jueves, 18 de febrero de 2016

La peste de la corrupción y el gobierno de progreso

Cuarto Poder
Esta semana seguiremos estando entre el ruido mediático de las declaraciones políticas y las prisas para poder llegar con los deberes y las cuentas hechas a la sesión de investidura. Para no perdernos conviene disponer de una guía de las claves que pueden acabar determinando las decisiones que afecten al país y a la ciudadanía.
Los resultados de las elecciones generales del 20 de diciembre (20-D) ofrecen una relación de fuerzas de difícil encaje para formar gobierno. Parece la maldición del bipartidismo. Somos un país en el que no hay ninguna tradición de coaliciones estatales debido al turnismo. Sin embargo, sí existe la costumbre de pactos autonómicos porque la norma electoral permite más pluralidad. A nivel del Estado se ha abusado de las mayorías absolutas para imponer el rodillo parlamentario y romper las reglas de juego. Esta es la herencia de la legislatura del PP. Por ello, es probable todo: que se dilate el tiempo para intentar formar gobierno, que sea precario y con poca capacidad de tomar decisiones, o que no se pueda constituir. Pero no hay que afligirse. Hay precedentes que indican que se puede vivir en un país sin gobierno, como es el caso de Bélgica que ostenta el récord en 589 días y las cosas no fueron a peor. Siempre nos quedará el consuelo de no volver a vivir la experiencia de la anterior legislatura, cuando cada viernes nos regalaba el consejo de ministros presidido por Mariano Rajoy un paquete de recortes sociales y de derechos. Eso que nos ahorramos.
Aunque la política no es una ciencia exacta, la avalancha de corrupción va despejando el panorama. De los cinco escenarios que podía haber hace un mes hemos pasado a dos: gobierno de progreso o nuevas elecciones. Ha quedado descartada la gran coalición propuesta por el PP y Ciudadanos (C’s). Este país no es Alemania (según el CIS solo un 5% la apoyaría) y sería la pasokización del PSOE. Por eso, uno de sus principales valedores, Felipe González, ha tenido que dar marcha atrás, por ser inviable a corto plazo.
Tampoco es posible un gobierno del PP: Rajoy ni siquiera lo ha intentado, ni se ha propuesto otra candidatura para facilitarlo. Mariano Rajoy está políticamente muerto si para gobernar necesita primero el fracaso del PSOE y luego su abstención. Pero, sobre todo, lo que impide estas fórmulas es la gran explosión de la corrupción en el seno del PP. Ha supuesto decenas de imputados, la dimisión de Esperanza Aguirre, y ha colocado en la picota a Barberá y al mismo Rajoy. Ante tamaña peste no sirve de nada la campaña del miedo que se quería lanzar con Cataluña y los mercados.
Deja también sin argumentos a esos barones del PSOE que en última instancia no descartaban abstenerse con el PP antes que gobernar con Podemos. Un gobierno PSOE-C’s no es viable porque no tendría mayoría, no sería de progreso, y porque C’s, haciendo de caballo de troya del PP, no lo quiere sin ellos. Por último, es un error que el PSOE insista en la suma PSOE-Podemos-C’s, que son inmiscibles como el agua y el aceite en un mismo gobierno.
Parece que se abre camino la posibilidad de un gobierno de progreso. Lo podrá haber si PSOE, Podemos, Izquierda Unida, Compromís y otros van en serio. Frente a las presiones de sus barones, Pedro Sánchez ha estado firme a la hora de intentar buscar un acuerdo y que este sea consultado a las bases. Podemos, que es la otra pata decisiva, parece que ha suavizado sus posiciones al ser consciente de que hay una demanda social de pacto y de no repetir elecciones. Un gobierno de progreso, además de desalojar al PP, debería de servir para desarrollar un plan de rescate ciudadano contra el paro, la pobreza y los desahucios; la derogación urgente del artículo 315.3 del Código Penal y de leyes como las de reforma laboral y de pensiones, la LOMCE y la ley mordaza; un plan de lucha contra la corrupción y abrir el melón de la reforma de la Constitución que, entre otras grandes cuestiones, aborde un nuevo modelo territorial que asegure la pertenencia voluntaria al Estado español.
El recurso a la campaña del miedo por Rajoy y las delirantes declaraciones de Fernández Díaz, relacionando un gobierno de cambio con ETA, expresan su temor a esta hipótesis. Claro que hay dificultades objetivas, pero los problemas para un gobierno de progreso tienen el tamaño que les queramos dar y el esfuerzo ha de ser grande para superarlos. Debe intentarse porque es una urgente demanda social y también por solidaridad con los gobiernos de progreso que hay en Europa. Si se alcanza un acuerdo de gobierno, habrá que emplearse a fondo en demostrar que la izquierda es eficaz gestionando los intereses de la mayoría social.
El último escenario es un adelanto de elecciones. Ante esta posibilidad, se producirá una carrera para cargarse de razón. Todos los partidos intentarán responsabilizar a sus adversarios de una cita electoral que no sería bien recibida por el electorado y que indudablemente pasaría factura. Dicho de otra manera ¿quién se come el marrón si hay que volver a las urnas esta primavera? Las encuestas de opinión penalizan al PP, por hacer de perro del hortelano, cuando pensaba robarle votos a C’s por aquello de la utilidad. Parece que mejorarían algo PSOE y Ciudadanos al aparecer como los que más intentan la investidura. No parece que Podemos pueda crecer mucho, a no ser que demuestre su voluntad sincera de propiciar un acuerdo de progreso y no otra cosa; además, se vería obligado a renegociar las confluencias cuando Ada Colau está montando su propio partido y podría haber dificultades con Compromís. Pero todo puede modificarse en días y la realidad es que a nadie le debería interesar el adelanto. El único elemento de cambio sobre un panorama de repetición matizada de resultados sería que Podemos e Izquierda Unida volvieran a pensar si unen y optimizan sus votos para lograr el sorpasso al PSOE y transformar profundamente el panorama político.
Me contaba un amigo americano que durante la primera campaña en favor de Obama, había voluntarios que iban a las casas de los barrios más humildes con el siguiente discurso: “Las elecciones son muy decisivas y su voto muy importante, está mucho en juego y no se puede perder la oportunidad de cambiar. Pero hay que hablar claro: los demócratas no van a hacer nada, pero si siguen los republicanos las cosas seguirán empeorando y no nos lo podemos permitir”. Casi nos podría servir, con una diferencia: nosotros necesitamos recuperar derechos y libertades arrebatadas estos cuatro años y poner la política y la economía al servicio de la mayoría. Esa es la voluntad del 20-D.

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