jueves, 27 de octubre de 2016

Venezuela: desesperada arremetida golpista.

Por Ángel Guerra Cabrera.- Las marchas opositoras en Venezuela de los últimos días forman parte de la estrategia golpista de la contrarrevolución, mantenida con distintos grados de intensidad desde el primer intento fallido de abril de 2002. En este momento, todo indica que presionada por Estados Unidos, la derecha le ha cargado la mano y la velocidad a la ruta golpista y sus personeros más connotados que no lo estaban, se han corrido junto a los de posiciones más extremas que buscan un baño de sangre pinochetista.
El imperio, después de apoderarse del gobierno en Argentina y Brasil, parece tener prisa por liquidar el bastión antimperialista y la gran carga simbólica de la Revolución bolivariana.
Lo demuestra la desfachatez con que los cabecillas opositores se han desdicho del acuerdo de horas antes con el enviado personal del Papa Francisco Emil Paul Tscherrig, Nuncio Apostólico en Argentina, de iniciar un diálogo con el gobierno.  Más grave, por la reunión que el pontífice sostuviera en el Vaticano con el presidente Nicolás Maduro, quien ha venido insistiendo en el diálogo político como única salida a la actual situación en Venezuela. Maduro vio al Papa al regreso de una gira por Medio Oriente para apuntalar el esfuerzo de los países OPEP y no OPEP por estabilizar los precios del crudo, cuya caída es la principal causa de las dificultades económicas de Venezuela, junto a la guerra de los grandes capitales locales e internacionales.
Parte de la estrategia golpista de la derecha desde que ganó las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 ha sido también la conducta inconstitucional de su mayoritaria bancada en la Asamblea Nacional (AN). Esta decidió el fin se semana abrir juicio político contra el presidente Nicolás Maduro. Nuevo atropello a la Constitución, que no le otorga esa facultad a la AN, declarada, además, en desacato desde el 1 de agosto por el Tribunal Supremo de Justicia, por lo que todas sus decisiones adolecen de nulidad.
Asistimos a otro intento de insurrección contrarrevolucionaria que en esta ocasión utiliza como pretexto la posposición por el Consejo Nacional Electoral de la segunda fase de recolección de firmas para la eventual activación del referendo revocatorio. Cabe destacar que la posposición obedece a un sinfín de prácticas fraudulentas observadas en las rúbricas, como las de miles de fallecidos.
Enloquecida con su primer triunfo electoral, la oposición llegó a prometer a sus seguidores que saldría de Maduro en tres meses. Consideraron caminos inconstitucionales: pedir la renuncia del presidente, una reforma constitucional para acortar su período de mandato, anular la elección debido a su supuesta nacionalidad colombiana, enjuiciarlo o declararlo incapacitado. Así pasaron cuatro meses en los que el chavismo no perdió un minuto para montar su contraofensiva y recuperar la iniciativa. La derecha vino a decidir por la opción del referendo revocatorio a fines de abril.
Ya era muy tarde para lograr su exigencia de que la consulta se realizara este año, pues el proceso establecido para activarlo toma más de 260 días. Así que puso esta carta sobre la mesa a sabiendas de que únicamente sería viable si se violentaba la legalidad y apostó, como siempre ha hecho, a exigirlo con el apoyo de Estados Unidos y sus gobiernos más incondicionales.
La razón es que si el referendo se realizara el año próximo, aun suponiendo que lograran revocar al presidente Maduro, lo que procedería constitucionalmente es que la jefatura del Ejecutivo sea asumida por el vicepresidente, cargo que, por ser designado por el presidente lo ocuparía un, o una chavista.
En política no se puede ir nunca más allá del punto en que se encuentra la correlación de fuerzas y aunque la derecha ganó las elecciones, en parte lo hizo con votos prestados de chavistas o personas sin militancia; disgustadas sí, pero que no comparten la agenda golpista y promotora de la intervención extranjera de la contrarrevolución.
La situación económica y alimentaria en Venezuela tiende a mejorar y la derecha no ha podido superar al chavismo en la pugna por la calle ni cuenta con las fuerzas armadas. Estas palabras de la mexicana Alicia Bárcenas, directora de la CEPAL, dicen mucho: Venezuela “no está en una crisis humanitaria, definitivamente no, hay que tenerlo claro. Hay escasez de ciertos productos y tensión política, pero Venezuela tiene todavía muchos elementos para ser un país… económicamente pujante y está haciendo esfuerzos para diversificar su matriz productiva".
P.D. Ni Estados Unidos votó a favor del bloqueo.
Twitter:@aguerraguerra

