martes, 31 de enero de 2017

Adiós míster Obama, sin pena

Madaniya
 
El presidente Barack Obama abandona la escena presidencial después de un mandato de ocho años marcado por la relación de Estados Unidos con dos de los principales opositores a la hegemonía estadounidense, Cuba e Irán, en contraposición con una gestión maquinadora de la Primavera Árabe y completada por la superación del contencioso doloroso con Japón (Pearl Harbor e Hiroshima). Pero de una pasividad sorprendente con respecto al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, a quien el presidente gratificará al final de su mandato con un regalo exorbitante: una subvención militar de 38.000 millones de dólares. 

Una pasividad insultante del líder estadounidense. Una complacencia corrosiva para la credibilidad y el prestigio de la diplomacia de EE.UU. 

Revisión del mandato del primer presidente negro de Estados Unidos 

El primer Premio Nobel de la Paz, nunca otorgado a un presidente en activo y que además se le concedió cuando tomó posesión y no al final de su mandato, ha terminado su doble legislatura (2008-2016) con una ayuda récord a uno de los estados más belicistas del mundo. 

Aquél que inauguró su mandato con un sonoro ¡salam aleikum! al mundo árabe desde la universidad de El Cairo en su célebre declaración pronunciada en la fecha simbólica del 4 de junio de 2009, ha finalizado su mandato con una gratificación exorbitante de 38.000 millones de dólares al dirigente que más le ha despreciado a todo lo largo de su doble mandato presidencial.

El «nuevo comienzo» destinado a mejorar las relaciones estadounidenses con el mundo árabe y musulmán, en ruptura con la era belicista de George Bush jr., se ha revelado como un retroceso y sus críticas a Israel como una broma de mal gusto. 

En vez de acallar el cacareo de su interlocutor israelí el afroestadounidense ha tenido de recular, acompañando su retroceso con un regalo real de un presidente masoquista a un dirigente xenófobo que burló continuamente su autoridad e hizo fracasar sus intentos de resolver el conflicto israelí-palestino. 

Calificar, por añadidura, de «gigante del siglo XX» a Shimon Péres, quien equipó atómicamente a Israel en Dimona y ordenó la carnicería de Cana (sur de Líbano) -la masacre de 106 civiles libaneses refugiados en un campo bajo la protección de los Cascos Azules de la ONU, asesinados por la artillería israelí en 1996- y para mayor escarnio elevarle a la categoría de Nelson Mandela, el antiguo decano de los presos políticos del mundo propulsado al rango de icono planetario absoluto de los pueblos en lucha por la libertad, revela si no un halago rastrero al menos un exceso de celo contraproducente. 

«Comparar a Shimon Péres con Mandela es escupir a la figura de Mandela», tronó Rony Brauman, uno de los fundadores de Médicos sin Fronteras, en una encendida llamada a la mesura al presidente estadounidense. 

Todavía más, en su oración fúnebre, sin duda llevado por un arrebato lírico, el presidente de EE.UU. tuvo la impertinencia de calificar a Jerusalén de «capital de Israel», ganándose una vigorosa llamada al orden del Departamento de Estado infamante para una personalidad de semejante nivel de responsabilidad.

Es cierto que la adopción por parte del Congreso de la Ley JASTA, quince años después del ataque a los símbolos de la superpotencia estadounidense el 11 de septiembre de 2001, que autorizaba a EE.UU. a perseguir al reino saudí en indemnización de los daños sufridos por los piratas del aire –de los cuales 14 de los 19 eran de nacionalidad saudí- puso la espada de Damocles en suspensión sobre la dinastía wahabí, pero al mismo tiempo Barack Obama avaló la agresión saudí a Yemen y muestra una cierta connivencia con los grupos yihadistas del terrorismo islámico, en particular en Siria. 

De esta forma el primer presidente negro de Estados Unidos ha reforzado con su impulso de generosidad de final de mandato, sin la menor contrapartida, a un Estado que trata a sus propios negros, los falashas etíopes, como ciudadanos de segunda aparcados en guetos y en empleos precarios y residuales.

Una ayuda militar escandalosa destinada principalmente a seguir masacrando a los palestinos y a continuar fagocitando Palestina con desprecio de la legalidad internacional de la cual EE.UU., en su calidad de miembro permanente de las Naciones Unidas, tiene el deber de preservar y defender. 

38.000 millones de dólares de Estados Unidos a Israel en detrimento del pueblo estadounidense mientras más de 40 millones de ciudadanos afroestadounidenses viven por debajo del umbral de la pobreza y 70 millones de ciudadanos de EE.UU. no disponen de ninguna cobertura social, a pesar del modesto Medicare de Obama. 

Abanderado de los sueños de la comunidad negra de Estados Unidos y de todos los pueblos morenos del cuarto mundo (1), Obama no ha dejado mes tras mes, año tras año, de demostrar que solo es un BASP (Negro Anglosajón Protestante), una variante cromática del WASP (Blanco Anglosajón Protestante). 

