domingo, 9 de noviembre de 2014

Pederastia y poder


Ilustración: Emma Gascó.

El caso de Ciudad Lineal muestra que un delito tan repugnante como el abuso sexual de menores, genera alarma social, se mide y se castiga de manera muy distinta según la relación del pederasta con ciertas instituciones o posiciones de poder

Beatriz Gimeno.- Menos mal que ha llegado la corrupción para descansar un poco del pederasta de Ciudad Lineal. Por lo menos, hemos descansado de la obsesión mediática por el pederasta, convertido durante algunas semanas en el enemigo público nº 1. Tanto era así que la Delegada del Gobierno de Madrid afirmó que nunca se habían utilizado tantos medios humanos y materiales para detener a un delincuente común. Cuando por fin le detuvieron, las televisiones continuaron dando detalles de su vida pasada y presente, los diarios seguían informando de sus pasos en la prisión y juristas y psicólogos de todo tipo opinaron sobre sus posibilidades de reinserción o de no reinserción. Ya digo, menos mal que llegó la corrupción.
Ciertamente que el abuso sexual de menores es un delito repugnante, pero es evidente que genera alarma social, se mide y se castiga de manera muy distinta según quién sea el pederasta o, más concretamente, según la relación que éste tenga con ciertas instituciones o posiciones de poder. No hace falta una investigación en profundidad para darse cuenta de que no todos los pederastas son perseguidos por la policía de la misma manera, ni todos los pederastas nos preocupan de la misma manera, ni ocupan tanto espacio en las televisiones. En realidad, la pederastia es un delito mucho más extendido de lo que mucha gente está dispuesta a creer y, por lo general, más que magnificarse (como en el caso del de Ciudad Lineal) lo que se hace es lo contrario, se oculta o minimiza.
Hace dos días, cuando todas las televisiones seguían con la matraca del enemigo público de Ciudad Lineal, en el mismo informativo, en un breve, se informaba de la entrada en prisión de otro pederasta condenado por haber abusado de varios niños. Las madres de estos niños se habían concentrado a la puerta de la cárcel para gritar en el momento en que el condenado entrara, igual que las madres de de Ciudad Lineal. El dolor, el miedo, el daño causado a los niños por este pederasta desconocido es de suponer que será como poco similar al que ha causado el de Ciudad Lineal, pero está claro que este segundo caso importa mucho menos aunque sus víctimas sean muchas más. Mientras la entrada en prisión del delincuente de Ciudad Lineal se nos presentaba como un éxito policial y un alivio social, la entrada en prisión de otro pederasta igual de dañino, si no más, se pretendía que pasara desapercibida.
La diferencia es que este pederasta es profesor de un colegio católico, uno más, mientras que el otro es un delincuente común sin vínculo alguno con ninguna institución de poder ni vínculo alguno tampoco con las niñas. Lo cierto es que en esta sociedad la pederastia es considerado un delito repugnante…, pero menos. En realidad, es un delito relativamente frecuente, convivimos con él desde hace siglos en los colegios, en los equipos deportivos, en las familias, en cualquier situación en la que haya niños y/o niñas y hombres con poder sobre ellos/as. Porque la pederastia es un comportamiento estrechamente vinculado con cierto tipo de poder, es imposible que se dé entre iguales. Los pederastas son personas que están siempre en posición de poder sobre niños y niñas; por el hecho de ser adultos, sí, pero no sólo. Al poder que otorga el ser adulto, se le suele sumar una posición de autoridad, de afecto, de clase. El caso del pederasta accidental que no conoce a sus víctimas, como el de Ciudad Lineal, es una rareza y es, además, el menos peligroso. El pederasta de Ciudad Lineal atacó a las niñas una vez y no las volvería a atacar aun cuando no le hubieran capturado. Éstas podrán así recuperarse y volver a sus vidas.
Por el contrario, la mayoría de los pederastas son personas que tienen relaciones previas con los niños/as, ya porque son sus familiares (padres, tíos, abuelos) o porque son profesores o sacerdotes que se relacionan con ellos en virtud de su trabajo o cargo. En estos casos, los más frecuentes, podríamos decir que el delito es aun peor porque el delincuente es una persona a la que se le ha confiado el cuidado de los niños o niñas de los que abusan. Y además, el abuso suele prolongarse durante años, provocando un trauma irreversible. Según los datos, es frecuente que una de cada cuatro niñas sufra abuso sexual en la familia. Sin embargo, no vemos que este dato terrible esté todo el día en las noticias. Estos abusos que son, en realidad, fruto del patriarcado, de una masculinidad dominante, no igualitaria y, por lo general, misógina, no interesa difundirlos porque son casi estructurales.
