jueves, 16 de noviembre de 2017

La URSS y la nostalgia. Por Carlos Ávila Villamar

Por Carlos Ávila Villamar.- Se ha hablado mucho de lo atroz que resulta dejar de existir. Siempre hay una extrañeza ante la idea de que el mundo pueda seguir tras nuestra muerte. Sin embargo, es igual de atroz pensar en el nacimiento de un ser humano. Si nos dicen que imaginemos nuestra casa hace cien años, o el terreno que ocupaba nuestra casa, podemos hacerlo. Pero ¿qué pasa si nos piden que imaginemos nuestra casa días, minutos antes de que viniéramos al mundo? Pensar en la sala y en los sillones que nos desconocían, en la lluvia y en la tierra húmeda que por una diferencia de días o de minutos son ajenos a nuestra vida. Algunos acontecimientos quedan tan separados en nuestra imaginación, que el revisar fechas solo nos devuelve una realidad enrarecida, casi inverosímil. Pienso en los cortísimos cinco años que transcurrieron desde la muerte de Napoleón hasta la invención de la fotografía. Con todo esto quiero explicar, de algún modo, por qué es tan difícil para mí concebir el que apenas cuatro años me separen de la existencia de la Unión Soviética como país.
Eso significa que en el momento en el que nací todavía existían objetos cotidianos soviéticos. No hablo de artículos más sólidos, como televisores o automóviles (que los soviéticos fabricaban para toda una vida), sino de aquellos que habrían de reponerse pronto, cajas de fósforo, o tal vez un pomo de vidrio todavía con la etiqueta puesta, usado para almacenar sal. Tal vez alguna ropa agujereada que con el tiempo se cogió para dormir. Dada la rapidez con la que se intentó borrar el recuerdo de la Unión Soviética en el mundo, aquella breve supervivencia de una blusa o un cabo de lápiz constituyó un pequeño milagro. Me figuro un niño cubano que dibuja con un lápiz de color hecho en la Unión Soviética, tarde o temprano va a crecer y aquel residuo va a borrarse para siempre de su memoria. Rusia existe en nuestros días, pero tal vez en cien años comparar Rusia con la Unión Soviética sea como comparar Italia con el Imperio Romano.
Basta pensar en las hidroeléctricas, los complejos industriales tan comúnmente representados en los sellos, la arquitectura brutalista, las heroicas aventuras espaciales (a Estados Unidos no le interesó conquistar el espacio antes de que alguien más quisiera conquistarlo, y la verdad tampoco le ha interesado después): me es difícil imaginar un destino más ambicioso que aquel trazado por los pueblos soviéticos. Sabían que tanto el éxito como el fracaso habrían de marcarlos por igual para la eternidad, puesto que difícilmente aparecería una meta de semejante magnificencia que, de ocurrir lo peor, pudiese sucederla. En efecto, hoy Rusia es un gigante cuya alma se refugia en un sustituto menor, el nacionalismo, tan común en el resto de los países. Recuerda con nostalgia, quizás, los pasajes equivocados del socialismo (dígase el gobierno estalinista, que lentamente vuelve a ser motivo de admiración entre los rusos). Los rusos hoy admiran de la Unión Soviética el poder y la fuerza, virtudes bastante pobres comparadas con muchas otras promovidas por el socialismo, muestra tristísima del cambio radical en el pensamiento colectivo. Admiran hoy, si lo pensamos bien, solo lo que admiraban sus rivales estadounidenses.
Para muchos países europeos, la Unión Soviética significaba la intromisión de un poder externo y rígido, no solicitado, y no sorprendió a nadie que en ellos se intentara borrar su memoria lo más pronto posible. Para nuestro país, en cambio, significó la prosperidad. Los cubanos que recuerdan los años ochenta asocian la Unión Soviética a la posibilidad (entonces visible a mediano plazo) de un socialismo global. Y esto es importante. Como los individuos, los pueblos van de proyecto en proyecto, en una búsqueda interminable de propósito. Tras la desintegración, el enfoque del proyecto cubano tuvo que cambiar a la idea del bastión inquebrantable, la pujanza fue reemplazada por la resistencia, convertir la nueva desventaja (el desamparo geopolítico) en virtud (la orgullosa excepcionalidad de nuestro proyecto). Es más o menos el enfoque que se mantiene hoy, aunque durante el reciente auge de los gobiernos de izquierda en América Latina se matizara la excepcionalidad socialista con la idea de la integración regional, una integración que no implicaba al socialismo en sí, sino al otro gran pilar ideológico cubano, el antiimperialismo. De cualquier modo, la Unión Soviética ha quedado atrás y contrario a la opinión que hay de Cuba en muchos países, pensamos en ella pocas veces al día.
En resumidas cuentas, quiero decir que una soledad extraña me invade cada vez que pienso que ya han pasado cien años desde la Revolución de Octubre, una absurda sensación de culpa y añoranza. Yo no viví en la Unión Soviética y de haber nacido y vivido allá probablemente no me hubiera gustado, pero el alma humana es compleja. De algún modo su proyecto se impregnó culturalmente en Cuba: no solo a través de una generación de niños llamados Boris o Vladimir, sino porque aquel recuerdo remoto (no dudo que idealizado, por razones ya dichas) constituye un amuleto. Una de las cosas maravillosas de la Unión Soviética es que aunque su ideología era occidental, su base yacía en un conjunto de pueblos no occidentales, un tanto misteriosos tras siglos de aislamiento. Sobre un mapa inexplorado se construyó todo. Los soviéticos pasaban por calles, túneles y puentes construidos dentro del propio socialismo, casi todo lo que veían, de hecho, provenía del socialismo, o de lo contrario de una tradición por completo alejada de lo occidental. Eso significa que era muy fácil visualizar, a través de ella, un futuro distinto a lo ya conocido. Nuestro país ha tenido que enfrentarse al recuerdo del capitalismo, impregnado hasta en la arquitectura, pero siempre quedará el recuerdo cultural de la Unión Soviética para compensarlo. Desde su caída no ha emergido un proyecto que se le compare, y hasta que eso suceda, nos queda la recompensa que solo hay en lo distante, es decir, lo que ya no puede volver a caer ni corromperse, nos queda el mito, la muy subvalorada nostalgia.


1 comentario:

  1. "Un día tú, ya libre
    de la mentira de ellos,
    me buscarás. Entonces
    ¿qué ha de decir un muerto?

    Luis Cernuda

    ¿Qué importancia tiene ya que sepamos que en Irak no había armas de destrucción masiva?

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