Así, el presidente más cool del mundo ha sido, hasta el final, el más decepcionante con respecto a las esperanzas que suscitó. 

La resolución 2334  

Presa de un remordimiento tardío frente al país considerado el principal productor de alambradas del mundo y por otra parte deseoso de frenar las pulsiones expansionistas de Benjamín Netanyahu, Barack Obama le lanzó un tiro de advertencia absteniéndose de votar –y de oponer su veto- a un texto de denuncia de la colonización israelí. 

La resolución 2334 (2) adoptada por el Consejo de Seguridad el 23 de diciembre de 2016, que recogió 14 votos a favor y salió adelante gracias a la abstención estadounidense, marca un hito en los anales diplomáticos internacionales en cuanto que marca un precedente. Es el primer voto en ese sentido desde hace un cuarto de siglo, más exactamente desde el Tratado de Washington que selló la paz entre Israel y Egipto el 29 de marzo de 1979, abre la vía al hecho de que el paraguas diplomático estadounidense ya no se despliega incondicionalmente para proteger a Israel y señala que el veto ya no es un derecho automático para todo lo que concierne al Estado hebreo. 

Un regalo envenenado a su sucesor xenófobo, el populista y ultrasionista Donald Trump, cuyo embajador en Israel, David Friedmann, ha anunciado su intención de instalarse en Jerusalén y no en Tel Aviv, con una buena gresca diplomática en perspectiva para el nuevo presidente durante los primeros cien días de su mandato presidencial. 

El número de colonos se eleva a 590.000 en Cisjordania y Jerusalén Oriental, de ellos 90.000 más allá de la barrera de seguridad construida por los israelíes. Un proyecto de ley en la Knesset dirigido a legalizar todos los puestos de avanzada –colonias salvajes e ilegales según el derecho israelí- indica una grave deriva colonialista israelí a seis meses de la celebración del cincuentenario de la ocupación de Cisjordania, en junio de 2017. 

¿Constatación de fracaso? ¿De impotencia? ¿Gesto de desafío a un país que ha arruinado su balance diplomático? La amonestación tardía de John Kerry à Israel –país que visitó 25 veces en 4 años de mandato- revela el mismo razonamiento, un arrepentimiento de pacotilla de un secretario de Estado en el final de misión por la desidia con la que trató las aspiraciones legítimas del pueblo palestino al mismo tiempo que un enfoque destinado a cortar la vía a los desbordamientos hipersionistas del sucesor islamófobo del presidente Obama. En cualquier caso, señal de una viva irritación con respecto a un aliado que podría aparecer en el fututo cada vez más engorroso y cuyos desmanes están en el origen del descrédito moral de Estados Unidos en el Tercer Mundo. 

Al contrario de su predecesor George Bush, que invadió directamente Afganistán (2001) e Irak (2003) en el marco de la «guerra global contra el terrorismo, Barack Obama ha multiplicado las guerras «por delegación». Contra Libia y Siria –dos países árabes sin endeudamiento y aliados de los BRICS, particularmente de Rusia y de China- en el Mar Mediterráneo y paralelamente ha desarrollado guerras furtivas por medio de drones ampliando el despliegue de bases estadounidenses en el mundo: unas 60 bajo su mandato, 23 de ellas en África. 

Más de 500 millones de dólares invirtió el ejército estadounidense en la formación de suplentes árabes para su empresa de balcanización del mundo árabe, especialmente en Siria e Irak. En vano. Y en pago del silencio de Washington sobre los crímenes de guerra de Arabia Saudí en Yemen y otros lugares, Barack Obama aprobó la venta de material de guerra al Reino por un montante de 151.000 millones durante su doble mandato presidencial. 

Ante la preocupación de Shimon Péres, entonces líder del Partido Laborista israelí, por el comportamiento provocativo con respecto al Gobierno estadounidense de Ariel Sharon, el ultrahalcón primer ministro israelí de la época y mentor de Netanyahu, Sharon le respondió: «No tengo miedo de las presiones estadounidenses sobre Israel. Nosotros, el pueblo judío, ejercemos una influencia sobre Estados Unidos. Ellos no ignoran esta realidad. Para ellos es prácticamente imposible llevar a cabo una política estadounidense en Oriente Medio sin el aval de los judíos estadounidenses. Los judíos estadounidenses controlan perfectamente los medios de comunicación de EE.UU., e incluso a los miembros del Congreso. El lobby judío no permitirá que el Congreso tome la menor medida hostil contra Israel», en una entrevista del 3 de octubre de 2001. «La embajada de Israel en Washington determina el orden del día del Congreso por medio de los millonarios judíos», concluyó Sharon. 

Recordemos que el montante de la ayuda estadounidense a Israel durante los mandatos de Richard Nixon, Ronald Reagan y Bill Clinton, fue infinitamente más alto que el coste de la guerra de Vietnam (1955-1975) que puso en marcha dos portaviones, una flota aérea de 500 aviones de combate, otros tantos helicópteros y un cuerpo expedicionario de 500.000 combatientes. 