Esta vez no tendrán una izquierda de orden

eldiario.es
 
Lo que conocemos vulgarmente como política no es otra cosa que un gran escenario teatralizado donde se suceden los personajes, las máscaras, los relatos y tantos otros componentes de la interpretación. En ese escenario cobran especial importancia los discursos, la retórica, las habilidades de unos y otros para seducir o para hacer reír y llorar; para ganarse al público, en definitiva. En ese plano todos parecen iguales -pues todos juegan a lo mismo- aunque el guión otorgue papeles desiguales. Y siempre hay oportunidad para los giros argumentales en esta obra sin fin. Si el espectador se despista, todo lo que ve le parecerá real y sincero y no percibirá que es, en realidad, un escenario.
Partido Popular y Partido Socialista son dos de esos personajes. Sus papeles son polifacéticos y controvertidos pero se reconocen mutuamente como perfectos antagonistas. Y es precisamente ese rol, el del antagonista, el que ha nutrido de coherencia, y de seguidores, a ambos personajes. Sin embargo, un fino analista siempre habrá de mirar hacia los bastidores, pues nunca es oro todo lo que reluce.
Tras la crisis económica de 2008 una contradicción emergió sobre el sistema político español. La costura de la bambalina se resquebrajó, y la obra de teatro colapsó parcialmente. Los espectadores empezaron a ver lo que había detrás. Tras el 20 de diciembre de 2015 la presión se focalizó sobre el PSOE, ahora necesitado de ciertos giros argumentales para no revelar su verdadera naturaleza, esto es, para no reconocer que estaba actuando, que era un personaje. Pero diez meses más tarde, el 23 de Octubre de 2016, el PSOE tiró la toalla. Definitivamente, dijo, era imposible encontrar un nuevo papel como protagonista principal.
Erraríamos el tiro si así creyésemos que hablamos sólo de una cuestión literaria. En sus análisis de la coyuntura política francesa del siglo XIX, un lúcido Karl Marx defendió que la política es representación, escenario de interpretación, como contracara de lo que sucede en la base material de la sociedad. Los partidos políticos se disputan su base social en torno a discursos y representación, pero tienen una correspondencia con lo que sucede en la realidad material, esto es, en la economía. Marx negó que existiera una correspondencia exacta, así que hoy en día el PP no sería exactamente el partido de los grandes empresarios como tampoco el PSOE lo sería de los trabajadores. Las cosas son más complicadas.
El personaje del PSOE ha tenido desde siempre un papel de defensa de los trabajadores, y esto le ha permitido despertar las simpatías de una base social muy amplia en el sector de la izquierda sociológica. Pero cuando el espectador comprueba que detrás de bastidores lo que hay es una incongruencia, una contradicción, con lo que él veía y escuchaba, una crisis particular emerge. Así sucedió en mayo de 2010, con los recortes de Zapatero; en agosto de 2011, con la modificación de la Constitución; y ahora en octubre de 2016 con la investidura a Rajoy. El desgaste es progresivo, y sin embargo rápido. No obstante, aún quedan muchos cuadros que se rebelan y defienden una posición de congruencia entre relato y realidad, como también quedan militantes que cantan la Internacional a las puertas de Ferraz esperando que no sea real, que no sea verdad, lo que han visto tras el telón.
Un fino analista, como decía, debe ser capaz de ver y estudiar todo lo que esté a su alcance, con el objeto de evitar ser engañado por trucos de prestidigitación y elocuencia. Si uno obra así habrá tenido oportunidad de comprobar, por ejemplo, quién manda realmente en el PSOE. Pues no es la base social, ni la militancia ni tampoco los cuadros que aún creen en el relato. Es la oligarquía que, como ya advirtió Robert Michels allá por 1921, gobierna de facto todos los partidos de masas en su época de madurez. El tipo de organización, jerárquica y clientelar, define los márgenes de actuación de unos y otros en el seno de los partidos políticos modernos y, en suma, concede a la oligarquía una suerte de capacidad extra para imponer decisiones políticas. No quiere esto decir que dichas decisiones no tengan costes, o que tal oligarquía no sepa verlos, sino que, sencillamente, hay personas con más poder que otras. Es más, con un poder clave.
¿Y quién hay detrás de la estructura del PSOE? Pues una élite, estructurada en torno a Felipe González y su círculo de confianza, ideológicamente reunida en la convencida defensa del régimen económico-político español nacido en 1978. Las relaciones de estas personas con el mundo empresarial son harto conocidas, bien porque durante los años de gobierno se entrelazaron hasta niveles obscenos, como el caso de las puertas giratorias, bien porque actualmente son los puentes entre el poder institucional del PSOE y las grandes empresas. En realidad, no es casualidad que las grandes empresas andaluzas no hayan apostado nunca por el PP andaluz; no les resulta necesario, allí su mejor representante es el PSOE de Susana Díaz. Por eso detrás de las bambalinas lo que vemos es a un apuntador, ¡que resulta ser el mismo para el personaje del PP que del PSOE! He ahí nuestra actual sorpresa, ¡siguen el mismo guión, al mismo guionista, al mismo dramaturgo!
