viernes, 26 de diciembre de 2014

Feliz año de cambio

Que la indignación se convierta en rabia, que la rabia nos lleve a las urnas y con los votos hagamos desaparecer a los políticos que han permitido este estado de cosas


La semana pasada volvía a Madrid en avión y, por la razón que fuera, tuvimos que dar unas vueltas antes de tomar tierra. Mirando por la ventanilla, a esa altura en la que se ven los huesos y las venas de las ciudades, e incluso se distinguen los coches, lo que se distinguía muy claramente era una línea de cemento que como un río tranquilo se delineaba al lado de las autopistas atestadas. Una línea larga, ancha y completamente vacía que discurría en muchos tramos paralela a la otra vía llena de coches. Y al final de ambas esperaba el atasco de entrada a Madrid en hora punta. Era evidente que nadie iba a pagar por llegar un poco antes al atasco de entrada, era evidente que las radiales de pago iban a ser un fracaso, era evidente que se hicieron no por necesidad, sino por la razón por la que en España se vienen haciendo las obras públicas desde hace mucho, por dinero: dinero que se va distribuyendo por medio de comisiones entre muchos actores opacos, dinero de sobreprecios, dinero del rescate con intereses que se pacta desde el comienzo de la obra. El final es ya conocido: la obra es un inmenso fiasco, pero no importa porque los que hacen negocio se han enriquecido un poco más y porque al final el fiasco lo pagamos nosotros y nosotras.

Lo hemos visto con auditorios enormes vacíos e innecesarios, autopistas, hospitales que no sirven, aeropuertos, estaciones de tren, edificios mastodónticos o almacenes de gas que provocan terremotos. Siempre hay dinero para construir lo que no hace falta, lo que nadie quiere, lo que es peligroso o contaminante; y hay dinero también, lo que sea necesario,  para tratar de reconstruir el desaguisado o, simplemente, para devolvérselo a quienes antes lo han tirado, y lo han tirado porque saben que llegará más.  2400 millones de euros es lo que nos quitan para dárselo a los dueños de unas autopistas que cualquier persona normal hubiera predicho que iban a ser un desastre. Pero eso no importa porque ese es el verdadero negocio de estas obras inútiles, faraónicas, carísimas e innecesarias: el rescate. Que se lo digan a Florentino Pérez, que al final va a recibir 4000 millones entre devolución más los intereses de su proyecto de almacén de gas Castor. Todo para el pueblo, Todo el poder para los soviets, Power to the people… A estos lemas históricos habría que sumar otro, el de la revolución neoliberal, uno que se cuidan de ir gritando por las calles pero que se  saben de memoria en los despachos: "Todo el dinero para los ricos".  Lo bueno es que ya nos vamos dando cuenta de que ese "todo" se refiere a nuestro dinero; es decir, al que se destinaba a pagar aquello que necesitamos para poder vivir: la sanidad, la educación, los servicios sociales, los transportes, la energía, todo lo que es o debería ser común.

El mismo día en que yo aterrizaba en Madrid y veía desde arriba ese inmenso timo, perpetrado entre otros por quien ahora se postula para alcaldesa de Madrid, los enfermos de hepatitis C se encerraban en el hospital 12 de octubre para pedir que se les administre un medicamento que les puede salvar la vida. Los habituales defensores de la vida embrionaria y fetal, en cambio, no tienen opinión sobre las vidas de estas personas que están condenadas a morir porque los ricos, las farmacéuticas en este caso, han puesto un precio absurdo, desorbitado y criminal a un medicamento; y también porque los políticos que nos gobiernan, y que son los que supuestamente velan por el bien común, solo velan, en realidad, para detraer dinero público y enviarlo a los bolsillos de quienes más tienen, y no para distribuirlo, faltaría más, en las necesidades de la gente, aunque sean necesidades vitales.  

Ya sé que la mayoría de los que leemos este diario lo sabemos; ya sé que mucha gente lo sabe aunque no debe saberlo la suficiente puesto que los políticos que nos han hecho esto siguen sacando cotas inexplicables de votos. Por eso no podemos dejar de insistir, de golpear la misma piedra hasta que la piedra se haga añicos. Repitan conmigo: 1350 millones de euros al proyecto Castor (al final serán 4000 millones); 2400 millones de euros a las innecesarias autopistas de  peaje; 3000 millones regalados a las empresas eléctricas porque sí; 100.000 millones (o más)  a bancos y cajas de ahorros, a los de las tarjetas black, a los de las preferentes, a los estafadores de jubilados y de pequeños ahorradores. Y esto son solo las cifras más llamativas, las otras, las que hablan de millones de euros diseminados en proyectos o negocios que significan dinero público que se detrae de nuestras vidas para acabar en los bolsillos de alguien… esos son literalmente innumerables; la última semana, por ejemplo,  una imprescindible Torre del Vino por más de 4 millones de euros en Socuéllamos y que no va a visitar nadie (podéis llamarme vidente). Una obra inaugurada por la misma Cospedal en cuya comunidad los enfermos mueren en los pasillos porque el dinero para cuidarles ha ido a la torre del vino, a muchas torres y a unos pocos bolsillos.  

En los pasillos del hospital 12 de octubre los enfermos y las enfermas de hepatitis C y sus familiares esperan con la angustia de los condenados a muerte un medicamento que les salve la vida. Estas personas no han robado a nadie, no se han enriquecido a costa de nadie, sino que son las víctimas de los robos de otros.  Pensemos por un instante en un sistema que pone un precio de 25.000 euros a un tratamiento médico y que, en cambio, pone un precio de cero euros a la vida humana. Pensemos en unos supuestos representantes públicos que hacen lo contrario exactamente de lo que la gente quiere que hagan, que gestionan lo que es de todos de manera que acabe en los bolsillos de muy pocos. Sigamos repitiendo las obviedades porque no deben ser tan obvias cuando tanta gente aún no lo acaba de tener claro. Sigamos dando y dando a la piedra hasta que no quede piedra donde dar.

Os deseo a todos y todas, y deseo para mí misma, un año 2015 de cambio; que la indignación se convierta en rabia, que la rabia nos lleve a las urnas y con los votos hagamos desaparecer a los políticos que han permitido este estado de cosas. Y que a los ladrones y a los corruptos se les pueda juzgar y castigar. Que nuestro deseo de cambio nos convierta en la fuerza imparable que necesitamos para recuperar la vida que nos roban.


Beatriz Gimeno .-    Activista social, feminista, por la diversidad sexual y por los derechos de las personas con discapacidad. Ha publicado dos libros de relatos, dos novelas, tres ensayos y dos poemarios. Escribe habitualmente en elplural.com, elciudadano.cl, pikaramagazine.com o eldiario.es, así como en otros periódicos y revistas.

Fuente: Eldiario.es 

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