Que un presidente a la conquista de un segundo mandato haga demagogia halagando a sus electores potenciales podría ser comprensible, pero que un presidente en el final de su mandato conceda un finiquito desmesurado demostrando una mala gestión al dilapidar el presupuesto nacional en beneficio de un aliado incontrolable y despectivo, es contraproducente a largo plazo. 

¿Ha dejado este «trabajo sucio» a su sucesor? ¿Por qué tanta generosidad con un ser despectivo y despreciable? ¿Miedo a ser tachado de antisemita? ¿Mejor la sumisión que la revolución? El título de «mejor aliado de Israel» no es, ni mucho menos, un título glorioso.
Soñemos un infausto destino del predecesor de Barack Obama, George Bush jr., el peor presidente de Estados Unidos de todos los tiempos. 

De sus compañeros ingleses de infortunio: Tony Blair y David Cameron. 

De sus compadres franceses, el cuarteto socialista de siniestra memoria: 

- Guy Mollet, el hombre Suez y Argel, la vergüenza del socialismo francés. 

- Lionel Jospin (¿Hizbulá terrorista?), primer dirigente socialista eliminado en la primera vuelta de la competición presidencial, el destino quebrado en plena gloria.

- Dominique Strauss Khan, quien se preguntaba todos los días qué podía hacer por la «grandeza de Israel» -y no de Francia donde había sido elegido- antes de que su destino presidencial tropezara con una camarera de hotel. 

- François Hollande y sus serenatas de amor en la cocina del líder de la derecha xenófoba israelí, el más impopular de los presidentes franceses en igualdad con su colega posgaullista atlantista, el «mestizo» Nicolas Sarkozy, destructor de Libia y de Siria, generador del flujo migratorio masivo de la ribera sur del mediterráneo hacia Europa. 

El título de «mejor amigo de Israel» constituye, a la vista de los hechos, una abdicación de soberanía a nivel del Estado y una alienación mental al nivel de los individuos en cuanto que aniquila, tanto en un caso como en el otro, cualquier espíritu crítico con respecto a un país supuestamente amigo. 

Más allá del culebrón electoral de la campaña presidencial estadounidense de 2016 y del traumatismo que podría haber generado en amplias capas de la población, los estadounidenses se verán conducidos antes o después a purgar sus demonios y a dejar de creer que pueden seguir sangrando eternamente al resto del planeta, a golpes de bonos del tesoro, para conservar su supremacía. Mientras tanto permanecen cautivos de Israel para la determinación de su estrategia global y destruyen a sus opositores bajo una forma de «caos constructor» para la supervivencia de petromonarquías desacreditadas y criticadas, en las antípodas de los valores de la democracia estadounidense.

Notas de la traductora

(1) El término cuarto mundo se refiere a la población que vive en condición de desprotección, marginación o riesgo social en áreas pertenecientes al mundo industrializado. 

(2) La resolución 2334 del Consejo de Seguridad de las Naciones unidas, adoptada el 23 de diciembre de 2016, se refiere a la situación de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos ocupados desde 1967, incluyendo Jerusalén Oriental. La resolución afirma que dichos asentamientos «no tienen validez legal», los califica de «flagrante violación» del derecho internacional y exige a Israel que detenga tales actividades y cumpla escrupulosamente las obligaciones y responsabilidades jurídicas que le incumben como «poder ocupante» en virtud del la Cuarta Convención de Ginebra, relativa a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra, del 12 de agosto de 1949. 

La resolución obtuvo 14 votos a favor y la abstención de Estados Unidos. La medida fue aprobada por otros gobiernos de Europa Occidental, así como Amnistía Internacional y J-Street. El Gobierno de Israel y el portavoz del Partido Republicano de Estados Unidos criticaron duramente al Gobierno de Estados Unidos por no vetar la resolución. Asimismo el Gobierno de Israel retiró los embajadores en Nueva Zelanda y Senegal y canceló visitas de autoridades de dichos países y de Ucrania.

Resoluciones de la ONU incumplidas por Israel: http://www.monde-diplomatique.fr/2009/02/A/16775

René Naba es periodista y escritor. Fue responsable del Monde arabo musulman en el servicio diplomático de AFP y posteriormente asesor del director general de RMC Medio Oriente, responsable de información, miembro del grupo consultor del Instituto Escandinavo de los Derechos Humanos y de la Asociación de Amistad euroárabe. Es autor de las siguientes obras: L'Arabie saoudite, un royaume des ténèbres (Golias); Du Bougnoule au sauvageon, voyage dans l'imaginaire français (Harmattan); Hariri, de père en fils, hommes d'affaires, premiers ministres (Harmattan); Les révolutions arabes et la malédiction de Camp David (Bachari) y Média et Démocratie, la captation de l'imaginaire un enjeu du XXIme siècle (Golias). 


Fuente: http://www.madaniya.info/2017/01/25/israel-etats-unis-bye-bye-barack-obama-sans-regret/
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.
 

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