lunes, 27 de abril de 2015

MARCADO POR LA MALA VIDA



Luis García Montero.- Entró la desgracia en la familia cuando el abuelo Juan abandonó a su mujer y a su descendencia. Fue el anuncio de una nube oscura que cruzó el cielo en forma de destino. No tardó mucho en volver a llover de mala manera. El padre cumplió siete meses de cárcel por deudas y convirtió los barrotes y las cadenas en una herencia.

El protagonista de nuestra historia tuvo que lidiar con la justicia desde muy joven. Pero su primer delito grave lo cometió a los 22 años, cuando hirió a un hombre. Huyó de España para evitar el castigo, buscó acomodo en la Roma de los césares y los pontífices, encontró amparo en el ejército y libró batallas importantes que lo dejaron manco.

Otro golpe de fortuna volvió a conducirlo al cautiverio. Preparó algunas fugas que resultaron fallidas. Una mala lengua corrió la noticia de que la vida amable en la prisión se debía a tratos pecaminosos con uno de sus carceleros. Recobró la libertad gracias a la ayuda de su familia o a una suma de dinero conseguida con relaciones poco decentes.


Probó fortuna en la literatura y en la vida, publicó libros, se casó, decidió repetir la aventura del abuelo Juan, dejó el hogar y desempeñó el oficio de recaudador de impuestos por los caminos del sur. Fue excomulgado, dio con sus huesos en la cárcel, recobró la libertad, volvió a entrar en prisión, volvió a salir a la calle y sobrevivió en un ambiente de modestos escándalos y de mala fama, ese rumor picante que arrastraban sus hermanas, sus sobrinas y una hija natural que había decidido imitar la suerte de las mujeres de la familia. Un crimen perpetrado cerca de su casa le costó el último enredo serio con la justicia.

Penosos antecedentes familiares, deudas, rumores malintencionados, fracasos en las aspiraciones cortesanas, celdas y jueces soberbios caracterizaron su vida. Los partidarios de la mano dura y de no permitir las segundas oportunidades encontrarían hoy en Miguel una víctima propicia. Su historia hubiese servido para criminalizar la pobreza y convertir el pensamiento disidente en un problema de orden público.

Pero la historia sucede con frecuencia como un acontecimiento irónico, el mito y el olvido se dan la mano. Los muertos se ríen de los vivos en cuanto se les ofrece una oportunidad. Nuestro personaje es hoy respetado por los académicos, aplaudido por los reyes, celebrado por los ministros, citado en los discursos políticos y estudiado en los colegios.

Entre agobio y agobio, celda y celda, escándalo y escándalo, acertó a escribir a los 58 años uno de los libros más importantes de la literatura universal, ganando así la partida a las convenciones más que a la desgracia. En cualquier caso, el éxito de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no carece de chiste o ironía. Los personajes literarios también aprovechan la oportunidad que dan los lectores para reírse de sus padres. Marcado por una realidad más que dura, Cervantes quiso denunciar la mentira y la grandilocuencia de una España que había convertido los valores tradicionales en una gran farsa. Por eso imaginó las aventuras de un loco, tan humano como ridículo, que se empeñaba en vivir a destiempo el mundo de las novelas de caballería. Lo que necesitaba la vida española era lo contrario, un comportamiento alejado de los códigos de la Iglesia, la superstición y el feudalismo.

La posteridad lo hizo célebre, pero lo traicionó con su personaje. En los elogios se aplaude la fuerza del soñador, la audacia del héroe que ataca a los gigantes y libera a los bandidos, a los que confunde con pobres víctimas de la injusticia. Cervantes, sin embargo, quería un mundo humanista en el que los molinos fuesen molinos de viento, los bandidos fuesen bandidos y los locos no se convirtieran en un modelo social. Su fama póstuma lo ha empujado a la orilla contraria. Hay más quijotistas que cervantistas. España no es país de discursos serios y meditados, sino de locuras simpáticas. Es el lugar que nos ha reservado la civilización.

Los que somos cervantitas nos alegramos de que la vida le diese a Miguel de Cervantes la oportunidad de escribir y de superar las malas andanzas del destino. Sentimos también una ternura suave por el personaje. Pero, sobre todo, levantamos la copa por el autor cada 23 de abril. 






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