente repugnante a la mayoría; una persona que, durante años, ha mezclado la representación pública con los negocios privados, un comisionista, como cualquiera de estos ex políticos que pueblan los consejos de administración; una persona que desde su puesto se ha hecho muy rico de maneras nunca explicadas; igual que se han hecho ricos, muy ricos, cualquiera de estos empresarios que hablan de hacer esfuerzos mientras ellos pagan en negro a sus trabajadores….

El rey es esa persona que más allá de la cortesía de los viajes de representación llama “hermanos” a dictadores en cuyos países se tortura habitualmente, se ahorca a los homosexuales y se esclaviza a las mujeres. Una persona de costumbres y hábitos machistas que hoy resultan poco soportables para la mayoría de la gente y, desde luego para nosotras, que los hemos conocido con repugnancia; el rey es un clasista hasta en las formas y se permite llamar de tú a todo el mundo mientras que a él, al parecer, hay que llamarle de maneras anacrónicamente respetuosas; una persona que a lo largo de su vida ha tenido por íntimos amigos a empresarios de esos que pasan por los tribunales y que no pisan la cárcel (algunos sí, como Javier de la Rosa o Mario Conde) sólo porque la justicia es ciega, efectivamente, para los poderosos.

En fin, que el rey es el primero de la fila de todos estos que se están riendo de nosotros. Esa risa que le debe producir a Esperanza Aguirre decir que no puede pagar la calefacción, a Lucía Figar pedir una beca para su hija, a Felipe González decir que se va de Gas natural porque se aburre y luego decir que ya no se va porque ha debido encontrar otro entretenimiento, o a Aznar decir que le cuesta mucho ganarse la vida honradamente. El rey es un síntoma. La monarquía hoy tiene a su frente a una persona que se parece demasiado a la clase de personas que sí representa. Pero no nos engañemos, la república en sí no es garantía de nada y entre quienes nos gobiernan hay gente que ya piensa en ella y en cómo legitimarla cuando nos den a elegir entre A y B (siendo A y B exactamente iguales) Lo importante de la república es lo que hagamos de ella y los consensos y los pactos que sancionemos entre nosotros y nosotras para garantizarnos una vida digna. Personalmente, sólo por dejarlo caer, me atrevo a decir que me gustaría una república anticapitalista; ahí es nada.

Fuente: eldiario.es

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