jueves, 28 de enero de 2016

De cómo conseguir un gobierno de izquierdas que no acabe en fracaso.


Eberhard Grosske

Eberhard Grosske | 27 Gener, 2016 21:25

¿Os habéis fijado en que la oferta de Podemos para constituir un gobierno de izquierdas ha tenido el efecto paradójico de  desencadenar un redoblado torrente de enfrentamientos verbales entre Podemos y el PSOE? Pues os hago un pronóstico: si ésta va a ser la dinámica del futuro gobierno, la cosa va a acabar como el rosario de la aurora  y este gobierno se convertirá en la mera antesala de un retorno triunfal del Partido Popular.

Yo soy de los muchos que quieren que lo que surja del 20D sea un gobierno progresista aunque sé que el que se vaya a formar necesariamente estará lejos de mis deseos y mis pretensiones. Estoy a favor y creo que, como bien explican Garzón y Cayo Lara, UP debe facilitarlo.

Sin embargo, no soy de los que impulsan este gobierno generando expectativas excesivas sobre lo que puede llegar a hacer y fingiendo ignorar que estas expectativas, por excesivas, van a ser necesariamente frustradas. Quienes así actúan lo hacen cayendo en la demagogia y con intenciones electoralistas bastante fáciles de descubrir. Purita vieja política.

En todo caso, la cruda realidad es que el voto emitido por la ciudadanía hace un mes es un voto complejo y ambiguo que sí puede permitir constituir un gobierno alternativo al PP pero que, por sus menguados apoyos parlamentarios y por sus propias discrepancias internas, en modo alguno estaría en condiciones de  llevar a cabo reformas constitucionales ni implementar un programa de reformas en profundidad que pudiera durar toda la legislatura.  
No es algo que sea fácil evocar porque es mucho más simpático intentar embriagar a la ciudadanía con una retórica hueca, pero lo cierto es que el PSOE no comparte las ansias de cambio  que caracterizan a UP, a una parte importante de Podemos y a una parte aún mayor de las candidaturas de confluencia en ámbitos  tan sensibles como la política europea, la exterior, la económica y la laboral. Estas diferencias se hacen aún mayores si tenemos en cuenta a otros grupos parlamentarios de derecha nacionalista cuya complicidad es necesaria para constituir el gobierno  y  mucho mayores aún  si incluimos temas como la convocatoria de referéndums de autodeterminación.

¿Quiere eso decir que haya que bajar los brazos y dejar gobernar al PP? En lo absoluto: quiere decir que hay que hacer un gobierno honesto, que no genere  más expectativas de las que pueda satisfacer y cuyo balance genere satisfacción en vez de generar frustración y un espectáculo de parálisis y de confrontación  permanente entre sus miembros.

¿Cómo conseguir la cuadratura del círculo en torno a esta cuestión? Pues, a falta de otras soluciones a las que me sumaría encantado, constituyendo un gobierno autolimitado a la inmediata adopción  de una serie de medidas básicas que tienen un respaldo social muy mayoritaria y relativas a calidad democrática, políticas sociales y laborales y profundización del autogobierno para, a continuación, y en el término de un año aproximadamente, disolver las cámaras y convocar nuevas elecciones.

Está muy lejos de ser una solución ideal y, por supuesto, está tan lejos de la dinámica partidista al uso que la considero prácticamente imposible, pero no por ello deja de parecerme la más sólida, la más transparente, la más viable, la  más adecuada al mensaje emitido por  la ciudadanía el 20 de diciembre y, sobre todo, la que mejor podría ser la antesala de gobiernos de cambio más ambiciosos en vez de ser, como decía al principio,  una etapa transitoria antes del regreso triunfal de la derecha

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