Cuando el delito se comete en la familia, en una institución educativa o religiosa, no suele dársele ni de lejos la misma cobertura que se ha dado a este caso de Ciudad Lineal. No es fácil ver la cara de un sacerdote pederasta en todos los telediarios, aunque haya abusado de muchos niños o niñas. No es lo habitual que nos cuenten los pormenores de su detención, ni detalles acerca de la manera en que cometía los abusos. Y eso en el caso de que se le detenga y vaya a prisión porque recordemos que hasta hace bien poco el castigo del sacerdote pederasta se dejaba en manos de su superior eclesiástico, que solía limitarse a cambiar al delincuente de parroquia, es decir, cambiarlo de niños. Aunque es bien conocida la protección que la Iglesia ha prestado a los pederastas que hay en sus filas, lo cierto es que muchas denuncias llegaban a la justicia civil que no parecía tampoco interesada en montar operaciones de captura similares a las que hemos visto en el caso de Ciudad Lineal.
Los casos de padres, abuelos, tíos o hermanos que abusan de niñas o niños y que hemos visto que son frecuentes, tampoco generan alarma social y las penas, cuando se producen, son escandalosamente bajas. Y eso aunque el daño es enorme, mayor que el que se pueda producir en cualquier otro ámbito. Por poner un ejemplo, hace muy poco un hombre era condenado a cuatro años de cárcel por abusar de su hija de tres. Así que no podemos decir que nuestro sistema penal o judicial esté muy preocupado por la pederastia ni que monte dispositivos de persecución y captura cada vez que le llega una denuncia. Más bien podemos decir que existe lo contrario, cierta tendencia a ocultar y minimizar el delito.
La razón es que la pederastia está muy ligada a determinadas instituciones tradicionales y patriarcales como la(s) iglesia(s) o la familia, muy queridas por el poder; instituciones que son la base de eso que los conservadores identifican como “la sociedad”. La razón es que la mayoría de los pederastas son ciudadanos bien integrados en un sistema patriarcal que tiene en la iglesia, en la escuela católica y en la familia tradicional instituciones muy queridas. Al sistema le cuesta reconocer que el horror, la crueldad y la violencia pueden anidar en el interior de sus más queridas instituciones. Si se trata de sacerdotes, ya lo hemos visto, el poder eclesiástico les protege; los muchos padres, tíos o abuelos que son violadores de sus propias hijas o sobrinas son escondidos y las penas son bajas. (Por cierto que las menores violadas y embarazadas por su padre, su tío, su abuelo… ¿a quién tienen que pedir permiso para abortar?).
Un pederasta que es un honrado padre de familia aquí pero que dedica sus vacaciones en Tailandia a violar niños o niñas, es muy posible que ni siquiera sea considerado un delincuente en su país. En este caso, cada vez más frecuente, son muchas las voces que legitiman su acción en base a que por medio hay dinero. Es otro caso de legitimación social por medio del contrato capitalista; no importa la desigualdad de poder económico, de poder social, de poder personal entre la niña o adolescente asiática y el turista europeo. Es un contrato y en la sociedad neoliberal el contrato, da igual en qué condiciones se acuerde, es sagrado. Estamos acostumbrados también a que un hombre poderoso por la razón que sea, por ser famoso, rico o intelectualmente respetado, pueda desacreditar con mucha facilidad el testimonio de la víctima y no sufra ningún percance. Lo hemos visto con entrenadores, con intelectuales, con deportistas… La sociedad se pone de parte del pederasta y no de la víctima.
El pederasta de Ciudad Lineal no abusó de las niñas desde ninguna institución respetada, ni él mismo era rico o poderoso, así que nadie puso en duda el testimonio de las víctimas y se le pudo convertir en un enemigo público muy peligroso frente al que demostrar la eficacia policial. Pero no nos olvidemos, para tenerlo en cuenta en otras ocasiones, que la pederastia en sí es un delito del poder y como tal suele ser tratado. Es decir, según convenga.

Beatriz Gimeno.- Activista lesbiana y feminista, escritora (de novela, ensayo y poesía) y bloguera.




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