En El 18 brumario de Luis Bonaparte, Marx puso de relieve la contradicción que emergió durante la breve II República francesa (1848-1852) cuando dos grandes partidos, los orleanistas y los legitimistas, ambos monárquicos, se unieron en lo que se llamó el Gran Partido de Orden. Hay dos aspectos simbólicos en aquel caso histórico. En primer lugar, ambos se unieron a pesar de representar a sectores sociales distintos, pues unos representaban a la burguesía financiera y otros a los terratenientes. En segundo lugar, aunque ambos eran monárquicos, cada uno de ellos defendía una dinastía distinta. Sin embargo, el terreno de juego de su unión fue el de ¡la república! Marx no tenía ninguna duda de la razón que les había unido en tan contradictorio matrimonio: el Orden. Es decir, el Orden frente a los socialistas y sus revoluciones.
Es fácil ver cómo, en realidad, lo que hemos llamado el bipartidismo no deja de ser otro Gran Partido del Orden a la española. Ahora bien, esto no es, tampoco, una novedad. Dejando de lado lo sucedido en las últimas décadas, en las que ambos partidos se han puesto de acuerdo –o más aún: trabajado codo con codo- en relación a temas de crucial importancia, como la construcción europea o la consolidación del modelo de crecimiento español, tenemos un ejemplo notable en el marco de la crisis económica. Hemos apuntado ya algunos ejemplos, pero convendría recordar que cuando Susana Díaz intentó por primera vez expulsar a IU del gobierno andaluz, en el caso de los desahucios de La Corrala, lo hizo en nombre de la estabilidad. Con estabilidad decían orden, y con orden decían régimen del 78.
Para algunos observadores puede ser llamativo que en los últimos meses Susana Díaz haya recuperado la figura de Carrillo. Lo hizo durante la campaña electoral y lo hace a menudo. En realidad elogia a Carrillo porque éste también fue de orden, es decir, defensor del régimen –aunque por motivos bien distintos. Susana no da puntada sin hilo y trata de seducir, subida de nuevo en el escenario, a los neocarrillistas que, conscientemente o no, no apuestan o incluso rechazan la ruptura democrática.
Y aquí es donde llegamos a la última parte de esta breve historia. A lo que sucedió entre diciembre de 2015 y octubre de 2016. Diez meses que han dado para mucho. En este tiempo la contradicción del PSOE, que es la contradicción del régimen, ha aguantado echando la pelota hacia delante. Es más, intentaron un giro argumental, muy bien pensado por cierto, según el cual era posible seguir siendo antagónico al PP sin, en cambio, ser alternativa real. La alianza con Ciudadanos, partido comodín, era el último refugio que le quedaba al PSOE antes de enfrentar definitivamente la contradicción. El PSOE movió cielo y tierra, y los mismos altavoces que ahora han descabezado a Sánchez fueron entonces los que trataron de alentar la salida reformista dentro de Izquierda Unida y de Podemos; los mismos que criminalizaron las posiciones rupturistas o radicales de nuestras organizaciones. Los mismos que, como Susana Díaz, consideraron que los Maillo, Garzón o Iglesias éramos el problema por ser los radicales. Si no hubiéramos aguantado, si hubiésemos cedido a la presión y a la tensión, el PSOE nunca hubiera tenido que enfrentar realmente su contradicción y el régimen habría salvado la situación temporalmente.
Pero no ha sido así. La bambalina está ya en los suelos y el escenario político ha dejado paso a la realidad material. Detrás de Pedro Sánchez había una oligarquía, y detrás de ella están las grandes empresas. Todos ellos aparcan ahora sus diferencias, sean del tipo que sean, porque lo que más importa es el Orden. Su Orden, su Régimen, su corrupción, sus negocios, su riqueza. El aparente antagonismo del relato ha caído, y hemos visto otro antagonismo, más crudo, más directo y más real: el de las verdaderas formas de representación en que se organizan las clases sociales en nuestro país. Nuestro turno, por lo tanto, es ahora. Con las bambalinas en el suelo nos toca romper con este guión de farsantes, recomponer los imaginarios para que obedezcan a la cruda realidad y sobre todo ser voz y cuerpo de nuestra clase social, de las millones de personas que sufren las consecuencias de la crisis y del capitalismo.
Alberto Garzón Espinosa. Coordinador federal de IU y portavoz adjunto de Unidos Podemos en el Congreso.

