lunes, 16 de marzo de 2015

Andalucía



Javier Valenzuela

Los del Sur estamos acostumbrados a que los del Norte se burlen de nosotros y nos estigmaticen como perezosos, pícaros, exagerados, graciosos profesionales, adictos a la mamandurria y otras lindezas semejantes (se podría decir algo parecido en la relación Occidente-Oriente). Los del Norte han llegado a la conclusión de que el haber acumulado capital en un determinado momento histórico y por unas determinadas razones históricas, es una prueba de su superioridad (racial, nacional, religiosa, ideológica…).

Limitan la epopeya de la humanidad a los últimos tres o cuatro siglos y se olvidan de que su vanguardia estuvo antes en Babilonia, Persia, Egipto, Grecia, Roma, China, los imperios maya y azteca, Damasco, Bagdad, Sevilla, Córdoba, Granada, Florencia, Venecia…

Y ni se les pasa por la cabeza la idea de que lo actual no es lo definitivo. Creen, con la misma fe que el descerebrado del ISIS cree en todo lo que le diga su jefe, que la caída del Muro de Berlín y la hegemonía del capitalismo financiero septentrional es el hegeliano Fin de la Historia. ¡Pobrecillos! 

Los andaluces, para limitarnos a España, estamos acostumbrados a que nuestro modo de hablar la lengua de Cervantes sea motivo de risa (aunque esté en sintonía con la mayoría latinoamericana de castellanohablantes) y a que los lastres estructurales de nuestra tierra no sean interpretados como las consecuencias de una situación semicolonial de varios siglos de duración, sino como la prueba de una vicio trascendente de nuestra identidad.

Y así muchos del PP, CiU y, ahora, Ciudadanos, esa marca blanca para que los conservadores sigan votando conservador sin demasiada vergüenza, sueltan cada dos por tres gilipolleces como: “Hay que sacar a Andalucía del pelotón de los torpes” (Rafael Hernando); “Mientras en Cataluña se hacía la revolución industrial, otros pastoreaban cabras” (Francesc Homs) o “Quiero enseñar a pescar a los andaluces” (Albert Rivera).

La cosa es aún más grotesca cuando un individuo tan moralmente podrido como Monago, aquel que iba a Canarias a pasárselo bien con su amante a costa del contribuyente, intenta hacer risas con unos dibujos animados que pretenden demostrar la superioridad de los extremeños sobre los andaluces tan sólo porque están un poquito más arriba en el mapa. Cosas veredes, amigo Sancho….

Déjenme decirle una cosa al tal Monago. Andalucía arranca en el Rastro de Madrid y termina en Tombuctú. Eso si lo medimos a lo largo, porque, si lo medimos a lo ancho, arranca en Orán y termina el El Algarve y, muy probablemente, en La Habana y más allá. No hablo de una Andalucía política o administrativa –que no se asuste nadie–, sino de ese estado de espíritu, de ese modo de vivir lo local en lo universal, esa cultura mestiza e inconfundible que aparea el Sur con el Norte y el Este con el Oeste, que define lo andaluz. Así que, “señor” Monago, cuando un extremeño tira piedras contra un andaluz, lo hace sobre su mismo tejado.

Ni que decir tiene que los empresarios alemanes dicen maravillas de la laboriosidad y disciplina de sus trabajadores turcos, griegos, italianos, españoles y portugueses. Aunque sea en la intimidad, cuando no les está grabando un reporterucho del Bild. Y lo mismo podría decirse de los empresarios catalanes cuando hablan de sus asalariados andaluces, murcianos o extremeños. Pero los políticos derechistas alemanes, al igual que sus compinches vascos, catalanes y madrileños, saben que puede ganarles votos eso de apelar a la “idea” de superioridad ontológica de los suyos frente a los emigrantes meridionales.

Sí, lo sabemos, un desdichado trabajador alemán (o francés o catalán) puede sentirse muy de la Tribu Superior con esa basura ideológica.Hasta puede estar dispuesto a consentir rebajas salariales, recortes sociales y pérdidas de libertades y derechos si a él se le sitúa, aunque sólo sea retóricamente, en el seno del Pueblo Elegido. La naturaleza humana es así: puede aceptar pérdidas objetivas a cambio de compensaciones subjetivas. Les pasó a los trabajadores alemanes con Hitler (quizá les está ocurriendo de nuevo con Frau Merkel), podría pasarles a los franceses con Le Pen… and so so

Esto, permítanme que les diga, sí que es populismo y no lo que se ahora se asocia con reivindicar unos mínimos de libertad, igualdad y fraternidad. Populismo, disculpen si me equivoco, es apelar a los más bajos instintos de la plebe usando entelequias como la raza, la nación o la religión.

La España nacional-católica (y sus parientes catalanes, tanto monta, monta tanto) no acaba de entender lo que es Andalucía. Sigue exhibiendo una mentalidad de ocupante cortijero: el señoritismo bético, el paletismo penibético que fusiló a Lorca. Por eso se estrella electoralmente una y otra vez cuando viene con monsergas de manualillo neoliberal elaborado por un becario de una Escuela de Negocios sobre la vagancia y el subsidio.

La mayoría de los andaluces curramos como el que más y nos encantaría vivir en un mundo de verdadera igualdad de oportunidades. Pero también, damas y caballeros –reconocerán la generosidad del tratamiento, ¿no?– del PP, CiU, Ciudadanos y demás empleados de la banca, creemos en la justicia y la fraternidad.

Somos mestizos, no pura sangre; hijos, nietos y bisnietos de íberos, tartesios, romanos, vándalos, godos, árabes, persas, bereberes, castellanos, gallegos, ingleses, franceses… Y sí, jódanse, nos gusta cantar mientras trabajamos. 

Fuente: infoLibre, 11 Marzo 2015




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