domingo, 20 de noviembre de 2016

POR OTRA GLOBALIZACIÓN


*Thomas Piketty.-Digámoslo de entrada: la victoria de Trump se debió principalmente a la explosión de las disparidades económicas y territoriales en los Estados Unidos desde hace varias décadas, y a la incapacidad de los sucesivos gobiernos para hacerle frente. Las administraciones de Clinton y de Obama no han hecho otra cosa que acompañar la tendencia a la liberalización y a la sacralización del mercado (que comenzó con Reagan y Bush padre e hijo), cuando no la han exacerbado; así como la desregulación financiera y comercial, comenzada por Clinton. La incapacidad de la élite político-mediática del partido Demócrata para extraer lecciones del voto a Sanders y las sospechas de su cercanía al mundo financiero hicieron el resto. Hillary ganó un por un pelo en voto popular (60,1 millones de votos frente a 59,8 millones de Trump, para una población adulta total de 240 millones), pero la participación de los más jóvenes y de los más humildes fue demasiado pequeña para que pudiese ganar en estados clave.

Lo más triste es que el programa de Trump reforzará las tendencias a la desigualdad: se prepara para eliminar el Medicare, el programa de seguro de enfermedad laboriosamente concedido a los asalariados pobres con Obama; y ​​a lanzar a su país en una huida hacia adelante en el dumping fiscal con una reducción del 35% al ​​15% en la tasa del impuesto federal sobre los beneficios de las empresas (hasta ahora los EE.UU. habían resistido a esta carrera sin fin, procedente de Europa). Además, la creciente ‘racialización’ de los conflictos políticos norteamericanos son un mal augurio para el futuro si no se puede llegar a nuevos acuerdos: es un país donde estructuralmente el 60% del voto de la mayoría blanca va para un partido, en tanto que las minorías votan en más de un 70% por el otro, y donde la mayoría está a punto de perder su superioridad numérica (70% de los votos expresados en 2016, frente al 80% en 2000 y el 50% previsto para 2040).

La principal lección para Europa y para el mundo es clara: es urgente reorientar fundamentalmente la globalización. Los principales retos de nuestro tiempo son el aumento de la desigualdad y el calentamiento global. Por consiguiente, es necesario implementar tratados internacionales para hacer frente a esos desafíos y promover un modelo de desarrollo sostenible y equitativo. Estos acuerdos, de un nuevo tipo, pueden contener, si es necesario, medidas para facilitar los intercambios. Pero la cuestión de la liberalización del comercio ya no debe ser el corazón de los tratados. El comercio debe volver a ser lo que nunca debería haber dejado de ser: un medio al servicio de objetivos más elevados. En concreto, hay que dejar de firmar acuerdos internacionales que reduzcan los aranceles y otras barreras comerciales, si no son incluidas en el propio Tratado, y en los primeros capítulos, medidas cuantificadas y obligatorias para luchar contra el dumping fiscal y climático, tales como una mínima tasa común para el impuesto sobre los beneficios de las empresas y objetivos verificables y sancionables para reducir las emisiones de carbono. Ya no es posible negociar acuerdos de libre comercio a cambio de nada.

Desde este punto de vista, el CETA(*) es un tratado de otro tiempo y debe ser rechazado. Es un tratado estrechamente comercial, que no contiene ninguna medida vinculante en el plano fiscal o climático. Sin embargo, sí tiene una sección entera sobre "protección de los inversores", que permite a las multinacionales perseguir a los Estados ante tribunales de arbitraje privados, sin pasar por los tribunales públicos que rigen para todo el mundo. El marco propuesto es claramente insuficiente, sobre todo en la cuestión clave de la remuneración de los jueces-árbitros, y dará lugar sin duda a prácticas abusivas. En el mismo momento en que el imperialismo jurídico norteamericano redobla su intensidad e impone sus reglas y tributos a nuestras empresas, este debilitamiento de la justicia pública es una aberración. La prioridad debiera ser, al contrario, la construcción de un fuerte poder público, con la creación de un fiscal y un ministerio público europeos capaces de hacer respetar sus decisiones.

Y ¿qué sentido tiene entonces firmar los acuerdos de París, con un objetivo puramente teórico de limitar el calentamiento global a 1,5 grados (lo que requeriría dejar en el suelo los hidrocarburos, tales como los extraídos de las arenas bituminosas de Alberta, Canadá, que acaban de relanzar su explotación) para después concluir unos meses más tarde un tratado comercial, vinculante de verdad, sin hacer ni mención a ese tema?. Un tratado de asociación equilibrado entre Canadá y Europa, para promover un desarrollo equitativo y sostenible, debería comenzar por establecer claros objetivos de emisiones para cada cual, y compromisos concretos para lograrlo.

Sobre la cuestión del dumping fiscal y de las tasas mínimas de impuestos sobre los beneficios empresariales, se trataría obviamente de un cambio completo de paradigma para Europa, ya que ésta se ha construido como una zona de libre comercio sin normas tributarias comunes. Este cambio de paradigma es indispensable: ¿qué sentido tiene ponerse de acuerdo sobre una base común de imposición (que es el único tema en el que Europa ha avanzado un poco por ahora) si cada país puede a continuación establecer tasas casi nulas paran atraer las sedes de las empresas?. Es el momento de cambiar el discurso político sobre la globalización: el comercio es una buena cosa, pero el desarrollo sostenible y equitativo requiere igualmente servicios públicos, infraestructuras, sistemas de educación y de salud. Todo lo cual a su vez exige impuestos equitativos. De lo contrario el ‘trumpismo’ acabará por llevárselo todo.


(*) El CETA, también conocido como ‘el TTIP canadiense’, ha sido firmado el pasado 30 de Octubre por Canadá y la Unión Europea (n. del t.). Puede verse algo sobre él en este enlace:



(traducción de Senén Murias)

*Thomas Piketty (Clichy, 7 de mayo de 1971) es un economista francés especialista en desigualdad económica y distribución de la renta. Desde el año 2000 es director de estudios en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales. Es autor de muchos libros, entre ellos el justamente famoso Le Capital au XXIe siècle (El capital en el siglo XXI ) publicado en 2013 en francés, y publicado en español por  Fondo de Cultura Económica.
 
 

1 comentario:

  1. Los economistas, en general, no relacionan la crisis de estos años con el cenit petrolero y los picos algo más lejanos de otras fuentes de energía y de los materiales estratégicos en general. Ello es sorprendente, cuando sabemos que la primera crisis del petróleo fue el detonante que inició los problemas que desde entonces arrastra el capitalismo y que va resolviendo a su manera con el aumento de la explotación del trabajo. Impensable dejar el petróleo bajo tierra: si esta civilización ha de morir, que tarde aún cuarenta o cincuenta años...

    Pero la transformación radical que puede (¿o no?) salvarnos está llegando por otra vía: el cambio climático. La certeza de que, si quemamos todos los combustibles fósiles, mucho antes de lograrlo por completo nos vamos a cocer. Supongo que algunos de los animales (de bellota) que nos gobiernan pensarán salvarse en Groenlandia o en la Antártida, al menos durante una temporada.

    Porque para trasladarse a Marte... ¡no les va a dar tiempo!

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