Fuente: http://www.eldiario.es/tribunaabierta/vez-izquierda-orden_6_572602746.html

lunes, 24 de octubre de 2016

Para reactivar la economía, emplear a más mujeres



Juan Torres.- Muchos economistas lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Facilitar la incorporación de las mujeres al empleo no es solo una estrategia esencial para evitar la discriminación injusta entre mujeres y hombres y para que éstas últimas puedan elegir y realizarse como personas en las mismas condiciones y con la misma libertad que los hombres. Además de eso, que no es poco, favorecer el empleo de las mujeres es fundamental porque la evidencia empírica demuestra que cuando una mujer se incorpora al empleo remunerado el número total de empleos de la economía no aumenta solo en una persona sino en algo más. Eso es así porque el empleo femenino (dicho con palabras muy llanas) “tira” de otros puestos de trabajo remunerados adicionales y porque, además, aumenta la demanda total, lo que hace que sean necesarios más empleos para satisfacer el consumo adicional de las nuevas mujeres con ingresos propios.
Lina Gálvez y Ruth Rubio-Marín acaban de publicar un artículo muy interesante con propuestas para lograr ese objetivo (El mercado tiene sexo: ¡la desigualdad también!). Y, casualmente, acaba de publicarse una nota del Fondo Monetario Internacional que insiste en que para impulsar el crecimiento lo que conviene es emplear a más mujeres (To Boost Growth: Employ More Women).
Me alegra que una institucion tan conservadora, habitualmente reacia a hacer planteamientos que se salgan del pensamiento mayoritario y que tanto ha dificultado la incorporación de las mujeres al empleo remunerado, imponiendo políticas que reducen el gasto social y la provisión de servicios públicos, esté empezando a asumir que es fundamental cambiar de rumbo. Años atrás, algunos de sus economistas publicaron estudios que demostraban que, cuanto más empleo femenino hay, se generan mejores rendimientos macroeconómicos, y ahora menciona un caso exitoso como es del Canadá.
Según los análisis que se han realizado para este país, si desapareciera la brecha entre la tasa de actividad de la población masculina y la femenina (de 7 puntos porcentuales a favor de los hombres) el PIB de Canadá sería un 4,5% más elevado que el actual. Aunque ya sabemos que el PIB es un indicador bastante bruto, al menos sirve ahora para indicarnos que el efecto de esa mayor actividad femenina no es poca cosa.
Al leer esos datos he pensado los avances que se podrían producir en España si nuestros gobiernos adoptaran políticas efectivas para promover el empleo femenino como las que proponen Lina Gálvez y Ruth Rubio-Marín en su artículo mencionado o en otro trabajo anterior y más amplio titulado Por una política económica que incorpore la igualdad de género. Y si, además, entendieran que para crear empleo masculino o femenino (y, en general para generar ingresos dignos para toda la población) es fundamental modificar la distribución de los tiempos de trabajo y, sobre todo, asumir de manera efectiva como principio de actuación que el trabajo humano no es una mercancía. Un principio, por cierto, que muchísimos países (entre ellos España) han asumido al ratificar la Declaración de Filadelfia de la Organización Internacional del Trabajo que así lo señala expresamente.
En nuestro país, la diferencia entre la tasa de actividad de mujeres y hombres es aún mayor que la canadiense (11,3 puntos, según la EPA del segundo trimestre de 2016), lo que quiere decir que, posiblemente, podríamos lograr un impulso incluso aún mayor si la hiciésemos desaparecer. Pero, eso sí, siempre que esas políticas no se lleven a cabo de cualquier forma.
La brecha en las tasas de empleo de mujeres y hombres ha disminuido muchísimo en los últimos años en España (del 24,7 a 11,2, según Eurostat: aquíaquí). Sin embargo, esa disminución no se puede considerar como un fenómeno por sí solo positivo. Se ha producido a costa de una gran precarización del empleo y de un incremento muy grande de las mujeres empleadas, contra su voluntad, a tiempo parcial, lo que ha reforzado la división de trabajo tan sesgada que “especializa” a las mujeres en el trabajo doméstico, al que dedican cada vez más horas y muchas más que los hombres.
Si en España se pudiera conformar un gobierno de progreso apoyado en una amplia mayoría parlamentaria, una de sus tareas más importantes debería ser la de poner en marcha, en colaboración con todas las autonomías y administraciones locales, una estrategia estatal para la igualdad y la corresponsabilidad entre mujeres y hombres que facilitara de verdad el empleo femenino. El impulso económico que produciría sería extraordinario y el aumento del bienestar que llevaría consigo mucho más impresionante.
Desgraciadamente, los dirigentes de los partidos que podrían llevar a cabo un plan de este tipo prefieren seguir tirándose los trastos a la cabeza.